
Empiezo
a entrever
las cosas que juré no recordar,
agujeros
atrapados en la
llave de la puerta,
que abre por casualidad.
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Empiezo
a entrever
las cosas que juré no recordar,
agujeros
atrapados en la
llave de la puerta,
que abre por casualidad.

Estaba claro que me había pasado,
que no está bien eso de ir por ahí derramando,
perdiendo las cosas que no son mías,
que no tenía derecho a derribar la puerta,
que no andaba recto aquella luna que estuve mareando,
que puedo perder sin estar a solas y
no es sencillo estar a mi lado,
pero aún me gritan los oídos,
aún me duelen las mejillas delante
de la holgura de los dientes,
aún no es tarde para una disculpa
y alguna que otra cerveza,
aún no es tarde para que nos sentemos
a observar como la noche
deviene más noche,
sólo tienes que calmarte,
dejar de zumbarme,
tranquilízate,
intenta no estampar mi frente en la pared,
dame la mano,
(yo te tenderé un cigarro),
pásame el brazo por el hombro,
ayúdame un poco
y cuando me recompongan el rostro
los tipos vestidos de blanco
iremos a estrenarlo donde nada importa
porque todo es ya pasado.

Mientras la cara subía y bajaba
y se perdía cualquier intención de ser honesto,
lo que jamás fue nunca se diluía en
horas, sombras, penumbras.
«¿Tanto?»
«Ni te lo imaginas.»
El desastre del cuerpo roto,
de tanta cosa sola rota,
de tanta lluvia ñoña y boba,
de tanto pretender que se hace
lo que torpemente se muestra,
el desastre -digo, dije-
era pretender que aquellas sábanas vistieran
igual que vestían.
«Pero, ¿cómo?»
«Del mismo modo.»
Y la lluvía (boba) que no vestía iba
empapando de nadas la vida (rota),
ahora y entonces y siempre desde ahora (entonces).
«¿No?»
«Nunca.»