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ritual esquizoide

Ritual esquizoide de las cervezas, el tabaco, la guitarra y la pluma.
Dentro de un rato vendrá Rosa, e iremos a tomar unas cervezas. A ver qué
hay por ahí. Anoche estaba a las cuatro de la mañana pegando gritos en
plaza castilla, perreando un cigarro y una cerveza, como un demente.
Luego me tumbé en un banco, llamé a Lore, y me fui para malasaña. Llegué
allí tarde y allí estaba lore, esperándome. Qué paciencia. Como me carga
que todo el mundo me diga eso del crecimiento personal. He estado
hablando con la madre de Lele y me ha dicho lo mismo: que esto me haría
crecer como persona.

Ya, a lo mejor como crece un cáncer.

Lo siento mucho, María, pero ayer no era un buen día. Sólo te dije en
tono irónico que sí, que tendría que aprender a vivir con ello, que con
el tiempo no dolerá y tal. Pero fue suficiente. Lo siento. ¿Quién me
puede ayudar? Pues nadie, es un problema de vencer la resistencia de mi
cerebro a adaptarse a una nueva situación dada frente a la que no puedo
hacer nada. Depende de lo que tarde en pisparse. Creo que mi cerebro
todavía anda por ahí pensando que Lele está de vacaciones. Y que aún no
le ha dicho nada al corazón, para que no se afecte.

Recapitulo, y lo hago en público para que el efecto sea menos
transitorio. Vivo sólo y más o menos me lo puedo permitir, tengo un
curro que me deja tiempo libre, una carrera que espero terminar este
año. Tengo montones de amigos, que valen todo lo que son. Mi familia
vive casi al lado, por lo que puedo verles siempre que quiera o lo
necesite. Tengo el ordenador, la guitarra, una mesa de mezclas, todo
bien conectado. Estoy grabando temas. Estoy escribiendo una nueva novela
y un par de libros de poemas. Me siento el puto hank, luzbel kike,
perreando todo en esta vida, rompiendo la noche. Por el día escribo o
toco. Estudio mis asignaturas, trabajo relajado. Por la noche abro la
cerveza, me destrozo la voz con el tabaco. No veáis que espectáculo más
deprimente escucharme cantar en las grabaciones, soy una mezcla entre
rosendo, sabina e Iggy Pop. Todo eso soy yo. Me empeño en matarme, pero
supongo que será temporal. No puedo estar mucho tiempo sin voz, eso me
mata del todo.

Leti me dijo que tuviera cuidado, que soy autodestructivo. Me vendría
bien no perder esa pista.

Debería ser suficiente para encontrar algo que hacer.

Oye, cuidaros mucho. Todos.

voces del fregadero

Litros, litros de nacar en danza octarina sobre la mesa, revoloteando
los cuadros de lele, encogiendo el teléfono, que no para de sonar.
¿Quién coño me llama? Yo he nacido para estar solo, siempre he estado
solo. Si suena es un espejismo, nunca sabré qué tipo de nadie hay al
otro lado. El baile de litros ondula en mi frente, frunciéndola. Uno
tras otro dejan su mensaje, vienen y se van y en todos pone mahou.
Agradezco que me subvencionéis los vicios, quién sabe qué tipo de otra
locura me está matando. Al menos la cerveza será a largo plazo. No hay
forma de salir de esto, porque yo no quiero. Porque sólo quiero a Lore,
por encima de todas las cosas. Todo lo demás sucede mientras tanto.

Es fácil, veo la salida al otro lado. Entiendo la puerta. En la puerta
pone otra vida. Yo me quedo con la que tengo. Reviso mis notas, cientos
de notas en un cajón, cientos de notas perdidas que no van a ninguna
parte, porque nunca fueron a parte alguna. Ya ni me importa Lore, la
Lore real, mi amor es intemporal y no entiende de presentes, porque el
presente apesta. En este presente Lore hizo lo que debía, aunque no
coindida con lo que hubiera hecho yo en mi presente, de haber podido
hacer algo. Tomo fuerzas, un sorbo más, una calada, lentamente hacia mi
propia destrucción. Suena el teléfono, como una melodía que no se
interrumpe. No sé quién me llama, quién puede querer hacerlo. Esto
apesta. Llamo dentro, por si queda algo, pero todo está en ti, que nunca
lees estos correos. Hay otras vidas, pero no me interesan. Es patético,
quizá, pero necesito más cerveza. Ella me odia por la cerveza, ella no
me conduce a la cerveza, me conduzco yo solo. Como en todo, yo solo.

Un fin de semana entero para perder el control, dentro de poco diez días
enteros para perder el control. No tengo dinero, pero no me importa, me
iré a Aranjuez, a pasar frío en los parques, por la noche, a sentir el
frío. A sentir algo más que dolor. El frío es frío, esta lenta
disolución de todo lo que hemos sido y querido hasta ahora es dolor.
Dolor que atraviesa mis ojos como finas agujas. Pasan los párpados,
atraviesan la retina y pof. A pasar frío en los parques, a dejarme
embriagar por el puto frío. Lele existe, está en alguna parte haciendo
algo sin mí. No olvidemos eso. No lo olvidemos. No es como si hubiera
desaparecido, ella sigue existiendo, ajena a mí, lejos de mí. Tengo
ganas de recrearme en mí, de ir a exposiciones, al cine, a otras cosas.
Pero no olvidemos que el dolor duele, y me obliga. El dolor me mata, el
dolor me penetra como luces brillantes destellando en mis ojos. Hay
otras cosas ahí fuera, pero no merecen la pena. Hay un Miguel que está
por ahí viviendo perfectamente sin Lore, pero no en esta curvatura del
plano del espacio-tiempo, no aquí.

Trago, calada. Lento hacía mi denostación. Ojalá dejara de sonar el
teléfono. Sé que no es ella, eso es algo. No me ha llamado en todo este
tiempo si no la he enviado un mensaje antes. Noto como pierdo enteros,
es la cerveza. Retomar mi vida, dicen las voces que salen del fregadero.
No me importa mi vida sin lore. Para hacer una carrera hay que pasar por
todas las bases, ahora estoy en segunda base, la del dolor extremo. La
de la muerte, noto como me voy pudriendo. Apesto, huelo a carne
corrompida, corrupta. Voy a llenar de mierda los momentos más bellos
esta noche, voy a vomitar sobre todos los que no son lore. No me voy a
sentir bien, no es una declaración de intenciones, es una predicción. Y
sobre el tiempo, circular, de todos, el eterno retorno de la eterna
muerte. Todo lo que sucede una vez sucede mil veces, volverá a suceder
todo, desde Medranda, para acabar en esto. Una y mil veces, como una
peli que la vida repone constantemente. Para acabar en esto. En mi
cabeza la reponen cada segundo, cada segundo vuelvo al principio. Hay
otras vidas, pero no son la que compartí con lore. Esa ha muerto, ha
desaparecido. Se ha llenado de gusanos, apesta. Volverá sólo para
llenarse de gusanos una vez más. Esto quizá ha sucedido antes. Quizá
está sucediendo ahora en otra parte, en otro plano.

Lenta disolución, me queda una media hora de coherencia. Ella está por
ahí, ajena a todo. ¿No lo entendéis? No le importa. Más sorbos. No
importa nada. No me importa nada. Vuelvo a llenar el buche, pierdo el
tiempo. El camino es la disolución, aunque para ella el camino es la
reconstrucción. Para reconstruirse hay que tener ganas, tener un
objetivo. Tener empeño. Yo tengo empeño en el thanatos.

Es fácil, me dicen. Empezar de cero. No hoy, ni mañana. Empezaré de cero
porque la vida obliga, y no se le puede poner freno sin violencia.
Empezar de cero, me decís todos. Para eso hay que tener esperanza, en lo
que sea. Para todos es muy fácil, Lore me ha dejado y tengo que seguir
adelante. Es muy fácil, sencillo. Sencillísimo. Es cuestión de arrancar.
Ya está. No hay nada más fácil.

Cientos de pibas, cientos de vidas por ahí. Llaman otra vez, no sé quién
será. Mierda vida. No me interesan las alternativas. Me voy a
emborrachar. Voy a desaparecer. ¿Qué haré esta noche? No importa, ni
siquiera lo recordaré mañana.

día 23

Y claro, han tenido que pasar un par de días y varios cientos de pensamientos para que yo me ponga frente a mi cabeza a centrifugar todo un poco, eso y algo y a entender un poco las cosas, tal como están o han sido, tal y como se están desarrollando. Es el momento, cuidado, de abrir un litro de cerveza, de encender un cigarro. Voy a por un cenicero. Meo, tiro de la cadena. Es el momento de verlo todo con calma, de horadar los segundos, forzarlos, hilarlos con un fino cordel rojo que será la coherencia en este asunto.

El martes estaba con Dany haciendo la web de Essan, por la que espero sacar algo en concepto de mantenimiento. Él había traído algunos litros de cerveza, tres o cuatro, y mientras diseñábamos y hacíamos menús íbamos bebiendo, sin pensar mucho en nada en concreto, con conversaciones normales, destelleando Lore aquí y allá, pero nada serio. Después pidió comida china, nos la comimos. Apurando litros vimos mean machine, nos reímos un rato. Yo tenía la sensación de tener a Lore un poco fuera de mi cabeza, algo así como en la frontera, esperando a que me acercara para liarnos a tiros en tierra de nadie. Pero no estaba por la labor, y eso es ya, de por sí, una victoria en mi estado mental actual. Dany se fue y yo me fui a la estación, a ver qué se cocía por allí. No mucho, pero algo había. Me puse a hablar con unos perfectos desconocidos animadamente, el viejo Miguel aún no ha mordido el polvo del todo. Envié un mensaje a Lore, para preguntarle qué tal estaba. Me dijo que se sentía sola, que era un mal día, que no todos iban a ser buenos. Le plantee acercarme por su casa. Ella me dijo que no, que no sería más que hacernos más daño y empeorar las cosas. Me río yo de eso de empeorar más nada. Pero desde su punto de vista tenía toda la razón posible en una cabeza humana. Miré a mi alrededor, había gente bebiendo y medio divertida, sin excesos, sumida en conversaciones más o menos estúpidas sobre estupideces. Los desconocidos de mi lado también hablaban de tonterías. Apuré la cerveza y pagué.

Y me fui a coger un bus. Y luego el metro. Y después estaba en Malasaña.

La llamé, y le dije que viniera a la estación a tomar algo. Me dijo que no, que no podía mover el coche. Entonces le dije que estaba en la puerta de su casa. Pulsé en un toque diminuto al telefonillo, por si albergaba dudas. Abrió la puerta. Yo le pregunté si eso significaba que pasara, porque durante todo el viaje había tenido claro que no me iba a dejar entrar a su casa. Pero me dejó. Subí las escaleras del piso que yo mismo empecé a reformar, destrozando los muros y el suelo, hace algunos años. Yo rompí el suelo de esa casa, primero plaqueta, luego sintasol, al final, aunque parezca mentira, parquet, y después tierra. Yo arranqué el papel de la pared, que estaba incrustado formando parte de ella por el paso salvaje de los años, que tienen un arte exquisito en la doma de demostrar lo trivial. Y lo que no lo es.

Entré por la puerta y lo vi todo como entonces, cuando aquella era la casa que el Bucanero, su padre, le había prometido para que viniera a vivir a Madrid. Hicimos buenos momentos allí, con las sábanas de raso verde que su madre le había regalado. En aquel momento la casa tenía dos habitaciones, cocina y baño. Tumbados en un camastro nos daba miedo incluso tocar el suelo con los pies descalzos. Algo de martini, tabaco y sexo, al menos dos o tres veces, antes de que nos deprimiera aquél armario en el que Lore guardaba las sábanas cuando terminábamos, con posters del real madrid. Entonces, joder, era nuestra casa, y yo la reformaba con Krasi mientras le inflamaba con la fraseología del socialdemócrata y comíamos menús en sitios infectos de la zona, infectos pero llenos de buena comida, como si las cucarachas fueran tremendamente respetuosas con las cosas de comer. Krasi reventó, no sé si ayudado por mí o por el trato de semiesclavitud bien remunerada en el que le tenía el Filibustero más terrible de La Tortuga, y se fue, y dejamos de reformar la casa para preparar el montaje de recreativos franco en Ifema. La última llamada que hizo Krasi antes de irse fue a mi móvil. Roberto pagaba la factura de Krasi, como la de casi todo el mundo. La llamada a mi número quedó registrada.

Abro aquí un paréntesis, no voy a contar nada de esa noche. No hicimos el amor, por si tenéis curiosidad, pero no voy a contar nada. Tengo la sensación de que es privado, hasta para vosotros (¿me estaré volviendo reservado, o es que ya no creo en revelar lo que no me pertenece exclusivamente?).

Suena el despertador, son las ocho de la mañana. Lore duerme a mi lado, apaga el timbre de su móvil cada cinco minutos. He perdido las esperanzas de irme en transporte público, lo que no dejo de sentir como una derrota. Lore se levanta. Está extremadamente delgada, comparándola con mis recuerdos. Hace café frente a mí con parsimonia, yo sigo tumbado. Enciende la luz del extractor, abre un armario, saca café molido, no recuerdo la marca. Limpia concienzudamente la cafetera, según lo que me contó es la segunda vez que hace café en cuatro semanas. Llena de agua el fondo, pone el cacillo, echa café, despacio. Prensa, cierra, pone al fuego. Vuelve a la cama. Yo la miro, extraño, o extrañado, o sobre todo sintiéndome extraño en ella, con ella. Me levanto y me doy una ducha espacial en esa cosa de diseño que tiene en el baño. Pruebo todos los chorros a presión, uno a uno. Por fin un grifo de agua templada, el tío que inventó esto es un genio, estoy harto de helarme o abrasarme. Huelo a café, y en ese momento ella me dice que el café ya está. Yo me estoy secando.

Y en ese momento vuelvo a la cama, en el recuerdo. Ella vuelve a hacer café. Lleva unos pantalones de pintor, tiene el culo tremendamente caído. Está delgada, ya lo dije. Huesos en vez de brazos. Lleva una coleta imposible, porque sólo tiene un centímetro de diámetro. Está perdiendo mucho pelo, la cama estaba llena de pelos, el baño también, mi cabeza se ha levantado llena de pelos de Lore que se han ido con el agua en la ducha. Incluso en la perilla tenía pelos de su cabeza. Ella dice que va a mejor, y yo asiento, como si le estuviera dando la razón. Será porque no la veo muy a menudo, pero a mí me parece que va a peor.

¿Quién es esta mujer que está frente a mí? Es una pregunta muy tonta, lo sé, pero me pregunto quién es, antes de ir a la ducha. No soy capaz de precisar más. Estoy ahí, tumbado, mientras la miro y me pregunto quién es, si la he conocido alguna vez. Claro, me pregunto si la amo, examino mi reacción ante la pregunta y sólo encuentro silencio. Eso no es un no, por supuesto, pero es intrigante. Seguramente me pregunto si amo a esta Lorelay, lo que no es una pregunta nada banal. Y eso me lleva a otra parte, a otro lugar más terrible y en el que me gusta menos entrar. ¿Quién soy yo?

No es el mismo Miguel el que está aquí tumbado. Lore se fue, mi vida se vació, como si al irse hubiera quitado el tapón del desagüe y me hubiera dejado metido en la bañera, viendo como el agua cada vez cubre menos, como la vida cubre cada vez menos. Pero no me quedó otra, tuve que meter mis huevos en el agujero para frenar tanta derrota, y el agua dejó de vaciarse, abrí el grifo para verla cubrirme otra vez, sin importarme lo que me dolían las pelotas por la presión de mantener el nivel de algún modo. Y eso transforma. ¿Estoy a disgusto sólo? ¿Merezco otra cosa que no sea estar solo?

Tomé el café y nos fuimos a por la Cefe. Había atasco. Hablamos de que se iba a comprar una casa en Delicias, 100.000 pelas durante 20 años. Me dijo que no sabía cómo lo iba a pagar. Yo le dije que yo sí sabía cómo. Ella me respondió diciéndome que a Víctor se le notaba más el peso que había perdido que a mí. Cruzamos embates, pero sin fuerza, porque esas batallas ya no tienen sentido. La guerra se ha acabado. No tenía importancia lo que nos pudiéramos echar en cara el uno al otro.

Reímos un rato. Más o menos todo el tiempo reímos, aunque fuera poco. Quizá es que al cesar la guerra ya no teníamos relación de enemigos, pero aún no hemos encontrado con qué substituirla. Me dejó en una esquina cercana al curro. Llegaba más de media hora tarde, pero no importaba mucho. Casi no había dormido, pero no tenía sueño. Como la cefe no tiene cierre centralizado, he aprendido a tirar de la manija, bajar el seguro, soltar la manija, para que la puerta quede bien cerrada. José me lo enseño, el padre de Leti. Agaché la cabeza, hasta quedar por debajo del techo de la Cefe. Nos vemos. Nos vemos.

Caminé hacia el curro. Saqué el tabaco de liar, me lié un cigarro. No había mucha gente en la calle, porque es zona de oficinas, y todo el mundo entra a las nueve en punto. Un par de toses, un par de arcadas y mi máquina empieza a funcionar. Por la mañana siempre estoy de buen humor.