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cosas





Fiestas, mensaje del Rey. Reflexiones tranquilas y despreocupadas. Mucho jaleo con los textos. Solano con los ojos verdes. En casa de Fabi (preconstruida) una buena noche. Un pedazo de «Donde las cosas no suceden»:

«- La vida allí…
– No.
– ¿No, qué?
– No sigas.
– ¿Cómo?
– No sigas, por favor. ¿Qué me vas a contar que no me diga que esto es un tiempo muerto, es más, algo fuera completamente del tiempo? ¿Qué me vas a contar que no destroce los días definitivamente? No quiero saber nada. No me gustaría saber nada. No quiero saber lo que haces allí, no quiero conocer tu vida allí. Sólo me gustaría que nos mirásemos un rato. Lo demás da un poco igual.
– Lo sé, lo sé. Pero me da miedo el silencio. El silencio es ver pasar el tiempo. Y no tengo mucho. Sé que no nos importa qué hago yo allí, ni qué haces tú aquí. Pero tengo que hablar de algo.
Y nos miramos.
Y ella coge el abrigo y la puerta y desaparece tras el dintel. Y cierra.
Yo corro como un enfermo y tiro el café al desagüe, desordeno como puedo el salón y el dormitorio, me meo fuera de la taza y vierto pasta de dientes sobre el lavabo. Termino justo a tiempo para escuchar el timbre de la puerta.
Abro.
Le doy un beso.
– ¿Qué tal hoy el trabajo?
– No te lo puedes ni imaginar, la maldita Susana…
Y he escondido su maleta bajo la cama.»

Salud de hierro a toda prueba. Silencio en donde me jode el silencio. Muchas palabras (me abrumo) en lo demás. Por otra parte, Modernidad y Holocausto (Bauman), en la música los piratas.

sobrevivir

Anoche me fui a tomar unas cervezas, a recorrer un poco la calle. Fuera la cerveza es cara, pero es un sacrificio que debo hacer si quiero recuperar contactos, los pocos algo interesantes que aún quedan, sentados en las barras, agarrando su tercio, riendo en otro nivel. Yo estuve prácticamente casado, así que, siguiendo el curso habitual de las cosas, perdí todo y gané en horas de televisión, de sexo y de abrazos. Salí a la calle transido de ilusión, todo era posible, iba a conocer a una tía estupenda y a tener una conversación verdaderamente estimulante sobre cualquier tema extremadamente interesante, así que todo iba bien. Me lié un cigarro y anduve deprisa, no podía llegar tarde.

Cuando llegué al bar estaba Mata, porque Mata siempre está allí. Recuperando bares, todo el mundo se alegró de verme, creo, pero después de un par de años, por supuesto, me había convertido en un cliente de segunda, en un contertulio de segunda. Me había perdido un montón de cosas. Bueno, pero iba dispuesto a ponerme al día. Arranqué con un litro, porque no tengo pasta para ir tomando tercios. Sumergí allí mi nariz, mi ansia, mi rabia y mi ilusión, y la cerveza respondió inundándome de una sensación tranquilizadora, de repente no parecía tan terrible mi situación, el hecho de que Lore haya decidido encontrarse a sí misma lejos de mí.

Y así estuve un par de horas, hasta que Lore llamó. Estaba aquí. Quedamos al lado del bar. Yo ya estaba ciertamente perjudicado, pero cogí mi abrigo, le dije a Mata que me piraba, que se hiciera cargo de la cuenta. Mata asintió. Me fui corriendo. Lele estaba en la plaza del ayuntamiento, aparcada en doble fila en la Kangoo. No pude sentarme delante, demasiados recuerdos, así que tiré un libro que había fotocopiado en el curro en el asiento de atrás y allí me metí. Saludé, no recuerdo muy bien nada porque me he puesto una coraza en medio, justo allí donde duele. Aparcamos cerca de otro bar conocido, La Estación, y pedí una copa y una coca-cola para Lore mientras ella iba al baño. Después las conversaciones extrañas de momentos como ese. Lore diciéndome que se siente sola. A ver qué se responde a eso. Pues que yo más, y que encima yo no he tomado la decisión. Lore diciéndome que se siente vacía, y que por eso es tan importante para ella llenarse. Claro, lo entiendo, entiendo eso de llenarse, lo que no comprendo del todo es el método, como si llenarte de rutina y de cosas que hacer fuera suficiente para tener algo dentro de la cabeza. No, es todo lo contrario, para llenarse hay que vaciarse de cosas, soportar de vez en cuando cuatro o cinco horas con uno mismo, asumir todos los reproches, todos los golpes, las cicatrices, y sobre todo las heridas. Sobre todo esas. No se consigue nada si echas ahí tierra encima. Fíjate, no tengo ni idea de por qué, pero yo estoy tremendamente creativo, ando a medias con una novela, con un libro de poemas y tengo doce canciones dispuestas para un grupo. Me dijo que tenía suerte. Estuve a punto de irme de allí después de eso.

Pero no me fui, porque sigo teniendo la misma necesidad de estar con ella, porque para mí todo esto es una idiotez que nos va a llevar a la más absoluta de las ruinas, y porque, ahora mismo, me doy igual. No me importa no sobrevivir a tu era, ahora mismo, no me importa quedarme anclado en tu recuerdo el resto de los días de mi vida. Porque tengo claro que todo pasa, y si esto es lo que siento ahora, me meto ahí dentro de lleno y vamos a sentirnos mal, que es lo que toca. No le pienso poner condicionantes a mis sentimientos, niña, no pienso, si ha llegado el momento de reventarme lo haré hasta que todos mis órganos internos no sean más que un pulpa blanda subiendo y bajando en el hueco de mis entrañas.

Estuvimos hablando así algún tiempo. Ella me insinuó todo con frecuencia que en realidad, aunque esté jodido por otras cosas, ella no me importa una mierda, porque no entiendo que esto es lo que necesita y no sé llevarlo bien, como ella quiere, como los amigos que somos. Porque a cada problema que ella me dice que tiene yo le pongo encima uno que yo considero peor. Porque dice que no la escucho. Porque no quiero darle las sábanas que a ella no le costaría nada reponer, en virtud al Bucanero, y a mí sí. Supongo que necesita justificarse un poco. Hay detalles. Cuando yo estaba en el bar con Mata le envié un mensaje al móvil, le dije: �Lore, o quedamos o me voy con esta tía�. Claro, no había ninguna tía, pero ella llamó a los cinco minutos y fue cuando quedamos. Me dijo que mi mensaje parecía triste, y yo no encuentro la tristeza en esa línea en ninguna parte, pero sí otras cosas. Detalles.

Ella estaba cansada, y no tenía sentido seguir allí. Se fue a la barra a pagar, y yo me fui a casa. Llegué a cruzar dos esquinas, luego me volví. No soy fuerte en absoluto. Estaba todavía en la barra, preciosa. Salimos, le pregunté por su pelo, me dijo que estaba recuperando, y de verdad lo parecía, ahora sí, la salud siempre depende de la pasta que tengas para el tratamiento. Montamos en el coche, de nuevo la misma conversación de reproches a mi falta de comprensión. Le dije que si no tuviera corazón me costaría menos comprender esto, o al menos no dolería ser capaz de hacerlo. Mierda de ideas hippies, le dan tanta fuerza que no le duele nada. Está viviendo una película estimulante, pero de factura norteamericana. No son reales, eso es lo que pasa, no tienen en cuenta los verdaderos sentimientos, aunque sí movimientos estéticos muy bonitos. Figuras de un caleidoscopio, bobas pero hermosas.

Seguimos despistándonos mutuamente en la conversación, heridos pero bien a la defensiva, con rabia. Heridos pero con mucha fuerza, yo menos. De repente dijo algo así como que yo al final agradecería su decisión, debido a lo de la creatividad. Y entonces sí me bajé del coche, no pude más. No pude soportar el crepitar de esas palabras en mis oídos. No te puedes imaginar lo poco que me importa la creatividad, no te puedes imaginar lo poco que me importa, ahora mismo, recuperar todo esto sin ti. No tienes ni idea. Yo no tengo una justificación, no me he embarcado en una lucha. Por favor, no intentes convertir esto en una guerra santa, no me digas que me estás ofreciendo la salvación para justificarte a ti misma. No lo hagas.

(Un cacho de la novela)

día 23

Y claro, han tenido que pasar un par de días y varios cientos de pensamientos para que yo me ponga frente a mi cabeza a centrifugar todo un poco, eso y algo y a entender un poco las cosas, tal como están o han sido, tal y como se están desarrollando. Es el momento, cuidado, de abrir un litro de cerveza, de encender un cigarro. Voy a por un cenicero. Meo, tiro de la cadena. Es el momento de verlo todo con calma, de horadar los segundos, forzarlos, hilarlos con un fino cordel rojo que será la coherencia en este asunto.

El martes estaba con Dany haciendo la web de Essan, por la que espero sacar algo en concepto de mantenimiento. Él había traído algunos litros de cerveza, tres o cuatro, y mientras diseñábamos y hacíamos menús íbamos bebiendo, sin pensar mucho en nada en concreto, con conversaciones normales, destelleando Lore aquí y allá, pero nada serio. Después pidió comida china, nos la comimos. Apurando litros vimos mean machine, nos reímos un rato. Yo tenía la sensación de tener a Lore un poco fuera de mi cabeza, algo así como en la frontera, esperando a que me acercara para liarnos a tiros en tierra de nadie. Pero no estaba por la labor, y eso es ya, de por sí, una victoria en mi estado mental actual. Dany se fue y yo me fui a la estación, a ver qué se cocía por allí. No mucho, pero algo había. Me puse a hablar con unos perfectos desconocidos animadamente, el viejo Miguel aún no ha mordido el polvo del todo. Envié un mensaje a Lore, para preguntarle qué tal estaba. Me dijo que se sentía sola, que era un mal día, que no todos iban a ser buenos. Le plantee acercarme por su casa. Ella me dijo que no, que no sería más que hacernos más daño y empeorar las cosas. Me río yo de eso de empeorar más nada. Pero desde su punto de vista tenía toda la razón posible en una cabeza humana. Miré a mi alrededor, había gente bebiendo y medio divertida, sin excesos, sumida en conversaciones más o menos estúpidas sobre estupideces. Los desconocidos de mi lado también hablaban de tonterías. Apuré la cerveza y pagué.

Y me fui a coger un bus. Y luego el metro. Y después estaba en Malasaña.

La llamé, y le dije que viniera a la estación a tomar algo. Me dijo que no, que no podía mover el coche. Entonces le dije que estaba en la puerta de su casa. Pulsé en un toque diminuto al telefonillo, por si albergaba dudas. Abrió la puerta. Yo le pregunté si eso significaba que pasara, porque durante todo el viaje había tenido claro que no me iba a dejar entrar a su casa. Pero me dejó. Subí las escaleras del piso que yo mismo empecé a reformar, destrozando los muros y el suelo, hace algunos años. Yo rompí el suelo de esa casa, primero plaqueta, luego sintasol, al final, aunque parezca mentira, parquet, y después tierra. Yo arranqué el papel de la pared, que estaba incrustado formando parte de ella por el paso salvaje de los años, que tienen un arte exquisito en la doma de demostrar lo trivial. Y lo que no lo es.

Entré por la puerta y lo vi todo como entonces, cuando aquella era la casa que el Bucanero, su padre, le había prometido para que viniera a vivir a Madrid. Hicimos buenos momentos allí, con las sábanas de raso verde que su madre le había regalado. En aquel momento la casa tenía dos habitaciones, cocina y baño. Tumbados en un camastro nos daba miedo incluso tocar el suelo con los pies descalzos. Algo de martini, tabaco y sexo, al menos dos o tres veces, antes de que nos deprimiera aquél armario en el que Lore guardaba las sábanas cuando terminábamos, con posters del real madrid. Entonces, joder, era nuestra casa, y yo la reformaba con Krasi mientras le inflamaba con la fraseología del socialdemócrata y comíamos menús en sitios infectos de la zona, infectos pero llenos de buena comida, como si las cucarachas fueran tremendamente respetuosas con las cosas de comer. Krasi reventó, no sé si ayudado por mí o por el trato de semiesclavitud bien remunerada en el que le tenía el Filibustero más terrible de La Tortuga, y se fue, y dejamos de reformar la casa para preparar el montaje de recreativos franco en Ifema. La última llamada que hizo Krasi antes de irse fue a mi móvil. Roberto pagaba la factura de Krasi, como la de casi todo el mundo. La llamada a mi número quedó registrada.

Abro aquí un paréntesis, no voy a contar nada de esa noche. No hicimos el amor, por si tenéis curiosidad, pero no voy a contar nada. Tengo la sensación de que es privado, hasta para vosotros (¿me estaré volviendo reservado, o es que ya no creo en revelar lo que no me pertenece exclusivamente?).

Suena el despertador, son las ocho de la mañana. Lore duerme a mi lado, apaga el timbre de su móvil cada cinco minutos. He perdido las esperanzas de irme en transporte público, lo que no dejo de sentir como una derrota. Lore se levanta. Está extremadamente delgada, comparándola con mis recuerdos. Hace café frente a mí con parsimonia, yo sigo tumbado. Enciende la luz del extractor, abre un armario, saca café molido, no recuerdo la marca. Limpia concienzudamente la cafetera, según lo que me contó es la segunda vez que hace café en cuatro semanas. Llena de agua el fondo, pone el cacillo, echa café, despacio. Prensa, cierra, pone al fuego. Vuelve a la cama. Yo la miro, extraño, o extrañado, o sobre todo sintiéndome extraño en ella, con ella. Me levanto y me doy una ducha espacial en esa cosa de diseño que tiene en el baño. Pruebo todos los chorros a presión, uno a uno. Por fin un grifo de agua templada, el tío que inventó esto es un genio, estoy harto de helarme o abrasarme. Huelo a café, y en ese momento ella me dice que el café ya está. Yo me estoy secando.

Y en ese momento vuelvo a la cama, en el recuerdo. Ella vuelve a hacer café. Lleva unos pantalones de pintor, tiene el culo tremendamente caído. Está delgada, ya lo dije. Huesos en vez de brazos. Lleva una coleta imposible, porque sólo tiene un centímetro de diámetro. Está perdiendo mucho pelo, la cama estaba llena de pelos, el baño también, mi cabeza se ha levantado llena de pelos de Lore que se han ido con el agua en la ducha. Incluso en la perilla tenía pelos de su cabeza. Ella dice que va a mejor, y yo asiento, como si le estuviera dando la razón. Será porque no la veo muy a menudo, pero a mí me parece que va a peor.

¿Quién es esta mujer que está frente a mí? Es una pregunta muy tonta, lo sé, pero me pregunto quién es, antes de ir a la ducha. No soy capaz de precisar más. Estoy ahí, tumbado, mientras la miro y me pregunto quién es, si la he conocido alguna vez. Claro, me pregunto si la amo, examino mi reacción ante la pregunta y sólo encuentro silencio. Eso no es un no, por supuesto, pero es intrigante. Seguramente me pregunto si amo a esta Lorelay, lo que no es una pregunta nada banal. Y eso me lleva a otra parte, a otro lugar más terrible y en el que me gusta menos entrar. ¿Quién soy yo?

No es el mismo Miguel el que está aquí tumbado. Lore se fue, mi vida se vació, como si al irse hubiera quitado el tapón del desagüe y me hubiera dejado metido en la bañera, viendo como el agua cada vez cubre menos, como la vida cubre cada vez menos. Pero no me quedó otra, tuve que meter mis huevos en el agujero para frenar tanta derrota, y el agua dejó de vaciarse, abrí el grifo para verla cubrirme otra vez, sin importarme lo que me dolían las pelotas por la presión de mantener el nivel de algún modo. Y eso transforma. ¿Estoy a disgusto sólo? ¿Merezco otra cosa que no sea estar solo?

Tomé el café y nos fuimos a por la Cefe. Había atasco. Hablamos de que se iba a comprar una casa en Delicias, 100.000 pelas durante 20 años. Me dijo que no sabía cómo lo iba a pagar. Yo le dije que yo sí sabía cómo. Ella me respondió diciéndome que a Víctor se le notaba más el peso que había perdido que a mí. Cruzamos embates, pero sin fuerza, porque esas batallas ya no tienen sentido. La guerra se ha acabado. No tenía importancia lo que nos pudiéramos echar en cara el uno al otro.

Reímos un rato. Más o menos todo el tiempo reímos, aunque fuera poco. Quizá es que al cesar la guerra ya no teníamos relación de enemigos, pero aún no hemos encontrado con qué substituirla. Me dejó en una esquina cercana al curro. Llegaba más de media hora tarde, pero no importaba mucho. Casi no había dormido, pero no tenía sueño. Como la cefe no tiene cierre centralizado, he aprendido a tirar de la manija, bajar el seguro, soltar la manija, para que la puerta quede bien cerrada. José me lo enseño, el padre de Leti. Agaché la cabeza, hasta quedar por debajo del techo de la Cefe. Nos vemos. Nos vemos.

Caminé hacia el curro. Saqué el tabaco de liar, me lié un cigarro. No había mucha gente en la calle, porque es zona de oficinas, y todo el mundo entra a las nueve en punto. Un par de toses, un par de arcadas y mi máquina empieza a funcionar. Por la mañana siempre estoy de buen humor.