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el marco de origen

miguel, ortondo, hare, chino, nano

Revivir cosas siempre es un modo de asesinar finalmente las cosas (voy a repetir la palabra «cosas» bastante, no sé si lo suficiente, pero sí bastante, a lo largo de esta entrada). Revivir cosas es un error, no puede volver a ser lo ya sido. De ningún modo. Cualquier recreación del pasado es una construcción futil que cae por su propio peso: el peso del tiempo que ha pasado entre tanto. Las cosas sólo suceden una vez, esa es nuestra condena como seres humanos, seres con memoria. Recuerdo a Kundera explicando en la insoportable cómo cada mañana su protagonista traía el mismo bollo para su perro y como cada mañana jugaban los dos a que el humano se lo quitaba. Recuerdo cómo él decía que si en vez de ser un perro el otro fuera también un ser humano ya se habría aburrido hace mucho tiempo del mismo juego. Y de ahí sacaba que el ser humano no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir lo que nos ha hecho felices, y sin embargo lo que repetimos los humanos nos aburre.

Pero no es cuestión de repetir, ni de recrear lo sido en un intento torpe para que vuelva a ser. A veces lo mismo sucede de forma diferente. Es curioso como al fin y al cabo puedes darte cuenta de que lo que quieres es tocar, y que las canciones son casi una excusa: un lugar común en el que empezar a hacer cosas, a partir del cual.

Un punto de partida: unos acordes como punto de origen del acuerdo: un eje sobre el que desplegarse.

Un tablero de juego. Queremos jugar, eso lo tenemos claro, y nos hace falta un juego.

Tenemos uno hecho, así que adelante.

Y la adrenalina hace el resto.

Y desde ahí se empieza a construir. No de cero, pero sí de cero. Porque al fin y al cabo el tablero y las reglas no constituyen el juego completo.

Son sólo el marco donde las cosas están sucediendo.

buscando presentaciones: pliegos de servilleta

Bocetando:

El problema del desengaño amoroso está contenido en su nombre. Si habéis vivido la circunstancia de tener más de una relación de pareja a lo largo de vuestra vida quizá estéis un poco confusos, es posible que os preguntéis cuál de ellas fue la que os hizo sentir el amor verdadero, o si no fue ninguna, y si fue alguna os preguntaréis también por qué no funcionó al final. Si estáis ahora mismo con alguien pensaréis que es evidentemente esa persona la que os ha llevado de la mano al amor, y si sólo habéis tenido una relación estoy seguro de que tenéis muy claras las cosas, con dos opciones: si es el amor… o si definitivamente no lo es. Pero si habéis tenido más de una relación maravillosa y si todas han embarrancado al final no lo tendréis nada claro. Y entonces quizá os deis cuenta del nombre, “desengaño” amoroso. Se produce un desengaño cuando se sale del error en el que se estaba. Esa es la definición de la RAE, no me invento nada.

Es decir, que en nuestra propia forma de llamar al hecho nos referimos al estar enamorado como un error del que se ha salido. Y bueno, podemos decir que siempre es bueno salir de un error, en cualquier caso.

Sin embargo, aún sabiéndolo, nos lanzamos a por el amor, cuando dice presentarse, con la maleta de nuestro pasado y las alas de nuestras esperanzas de futuro, en realidad lo hacemos como si no nos hubiera pasado ya antes, o al menos no igual que ahora, y como si nunca le hubiéramos conocido de cerca, en primer plano, o soslayando que es un estado de error según el nombre que nosotros mismos le hemos puesto.

Pese a todo, nos lanzamos.

Y eso debe ser porque todos somos poetas, y todos escribimos nuestra vida según va sucediendo en pliegos de servilleta que dejamos en el bar cuando salimos. En este tipo de asuntos todo queda en unos papeles que el tipo que limpia la mesa recoge cuando nos vamos y tira a la basura. Y gracias a eso podemos empezar con las esperanzas intactas de nuevo. Por eso. Pliegos de servilleta.

una canción, sin embargo

Todo empezó hace muchos años.

Casi todo lo que importa ahora empezó hace muchos años.

Yo compuse una canción y un tipo me dijo que lloró al escucharla, y yo le creí.

Le creí como se creen muchas cosas, el IPC, el Euribor, la lluvia, el sol.

Le creí porque las cosas pasan, y dentro de ellas hay algunas que ciertamente pasan. Que son posibles. Es posible que él llorara por aquella canción, pero no estuve delante para verlo.

Entretanto pasaron miles y miles de cosas, de las que no dejan de suceder, yo empecé a salir con una mujer guapísima que me parecía lo más absoluto desde el comienzo del universo, él se fue a un país de sudamérica con otra mujer que, seguramente, le parecía lo más absoluto desde el comienzo del universo.

Obvia decir que dejamos de vernos.

Por eso de la física.

Y este tipo, el que me decía que lloraba cuando escuchaba una canción mía, estaba en la otra parte del mundo y yo en esta, cada cual con sus vidas, haciendo cada uno lo suyo. No teníamos mucho cuidado el uno del otro porque, de algún modo, sabíamos que estábamos vinculados el uno con el otro de un modo irreversible.

Dejamos las cosas estar.

Este tipo, el que lloró una vez escuchando una canción mía, volvió a España, y quedamos en un garito en el que su hermano estaba gestionando algunas cosas. Y nos tomamos unas cervezas, y nos pusimos al día. Estábamos ciertamente lejos, porque yo había dejado a la mujer que me parecía lo más y la tipa que a él le parecía lo más había arrancado una vida con él en España. Y yo sentí entonces que pese a estar ambos en la misma ubicación estábamos más lejos de lo que habíamos estado nunca: yo estaba de vuelta, él estaba de ida.

Idas y vueltas, nada más confuso.

Andando el tiempo, cuando yo seguía de vuelta por principio y él encontró su estar de vuelta, decidimos quedar para tocar. Sí, porque aunque no lo haya dicho hasta ahora el tipo es percusionista, y tocar con él es fácil porque sabe mucho. Saber mucho es lo que hace las cosas más fáciles del mundo. Así que quedamos en una casa de su familia en la que ya no va nadie y es fácil hacer ruido.

Y él me pedía aquella canción, aquella por la que me dijo una vez que lloró. Y yo no quería. El tema era sensible, y yo le decía que no era moral tocar esa canción en público. Y él me decía que aunque no lo fuera, qué menos que tocarla entre nosotros.

Entre nosotros, que habíamos tenido un mundo entero entre medias sin perdernos.

Sin dejar de vernos.

Repito eso, porque es difícil tener un mundo en medio y no perderse.

Y quedamos en aquella casa para ensayar y él siempre insistía. Y yo me negaba, pero en secreto iba ensayando la canción, por él.

Y el último día que nos vimos me la volvió a pedir. Y yo no pude negarme.

Y la toqué.

Como siempre, me metí tanto en la canción que no pude ver más que el suelo.

Pero al terminar, al levantar la cabeza, él estaba llorando. ÉL ESTABA LLORANDO. Tal cual, sus ojos, anegados en lágrimas, me decían gracias. Me daban las gracias.

Él mismo lo hizo. Me dijo gracias.

Y yo me pregunté qué extraño don es este que te permite entrar en el corazón de la gente sin darte excesiva cuenta. Qué extraño don que te permite salir de tu corazón, hacer algo, y entrar en el corazón de los demás.

Nos dimos un abrazo nervioso, con el sentimiento a flor de piel. Y yo no sabía, y no he podido saber, si la canción era buena porque yo había sabido componerla bien o porque él había sabido escucharla bien.

Y todavía hoy no lo sé.

No lo sé.

Pero no me importa demasiado.