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cocinar putos imposibles

Yo no soy nadie, y cada paso que doy me lleva conscientemente más y más lejos de ser alguien. No tengo ni puta gana de ser alguien. He emprendido la huída más imbécil porque he comprendido hace tiempo que el mundo está compuesto por cáscaras vacías que repiten lo que les interesa y no tienen ninguna intención de conversación alguna. Que no hay objetividad porque hace un huevo de generaciones que a nadie le importa qué son esas insignificantes cosas como la verdad. La verdad, en el mundo de hoy, es una soplapollez. La verdad es una cosa que le sopla directamente a la polla de todo el mundo. La verdad es lo que esgrimen ubícuamente cuando no tienen ni puta gana de encontrarla.

Estoy borracho, obvia decir, y lo estaré siempre y cada tarde mientras tenga que escapar de tanta miseria, de tanto gránulo infectado de acceso purulento.

Si la victoria es el objetivo te sientes vencedor cuando ella vence, independientemente de que esté contenida en tu postura o no. Esto es un hecho concreto para mí –y su contrario, esa puta y asquerosa falacia, está recogido por ejemplo en películas como «The last supper«, en la que después de matar sin sentido a todo el puto mundo un radical les presenta la teoría de que la verdad es consenso y para eso necesita de personas extremas que desarrollen las tendencias hasta el límite. Como si uno fuera independiente e instrumento de la verdad en el camino de mediarse. Como si uno no fuera parte de la verdad más que elongando la mentira hasta que el medio rehaga la cordura–.

Como si la verdad nos fuera ajena y no pudiéramos comprenderla individualmente, más que en la suma y aniquilación dialogada de contrarios.

Y una puta mierda. La verdad no existe como ente separado del mundo y autónomo, bien que lo sufro y lo sé, pero sí que existe una verdad subjetiva que entiende de pulsiones y argumentos, y no me hace falta enconarme con mi opuesto para llegar a un término medio intersubjetivo.

Que la cabra tira al monte es un hecho. Que justifiquemos que lo haga es una estupidez.

La radio se ha jodido en mi coche y sólo puedo escuchar la cope. Cuando he ido a por más birras estaban hablando de que hay que acabar con esa cláusula de que un convenio laboral sirva hasta que se firme el siguiente, porque genera perjuicio para el empresario, que no es, ni más ni menos, que pérdida para el trabajador (sic).

Yo era delegado sindical entre el segundo y el tercer convenio de Telemárketing y entonces bien que les gustaba que eso fuera así. Como la economía subía les encantaba que un convenio se mantuviera mientras se estancaba la negociación del siguiente porque siempre pagaban menos de lo que debían, bien que nos daban por culo con eso, bien que lo esgrimían como un consolador gigante con el que juraban darnos placer, bien que lo usaban para estancar convenios mientras iban robando más y más dinero del trabajador, engordando como buitres royendo cadáveres. Ahora que todo baja les jode, pero entonces les encantaba. Y ahora justifican la desaparición de esa cláusula del mismo modo en el que antes enconadamente la defendían. Enconada y brutalmente.

Pero no comprendo… ¿no sigue siendo la misma cláusula?

Joder… ¿no sigue siendo la misma puta verdad?

¿A quién ostias le interesa la verdad?

Yo no soy nadie, y no quiero serlo. Quiero mantenerme lejos. Quiero beber todo lo que pueda, comer todo lo que pueda y follar todo lo que me dejen, porque la conciliación del mundo da asco, es asquerosa, no significa nada, es hedionda. Porque vamos a jodernos en lo que podemos y en lo que no también. Porque esta sigue siendo una sociedad clasista que favorece que siga teniendo más el que más tiene y en el camino se nos ha olvidado que podemos llegar a un acuerdo justo.

Porque nada significa ya justo. Ni verdad. Ni acuerdo.

Nada significa nada, joder.

Esos mismos que entonces nos argumentaban que el mantener un convenio ya terminado era lo mejor para el trabajador, cuando con ello pagaban menos, para favorecer el empleo, ahora nos argumentan que reventar un convenio cuando termina es lo mejor para el trabajador, para favorecer igualmente el empleo.

Y yo no sé cómo cocinar eso. Hoy he reventado por aquí y parezco un sindicalista, pero es que, joder, todo es lo mismo. Esto es sólo un ejemplo. La educación es el privilegio del que tiene el poder. El poder es una sombra que crece cuando alguien cree en ella. El mundo es una mierda, pero sólo por culpa nuestra.

Y mi responsabilidad (que es la de todos y cada uno) en ello me destroza. Me revienta. Me jode. Me hace mierda.

Me prometi no ser nadie y por eso no tengo boca.

Y no tengo boca y debo gritar.

he perdido la luz

Hace mucho tiempo que siento que la música me ha abandonado. Aún así, cada noche en el nuevo museo, me siento a tocar al atardecer intentando que todo fluya como debe. Pero no lo hace.

No lo hace.

El sol se está escondiendo y yo pongo mi cejilla en el quinto traste e intento a Paco Bello. La canción no sale mal (o no todo lo mal que me puede salir a mí), pero no siento nada. No puedo sentir nada. El sol se está escondiendo y seguramente me esté tomando un ron con hielos y limón. El sol es precioso sobre mi nueva terraza y la canción de Paco Bello es tremendamente hermosa. Es sublime. Como no puedo sentir nada me detengo y riego las plantas, apunto con la manguera y la humedad recorre el aire casi nocturno con brillos y dulces que vuelan y la casi negrura huele a humedad y tierra y vida que recorre todo lo que sucede.

Excepto la música.

Y para no zozobrar y eso. Vuelvo a tocar intentando que todo sea tan fácil como siempre fue. Pero no lo es. Ni es fácil ni difícil ni es nada.

Es desesperante coger la guitarra y no sentir nada.

Alguna vez, no muchas, me acosté con alguien que no conseguía decirme nada. Fue frustrante. Pero no tanto como ahora. Aunque al fin y al cabo ambas cosas suponen bombear, seguir haciendo. No detenerse. Aunque en ambos casos con el mismo resultado: nada. Aunque el recuerdo no me une nunca tanto a ella, sea quien sea, como a la guitarra, y las cosas que hemos hecho juntos. Que hemos vivido.

La guitarra es madera con cuerdas metálicas presionadas. Ellas eran un cuerpo con sentidos que se enervan.

Cada noche desde que estoy aquí, cuando cae el sol, le paso un paño a las cuerdas y pongo la guitarra en el soporte. La segunda o la tercera noche, estando de vacaciones, velé la guitarra por si me decía algo. Fue una noche entera mirándola y tocándola a intervalos.

Pero no pasó nada.

He perdido la luz que guardaba en el cajón del pan. Era una luz especial, con tropezones de oscuridad.

Quizá mañana. O quizá nunca. La música tenía un poder, que es el que quiero recuperar. Era el de llevarme lejos sin salir de dentro, si es que es comprensible así. Me llevaba lejos pero no como el alcóhol, que me destroza entero hasta el día siguiente.

Ya había anochecido cuando colgué la guitarra en su sitio, y de repente me apeteció tocar. La cogí y salí un rato fuera, con las plantas rezumando humedad y la noche escabulléndose como el último segundo de un ensayo. Y pulsé cuerdas, y canté, pero no pasó nada.

Nada estaba pasando entonces.

Y, triste como el último individuo de mi especie antes de la extinción total, la volví a dejar en su sitio.

Antes de apagar la luz por última vez le eché el último vistazo.

Jamás podré deshacerme de ella, porque jamás querré.

Porque aunque ahora no sea nada ha sido tanto como todo. O como más que todo.

Y porque aún tengo la esperanza de que mañana, cuando la luz del día languidezca, ella me muestre ese camino que quiero volver a recorrrer

pese a no saber cómo.

Porque siempre ha sido así. Porque así es como las cosas deben ser. Porque sin eso estoy perdido, aunque siga respirando. Aunque siga vivo.

apolítico

Intento ser apolítico, pero no lo soy. El huevo siempre me carga a la izquierda. He visto muchas cosas estos días que me indignan pero… no lo bastante, lo reconozco, porque si permitiera que realmente me indignasen me lanzaría contra un McDonald como Michael Douglas en un día de furia… y no es plan, que la cárcel probablemente no sea lo mío. He visto el tema de espacios publicitarios en la radio, por ejemplo, y cómo se decide. Mmm. Continuísmo. Le doy más al que tiene más y así me aseguro de que sigue teniendo más siempre. Igual que la pasta al final de las elecciones. Pasta por voto y pasta por concejal obtenido. Más y más al que más tiene. Perpetuar la desigualdad como forma de legitimarla.

Y sip, pasaron cosas en Sol y yo no estuve allí, pero es que no me daba la gana. A veces el apoyo moral es importante también. Y si no lo es yo sigo pensando que sí y punto. No sé si quizá porque me daba pereza el desorden. Quizá. Quizá me gustaría algo más meditado, algo más tranquilo, más en sus tiempos. Uno es de revoluciones, pero para mí sólo. Cuando hay más de uno metido en el ajo prefiero más el cambio continuo. Las revoluciones siempre terminan siendo un foco de cultivo de incomprensiones, palabras mal digeridas y confusiones lisérgicas.

La misma mierda. Gana el PP y eso me jode, aunque sólo un poquito más que si hubieran ganado los otros. Escuece por las raices, pero el PSOE no es izquierda. Ahora mismo, aunque me joda, el único sistema bien dibujado es el liberalismo económico, y es una absoluta basura. Esta mañana el presidente del Banco de España (no voy a decir su nombre aquí, porque no me apetece una mierda) decía que debíamos dejar que los empresarios ofreciesen los contratos que pensasen convenientes, y que después los trabajadores decidieran si los querían escoger o no.

La puta (con perdón) jugada perfecta: los bancos nos arruinan jugando en la bolsa con nuestros pedazos, y gracias a eso se abren las puertas para que los empresarios puedan ofrecer mierda (con perdón) por trabajo. Como el trabajador se empeña en comer, le tienen cogido por los huevos.

Y a eso el presidente del Banco de España lo llama libertad.

No saben a qué están jugando, ni que fuerzas están despertando.

A veces la educación es un privilegio del que tiene el poder.

Y a veces el que no lo tiene deja de ser educado, y se redistribuyen las fuerzas sobre el tablero después de un mal rato.