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miedo

Hace tiempo era un poeta grandilocuente,
y seguramente hubiera escrito:

Tu cerveza, acrisolada,
se dedicaba a amansar la tarde
mientras el sol arrancaba las ventanas de sus goznes
y la luz, desbocada,
tórrida y sola, arrumbaba
lágrimas de tus mejillas y sombras
lúcidas
de tus ojos maltrechos, malheridos,
zaheridos de pasado,
entre los días que pasan y no lo hacen
y nunca dejan de pasar del todo.

Pero hoy prefiero decir,
creo,
que te sentías triste porque,
hace tiempo,
te sentiste rota,

porque tuviste miedo,
mirándome,
de poder recomponerte sólo para
volver a estar igual de fragmentada,
(sólo si recompones es posible
volver a romper, de otro modo
es imposible),
igual de vacía
carcasa cerrada de un ser que no fuimos
y que durante un tiempo
habló por nosotros,

de una luna que no se eclipsa nunca

pensarás que soy idiota,
pero en tus ojos veo los míos
y en tu fragua mi destino
(tu destino también está en mi fragua,
de algún irónico modo),

y en tu rotura
(grieta, fractura, diástole, discordancia)
veo la mía
(que nunca es la misma pero siempre lo es)

y yo estuve convencido,
durante algún tiempo,
de que la vida era mía y de que sabía ser quien era

y tanto lo sabía que quizá me olvidé de quien era

y continué, bien programado,

en una esfera de comportamientos coherentes y acompasados

y joder, cómo dolía.

Pero yo no era aquel y lo sabía.

La diferencia es que yo no supe decir basta.

No tuve ni idea de cómo decir basta. Tú sí.

La ostia vino igual, de igual modo.

La falla generó seísmos, de igual modo.

De igual modo hubo que empezar por el principio.

Y quizá tú no gritabas y yo sí.

Pero los gritos eran iguales, eran los mismos.

Y quizá yo lloré de bar en bar,
acumulando cervezas
en un regazo paupérrimo y abandonado.

Pero joder, cómo dolía de igual modo en tu caso.

Y quizá no supieron entender,
ni unos ni otros,
lo que había detrás, debajo, basamento.

Debajo había fango, me temo.

No quisieron verlo.

«Mírale, está destrozado».

Pero no tenían ni idea.

Al menos, en mi caso, pagaban las cervezas.
No podían entenderlo. Tampoco son culpables por ello.

Y entonces vino la sombra
a ocupar el lugar de la luna que no se eclipsa.

Me pregunté
(te preguntaste)
«dónde coño estoy».

Esperaste
(esperé)
que el eco fuera la respuesta.

Pero no lo era. No podía serlo. Lo sabes, lo sabemos. Lo sé.

El eco devino silencio.

Entonces empezó lo complicado de estar vivo.

Sólo entonces.

Hasta entonces todo había sido puro juego.
Una intuición que se sigue.
Pensando en nada.
Ocupado en salir de un lugar que de hecho no ocupas.

Entonces, mucho después,
nos encontramos y nos cogimos de la mano.

«¿Dónde vas?»
«No lo sé»
«Me pilla de paso»
«Entonces te acompaño un rato».

Poema 5 de «Esperándote desde siempre».
Libro primero de «Escrito en tu nombre»
© 2005 café & cigarro editores.

en todo

Al otro lado de la ventana
y entre la ventana y la puerta
y bajo las alfombras,
revestido de polvo,
sobre ellas,
con forma de hilos de lana

y tras los vasos pareciendo gotas de grasa
y en las lámparas ojeras pegadas
y entre
los dientes,

razón suficiente para seguir llamando sarro al tiempo,

y tras de sí y por sí mismo
sobre la mesa en forma de cercos, marcas de café
y ceniza esparcida en formas curiosas y casuales

y en mis ojos, y tras ellos,
en mi piel, ahora y ya y ya de ahora para siempre,
en cada poro,
en el nacimiento de cada cabello,

en mis pensamientos (siempre y sobre todo)
en mis palabras (que nunca se agotan del todo)
en mis gestos (¿recuerdan… los suyos?, seguramente)
y en la forma que tengo de cruzar una pierna sobre la otra
para cruzar la última sobre la primera.

Allí está, sentado. Sin moverse.
No le hace falta hacer nada.
No es parte, sino cuerpo.
Y todo camina sus propios pasos inconformistas,
traslúcidos, imagen
de fusión irreversible
(flecha del tiempo, dicen los que saben)

Sentado, tranquilo.
Esperando algo.