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«Quien, por un amor demasiado grande, lo que al fin y al cabo es monstruoso, muere de sufrimiento, renace para no conocer ni amor ni odio y disfrutar. Y ese disfrute de la vida, por haberse adquirido de forma innatural, es un veneno que tarde o temprano corrompe el mundo entero. Lo que nace más allá de los límites del sufrimiento humano actúa como un boomerang y provoca destrucción».
Henry Miller. Trópico de Capricornio.
(Ya sé, ya sé, sé que esta frase está en otros dos post más…)
Que no es tan terrible.
Llegué y compuse dos canciones, así, del tirón. Me pegué un duchote y me comí macarrones (algo más pijo, eran «plumas») a la carbonara. Intenté hacer una filigrana como portada para la bitácora, no me salió (tiempo al tiempo, que ya aprendo).
No hay mejor sensación que estar debajo del chorro del agua caliente de la ducha, no hay nada más relajante que el olor multifrutal del champú de té verde, el jabón de manzanas silvestres, el desodorante de pera de agua y la colonia de jazmín. Vamos, que la pituitaria se hace un nudo con los pelillos de los veintibastantes porque no puede afrontar el kaos olfativo.
¿Mis planes? Bien sencillos.
Bien comido y bien aromatizado, a tumbarse en el palomar, pillar el libro (con un boli y un papel, que siempre viene algún poema o alguna estrofa), leer hasta que se caigan los ojillos.
Un buen pedo, fuerte y embriagador, siempre pone un punto.
Estirar la pierna todo lo largo que es uno, sacarla por el borde del palomar, y balancearla
adelante y atrás, adelante y atrás… hipnótico….
que es que a veces soy de un exagerao… cómo me gusta dramatizar.