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welcome on board, previos (I)

Viento, espuma, cosas, vuelos. Tiempo en medio del tiempo. Tiempo en medio de la locura y de intentar aprovechar las horas de un modo inteligente. Blas está en la terraza mirando a la nada cuando nota la leve punzada mental de una intrallamada. Al mismo tiempo un breve destello azul refulge arriba a la derecha en su campo de visión, y mira hacia allí para obtener más información. Le llaman del trabajo. No puede demorarlo más, así que asiente levemente para establecer la conexión.

Y tiene enfrente la cara de Laura, preocupada.

—Buenas noches, Blas.
—Buenas noches, ¿qué tal va todo?
—Bien, dentro de lo cabe, ya sabes. Llevas una semana sin venir al trabajo.
—Ya.
—Te necesitamos aquí.
—No necesitáis a nadie. Ya no.
—Es posible, pero puede que todo sea un rumor.
—Lo es, pero no sé si tengo mucha ganas de contar con ello. Creo que quizá ha llegado el momento de utilizar el tiempo de un modo inteligente. O desesperado. No sé muy bien dónde está la diferencia en este caso.
—No te dejes llevar por el pánico, te aseguro que te necesitamos aquí.
—Puedo entenderlo, pero creo que ya no soy capaz de seguir como si nada.

Un grupo de adolescentes, abajo, en la calle, está pegando una paliza a un tipo cualquiera, mientras se ríen. Comienzan a sonar las sirenas y Blas sabe que la policía está en camino. O algún policía, al menos. O perros. Algo está encauzado a detener esa amenaza, aunque nadie parece tener muchas ganas hoy por hoy. Él sí, le gustaría bajar y echar una mano al pobre tipo, pero no se puede permitir el lujo de morir ahí, o de quedar gravemente lesionado. No es cuestión de dejarse llevar ahora mismo por ese altruismo de andar por casa. Hay altruismos mayores, de más calibre. Se tiene que obligar a quedarse en la terraza, mirando. Aferra la barandilla con fuerza e intenta centrarse de nuevo en la llamada.

—No, no voy a ser capaz, tendréis que arreglároslas sin mí.
—¿Y qué vas a hacer, quedarte en casa esperando la hora?
—No, ni de lejos. Creo que voy a ir a ofrecerme al complejo.
—Blas, tienen suficientes programadores. De hecho tienes que saber que todos los programadores son de los estados. No se pueden permitir el lujo de que alguien de fuera se encargue de algo tan delicado.
—Lo sé.
—¿Entonces?
—Entonces nada. Iré al complejo para trabajar de lo que sea, ensamblando partes del fuselaje o completando enganches. De lo que puedan darme. Cargando piezas. Lo que sea. Creo que es necesario.
—Creo que va a ser insignificante.

Vaya, ese tipo se parece mucho a su vecino, tiene que agarrar la barandilla con mucha más fuerza, hasta ver sus nudillos de color blanco.

—Hasta lo insignificante puede ser algo según qué días.
—No, lo insignificante sólo es insignificante. Sin embargo, aquí te necesitamos. El proyecto Yamato está estancado.
—Lo supongo. Lo que me extraña es que desde Yamato os estén reclamando algo.
—Pues lo hacen, y no tenemos con qué responder. Quiero que entiendas que nos enfrentamos a indemnizaciones que pueden obligarnos a cerrar por quiebra, Blas.
—Lo supongo. Dudo que puedan cobrarlas. Dudo que haya alguien que pueda hacerlo.
—Entonces… ¿crees en todo esto, realmente crees que va a pasar?
—Sí. Lo creo.
—Estás más enfermo de lo que yo pensaba.
—Mucho más, no lo dudes, pero mi reacción no tiene nada que ver con eso. Estamos a punto de irnos todos al carajo, no puedes pedirme en serio que me siga preocupando por algo tan estúpido como Yamato.
—¿Estúpido? Madre mía, es Yamato, ¡el cliente más grande que hayamos tenido alguna vez!
—Es tarde, Laura. Tarde para todo eso. Voy a colgar.
—¡Espera! Me han dicho que como último recurso podía ofrecerte el triple del bonus habitual, ¡es una pasta!
—También es tarde para eso, me temo. Adiós.

Gira casi imperceptiblemente la cabeza hacia la izquierda y cuelga. Abajo su vecino solloza tumbado en una postura imposible sobre las escaleras del portal de enfrente. Él se retuerce las manos una contra otra para intentar desentumecerlas.

Se sienta en la hamaca y abre el software de navegación para ver si la ambulancia está en marcha para el herido, y al descubrir que no solicita una. Espera que venga alguien. Es todo lo que puede hacer.

accidente

En el fondo daba igual y no importaba.

De hecho era lo mismo, tenía que serlo. No habíamos perdido el tiempo para nada. Tú allí entre los pinos mirando los arbustos como si fueran rosas o algo semejante, algo bello pero de un modo tremendo, sonoro, espectacular. Con tu mirada clavada en los arbustos como si fueran piedras preciosas que necesitaran un registro, una forma de perdurar en el olvido general del paso del tiempo. Metías un mechón de tu cabello detrás de la oreja cuando te molestaba para seguir mirando hacia delante sin sentido.

Porque en el fondo daba igual. Y no importaba. Era lo mismo, tenía que serlo. Te diste la vuelta y me dijiste «no puedo seguir con esto, de verdad, no puedo». Y yo me encogí de hombros, me giré 180 grados y me puse a observarte de nuevo, pero esta vez desde más lejos.

Con las rosas, el aire, los pequeños despistes jalonados de carretera y la carretera rota por nuestros despistes.

después de

Habíamos estado hablando y hablando sin parar, como dos viejos camaradas, aunque no nos habíamos visto nunca hasta hace dos horas standard. Es lo que tienen cierto tipo de experiencias, y la cerveza kerubiana. Ambas cosas juntas hacen amigos para toda la vida. Curiosa la genética distinta, muy curiosa. Pese a ser de todo tipo y basada en elementos diferentes, la cerveza afecta por igual a todos los seres amigables del mundo conocido, lo cual no ha dejado de ser nunca un buen lubricante intercultural, desde el principio. El tipo y yo habíamos estado a punto de morir por una tontería, y eso añade un plus de complicidad más. Así que compartir unas cervezas en Kerubian parecía lo más apropiado una vez que nos recobramos del susto que, al fin y al cabo, no es más que un susto más. Que junte los dedos y sorba del vaso quien no haya estado a punto de morir en la última semana.

Nadie.

Evidente. No es un universo para otra cosa.

En un bar inevitable nadie fía. Al fin y al cabo es inevitable. Si tienes que venir, y tienes que hacerlo, lo mejor es hacerlo con dinero en efectivo. No vengas de otro modo.

Aguantar a un Traken sobrio es complicado, pese a la complicidad, así que me puse a domesticarme a fondo. Los Traken son excesivamente crueles con culturas diferentes a la suya propia de un modo que no llegan ni siquiera a percibir, así que cuando dice «asqueroso humano, tendrías que agradecer a tus dioses el haberte hecho merecedor de vivir conmigo estas horas», yo sigo libando. Que a eso he venido y no a galanterías. Y menos a galanterías de un tipo de dos metros treinta más cresta y el sentido del humor de un pederasta en un asilo. Y el aliento de un pez podrido en el maletero del coche a 120 por hora sin zonas de descanso a la vista. Y la cerveza lo potencia.

Aunque ahora está feliz, y hace la mueca que hay que entenderle por sonrisa. Así que no puedo menos que decir que deberíamos haber muerto hoy. Que tendríamos que haberlo hecho. No hay nada peor que pueda decir, porque los Traken son la única raza guerrera que conozco que no ama la muerte, que no la busca de algún modo.

Dice «los humanos sois carnada de laser, y siempre lo habéis sido» y se va.

No puedo dejar de pensar que tiene razón. No puedo.