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manifiesto contra la perfección

Suscribo: http://bit.ly/avff80

“Fallor ergo sum” (“Me equivoco, luego existo”)

San Agustín

Reconocemos en la cultura de la perfección abundantes peligros, y aquí virtualmente reunidos refrendamos este manifiesto de 10 puntos.

1. Advertimos que el escalón entre “suficientemente bueno” y “perfecto” requiere de esfuerzos no proporcionales a la recompensa, causa retrasos o incluso impide los resultados. “Lo mejor es enemigo de lo bueno”, “la parálisis por el análisis” decimos. La búsqueda de la perfección puede ser una forma ineficiente de abordar las tareas o una forma cobarde de abordar las responsabilidades. Pocos lo ven en sí mismos, porque la frontera con los conceptos de excelencia, constancia, precaución o afán de superación son difusos…

Ahora bien, no es precisamente ese “perfeccionismo” el que denunciamos aquí, por otro lado bien conocido, sino otros que pueden ser peores que ese, y que pasan inadvertidos. Por otro lado, reconocemos que a veces es “lo bueno” lo que es enemigo de “lo mejor”. No estamos en contra de la búsqueda de la perfección cuando es creativa.

2. Manifestamos que la obsesión con la perfección puede causar infelicidad y hasta matar. La búsqueda de la perfección puede ser obsesiva. La dieta, la cirugía, la industria de la autoayuda pueden ser caminos a la ansiedad, la insatisfacción continua y la enfermedad. El miedo al error mortifica y mata: el samurai se hará el seppuku. La decepción puede iniciar un ciclo vicioso autodestructivo. A nivel colectivo, la búsqueda de la perfección social puede llevar al campo de exterminio y el gulag.

3. Declaramos que la búsqueda de la perfección puede arruinar cualquier plan. La rozadura del coche, la mancha en la corbata, la carrera en la media, la mosca que hunde la habitación del mejor hotel, el malentendido, las cuatro gotas…

Por el contrario, reparamos en que a imperfección es divertida si se sabe convivir con ella. Hay que saber tratar a nuestros errores e imperfecciones como hijos nuestros que son, con cariño, pero con disciplina. Saber reírse de sí mismo es fundamental y la base del buen humor. Decía Tolstoi que «todas las familias felices se parecen entre sí; las infelices son desgraciadas en su propia manera». Lo mismo podríamos decir de las situaciones perfectas e imperfectas, y de las personas perfectas e imperfectas. Las segundas son más interesantes. Tonto es el que nunca hace tonterías.

4. Denunciamos que la cultura de la perfección genera excelentes hipócritas, porque la perfección es imposible lograrla pero sí fingirla. La taxonomía de los errores es infinita. La ingeniería siempre lo ha sabido, aunque con el tiempo, se relaja. Hoy lo vemos en áreas como las finanzas, la seguridad de los vehículos o la extracción del crudo. Cuando algunos de nuestros mandatarios parecen sinceros en negar lo evidente, sea crisis o chapapote, quizá la información no fluye ascentemente sin edulcorar. Está siendo frecuente despedir al que es políticamente incorrecto a micrófono abierto (un ejemplo reciente, el general Stanley McChrystal), pero no al incompetente.

5. Revelamos que la creencia en la autoperfección es patología bien conocida en lo individual pero no en lo colectivo. También las comunidades o empresas piensan han alcanzado la perfección. O peor: se olvidan de que creen que han alcanzado la perfección. Por ejemplo, en ciertos supuestos sobre cómo funciona el mundo. Nuestra supervivencia depende de alcanzar conclusiones válidas sobre el entorno. Nunca lo serán si se descarta la información que no encaja en nuestros modelos, si los creemos perfectos.
El problema es que las sensaciones cuando se tiene razón y cuando se está equivocado son idénticas. Cuando se descubre lo segundo siguen siéndolo, ya que se pasa a tener razón, pero por algo distinto. En primera persona, “estar equivocado” sólo puede conjugarse en pasado. También en primera persona del plural. Recordamos aquí dos frases de Alan Greenspan sobre la crisis que se fraguó ante sus ojos miopes: “it left me in a state of shocked disbelief” y “the whole intellectual edifice collapsed”. Ese es el impacto de la realidad cuando golpea súbita nuestros modelos presuntamente perfectos.

6. Creemos que la perfección puede ser repelente. Los genios lo saben y no olvidan nunca permitirse algún error. Los aficionados disfrutan encontrando los errores en sus obras de culto y eso contribuye a quererlas y disfrutarlas más. Pero cuando los críticos analizan las obras, tratan sus imperfecciones con superioridad. Los descuidos de Homero eran para Horacio siestas del genio. En otros críticos, incluso manchas que cuestionan su belleza o su veracidad. La mujer de Sancho recibe varios nombres en el Quijote. Herodoto es criticado porque ofrece cuatro explicaciones de la ruina de Creso. Pero, ¿no tenemos más de cuatro explicaciones a la crisis actual y nadie se escandaliza?

Las figuras excesivamente perfectas, como en Second Life, causan rechazo. Los japoneses tienen un nombre para la belleza en lo imperfecto, humilde o incompleto: Wabi-Sabi. Nosotros tenemos a Belén Esteban.

7. Avisamos además de que la perfección es poco resistente. Las mascotas de pedigree perfecto suelen tener salud frágil. El pan duro dura más. Lo mismo ocurre a nivel social: en la Guía del Autoestopista Galáctico se relata la historia de Golgafrincham. Este pueblo perfeccionista decidió engañar y enviar a todos los ciudadanos de puestos mediocres como limpiadores de teléfonos y estilistas rumbo a un planeta desconocido (que resultó ser la Tierra). Posteriormente, todos los habitantes de Golgafrincham murieron por una infección de oído que se propagaba por los auriculares de los teléfonos. La perfección no es sostenible.

8. Reparamos en que la imperfección puede ser creativa y disruptiva. Los errores unidos a la atención nos han llevado del acero a América o el Post it, pasando por la penicilina. Los artistas se han clasificado en conceptuales y experimentales. Los primeros planifican y construyen ajustándose perfectamente a lo deseado. Los segundos se dejan sorprender, para Cezanne cada pincelada cambiaba el cuadro. Curiosamente, los experimentales suelen florecer a edades maduras. La evolución, el mejor sistema de adaptación que existe, funciona gracias a los errores en la transmisión genética.

La imperfección y el error nos ayudan a conocer y a crear. Las teorías científicas suelen creerse perfectas hasta que surge otra teoría explique las anomalías que hasta entonces se escondían debajo de la alfombra. Algo hay que creer, aunque sea erróneo, porque si no, no podemos empezar ni a hacer preguntas. El problema es creer que ese algo es “perfecto”.

9. Evidenciamos que las oportunidades están en las imperfecciones. De los errores se benefician pocos hoy por hoy: los estadísticos, que los cuantifican, los cirujanos plásticos, los fabricantes de gomas de borrar, los abogados…

Pero las imperfecciones que no se ven o a las que nos resignamos son fuente de oportunidades empresariales: las necesidades no cubiertas y las oportunidades de mejora o arbitraje… También son el camino: una cultura tolerante con el error y el fracaso es uno de los secretos del dinamismo empresarial de sitios como Silicon Valley, el “valle del silicio” en California. Aquí tenemos, en cambio, dada nuestra cultura estricta con el error, el “valle del cilicio”.

11. Negamos que la imperfección sea maldad. La cultura tiende a relacionar mal y fallo, tacha y pecado. En muchas épocas se ha tildado a los deformes o lisiados de malditos, y por tanto sin derechos. Los indios los explotaban (lo que ocurre incluso hoy en día) o los arrojaban al Ganges. Los romanos los eliminaban, si cinco vecinos los avalaban. Con el tiempo, hasta se aliviaron de ese trámite. Declaramos que la intolerancia con la imperfección es una imperfección. Y que el error no es el mal, por más que en ambos “se caiga”. El mundo asocia la imperfección y el error a la maldición, la estupidez, la ignorancia o la pereza. Sin embargo, nosotros pensamos que también provienen de la diversidad, la curiosidad, la valentía y la eficiencia.

Declarando nuestra adhesión a los once puntos expuestos, suscribimos este Manifiesto en su totalidad.

a ratos

Hacía mucho tiempo que no veía a Nano. Hacía mucho más que no le veía tan bien. Vino con Vero, su mujer (este tipo de sentencias van sonando menos duras con los años, pero en mi vida peterpanizada igual de extrañas), con la que anda tentando el camino de volverse a encontrar después de haberse desusado un rato. Volvimos a tocar y volví a sentir que no toco lo suficiente, que todo me lo sé a medias, que ando dando tumbos, pero él era feliz recordando canciones que fueron parte de su vida y yo feliz por doble motivo: también eran parte de mi vida y además, qué coño, eran mías. Y también suyas algunas letras, y otras a su vez de Cisneros, que por supuesto estuvo. En todas ellas yo había sido el */ironía/* irrevocable creador */fin de la ironía/* o el glutinante. En ambos casos todo fluye correctamente. Por un rato no me preocupé de los vecinos y dos guitarras y la percusión sonaron como si el mismísimo Dios dejara de pensar un rato en jodernos constantemente y se uniera a la fiesta, relajado. Menudo cabrón de dios, se le acepta porque no se puede hacer otra cosa. Se relaja y te mira como un igual. Como si eso pudiera ser. Como si no fuera a venir después con las rebajas.

La vida es un asunto extraño.

Yo había estado toda la tarde currando desde que llegué del curro, donde también estuve currando. El mismo Dios se encargó de meterme el dedo en el ojo durante todo el tiempo y durante más o menos todo el rato.

Recuerdo cuando Nano me llamó el jueves. «¿Cómo estás?», «a punto de reventar, necesito parar», «pues para», «no puedo», «pues quedamos en tu casa y te relajas», «para eso pago al tipo cabrón que es dueño del lugar en el que vivo, y no para nada más», «¿entonces de acuerdo?», «¿acaso no caga el papa?», «pues claro».

Y eso es lo más que se puede decir sobre eso.

Tomamos algunas cervezas y fumamos demasiado, conocí a Vero más o menos y me sentí lo suficientemente desgraciado por no tener un partenaire (en sentido blando) como para llegar al límite de recordar por qué no tengo un partenaire, y simplemente es porque aún no la he encontrado. Eso no es tan terrible ni tan idiota. Es más bien coherente.

Uno no puede agarrarse a cualquiera y sentirse feliz. No más de un tiempo. No más de un tenue rato. No más allá del primer silencio inexplicable.

Entonces es cuando todo se para. Cuando todo tu cuerpo te pide largarte.

Y te largas.

¿Alguien puede culparte por ello?

Yo te aseguro que yo no. He estado ahí tantas veces que tengo un abono de temporada. Cuando entro por la puerta me dicen «eh, Miguel, ¿lo de siempre?». Pues claro, cómo no. Y no siento vergüenza ni nada de nada.

Después fuimos a un garito donde todo sucedió como estaba escrito y nos emborrachamos cisneros y yo por los viejos tiempos que aún exudan materia y por los nuevos que pujan fuerte y toman materia de donde no la hay aún. Aunque la habrá, seguro.

El sábado seguí currando todo el día como sólo puede hacer un descerebrado, y luego más y más y luego el fútbol que me aburrió porque siempre me aburre el fútbol y luego más curro y luego Merayo vino a ver «Metropia«, y nos echamos unas risas y unos comentarios y todo estuvo bien engrasado hasta que me fui a dormir y

no pude dormir.

Como más o menos siempre últimamente. No me torturo, no tengo pensamientos negativos mientras deambulo. Simplemente no puedo dormir. Son las tres de la mañana y me entran ganas de cagar. Y voy y cago, sin darme importancia. Después me entran ganas de pasear y me doy una vuelta a la manzana, en calzoncillos y zapatillas azules plasticosas de enfermero. Y ya está.

Supongo que el asunto del partenaire, y el de qué coño pinto yo en este curro que me llena la nevera y me vacía todo lo demás, y el de que quizá me gustaría tener un crío y hablar con él de igual a igual cuando sea el momento, porque no puedo hablar con mi padre porque está muerto y le echo jodida-terrible-completamente de menos casi todo el tiempo, y me gustaría decirle que el jueves la nefróloga me dijo que no hay nada mal en mi cuerpo, que pese a las cervezas mi hígado, mis riñones, mi bazo, mi vesícula y el resto de santoral de órganos están como una rosa recién plantada pidiendo paz, a ratos, y pidiendo más guerra, casi siempre. Me gustaría decirle que no me equivoqué demasiado, que aunque sé que se siente orgulloso de mí aún así de cuando en cuando me gusta darle motivos. Por si vienen al caso aunque no vengan nunca.

Porque le despedí como supe, pero a uno le gustaría estar despidiéndose siempre, para que aunque ya no estés no se te pierda de vista nunca. Como si fuera posible perderte de vista.

Y el domingo, sano como una manzana físicamente pero enfermo como una buba psíquicamente, fui a casa de Cisneros a seguir currando, y desayunamos los dos con Cris y, en un momento idiota y gilipollas como sólo pueden ser este tipo de momentos, mientras tú Cisneros hablabas de altavoces que querías comprar, ella Cris te miró con esos ojos de «este es el tipo al que quiero». Tan sencillo como eso. Y me sentí bien por ti, me sentí bien porque esas cosas aún existen y, de vez en cuando, se dejan ver. Así que curramos y curramos y me fui a comer con mi madre y mi hermana al parque.

Y mi madre dijo: «tu padre se murió porque no se cuidaba» (con su brutal delicadeza habitual).
Y Carol dijo: «también estaba triste».

Y yo cambié rápidamente de conversación porque no todo lo que puede decirse debe decirse en Según Qué Circunstancias.

Y volví a currar de nuevo con Cisneros y el domingo empezaba a extinguirse y me sentí preso de la cama y terminé mi cerveza y me dije «tranquilo amigo, que vamos bien, que estamos sanos» y me senté aquí a escribir pensando que, al fin y al cabo, se me ha dado una segunda oportunidad y pienso hacerle un hueco en mis lecturas de cabecera. Aún no sé cómo ni de qué modo, pero el hueco está hecho.

No es todo tan sencillo ni tan complicado. No es nada algo extraño.

Pero es jodidamente difícil e intrincado seguirle la pista a algo.

Mantente vivo. Mantente despierto. No sucumbas. No desesperes.

Lo demás viene rodado.

«Eso es una mierda puta plantada en medio de la nariz».

Ok, correcto. Pues al menos, si te mantienes vivo, despierto, si no sucumbes y no desesperas, lo demás sigue viniendo.

«Por ahí mejor».

Pues claro.

la milla verde

Una cosa me deprimió un poco mientras hacía el equipaje. Tuve que guardar unos patines completamente nuevos que me había mandado mi madre hacía unos pocos días. De pronto me dio mucha pena. Me la imaginé yendo a Spauldings y haciéndole al dependiente un millón de preguntas absurdas. Y todo para que me expulsaran otra vez. Me había comprado los patines que no eran; yo los había pedido de carreras y ella me los había mandado de hockey, pero aún así me dio lástima. Casi siempre que me hacen un regalo acaban por dejarme hecho polvo.

J.D. Salinger. El guardián entre el centeno.

Raramente comprendes lo que hacen por ti. Te levantas por la mañana y alguien ha hecho un desayuno estupendo, perfecto para plantarle algo de cara a la resaca; un pequeño respiradero antes de volver a ganarte la vida perdiéndola, dándola de sí hacia sí misma hasta que implosiona perdida entre el oxígeno rarificado de tanto hueco; unos huevos, con jamón quizá, un poco de zumo de naranja, un café con sabor a pueblo (lo del pueblo era amor y el café… era una mierda, ahora que recuerdo); y quizá no te guste desayunar huevos con jamón y el zumo de naranja te da acidez y el café te sube la tensión hasta la estratosfera, donde un pájaro le pega un picotazo y desciende a los infiernos del sueño absoluto; pero da igual y te lo comes todo y lo saboreas como si fuera tú última oportunidad de llamar a algo por su nombre, y llamarlo «hogar».

Y sigues sin comprender nada. Porque sigues pensando que no mereces nada.

Tiendes un beso para dar las gracias, y ese beso te trae una nariz y un mechón de pelo que te hace cosquillas en la barba. Y los labios del otro lado, de la trinchera de enfrente, más la nariz y el mechón de las cosquillas, hacen que una pequeña lágrima rebose la indefendible frontera de tus párpados y se desglose en tu mejilla. Sin ninguna intención, por supuesto. Sólo sale.

Qué momento. Para la otra persona es como si lee en el periódico que los reyes magos acaban de comprar todas las acciones de una empresa de carbón. Una sospecha de ese calibre. Un dolor con ese filo.

Estás perdido en este juego, colega. Estás más que perdido. Te miras sonreír cuando sonríes y no comprendes cómo has llegado hasta este punto, porque nunca pensaste que podrías hacerlo en ningún caso.

La ciudad, que está fuera, bulle de vida. Y la vida de vidas. Y algunas vidas se resquebrajan porque son estúpidas, porque están construidas sobre gilipolleces y es sólo cuestión de tiempo que revienten contra el cristal impúdico y público de la rutina. Sabes que los del bar de abajo siguen divorciándose, el proceso sigue su curso. Mientras tanto, como ninguno quiere ceder, trabajan juntos. Nunca he tomado unas cervezas con tanta espuma de odio. Nunca he disfrutado tanto una cerveza. No soy un cabrón, presupongo, pero sí… que sé… que las fiestas de disfraces realmente empiezan cuando todo el mundo se quita la careta. Ahí se dan y se toman las alegrías.

Creo que sé al menos que, cuando las máscaras se retiran, nadie está pensando en colarte una estampita. Te las siguen vendiendo, pero ya no por la espalda. Estoy en el bar, y la rabia se puede cortar con un cuchillo de mantequilla, de lo blandita que está. La rabia se puede respirar hasta tal punto que le pides al cielo que te confiera genéticamente unas agallas que separen la rabia del oxígeno, para no ahogarte ahí dentro y seguir atento al espectáculo sórdido y demacrado de los reproches y las culpas.

Un dolor con ese filo.

Y atiendes a los reproches y las culpas porque sabes… que están ahí. Que son lo que son. Que no dan más de sí porque dan absolutamente todo lo que pueden. Llegan hasta el final. Amiga, la función terminó. Ahora estamos en las cervezas de después, cuando… las cosas se dicen.

Cuando las cosas no pueden hacer más que decirse. Porque ya no pueden escapar a ninguna parte.

(Las cosas que deben decirse siempre encuentran un silencio donde no hacerlo, hasta que no queda ninguno y no les queda más remedio que decirse).

En eso estoy pensando mientras retiro tu mechón de mi barbilla, porque me hace cosquillas. Anoche fui un tipo regordete que escribe canciones y poemas y novelas y hace fotos y diseña momentos capciosos robados al tiempo estratificando el segundo hasta detenerlo.

Y eso es verdad. Pero no es toda la verdad. Hay una estampita ahí. ¿La ves? Seguro que sí.

Y tú eras la administrativa que quiere ser actriz y que se emociona cuando cambia su perspectiva personal para adoptar la del personaje que interpreta. Y eso es verdad. Pero no toda la verdad. Hay una estampita ahí.

Puedo verla. No puedo dejar de verla.

Y te has levantado y has frito los huevos y sacado el jamón de su frío envoltorio de plástico y reventado las naranjas contra el exprimidor y has hecho café en mi cafetera.

Y yo entonces me he levantado, y he visto la mesa. He parado un segundo antes de ir a mear. Con esa leve, recoleta y dulce vulgaridad de lo cotidiano. He dejado los huevos enfriarse mientras yo meaba. Tiraba de la cadena. Me lavaba las manos.

Y cuando he ido a besarte una lágrima estúpida ha salido de su cajón y se ha hecho agua en mi mejilla.

Y cuando todo todo todo empieza es precisamente cuando todo todo todo acaba.

Cuando me hacen un regalo acaban por dejarme hecho polvo. La realidad suele jugar a ese tipo de cosas. Y eso se plasma en la vida. En las vidas. En lo que tenemos.

Te presto unas monedas para el autobús, sostengo el cerco de la puerta mientras te despides. No quieres irte, porque tu viaje es sólo de ida. Y aunque ninguno hayamos hablado de eso es claro como el agua de la lágrima que hijadeputa corrió por mi mejilla. Me preguntas por el bus más rápido para ir a Plaza Castilla. Yo te digo algo. Aferro el marco de la puerta. Tú te mantienes en el descansillo.

Crack.

El sonido de algo roto no existe en los tejados y no retumba en las cuencas de mis ojos y por supuesto no me recuerda jamás lo idiota que soy

mientras
cierro
la puerta

y me enciendo un cigarro

—sorbiéndome los mocos—

ahogando sollozos y buscando la ducha que elimine los rastros de ti que aún existen en mis poros.

Y pasar página salivándome la yema del dedo índice.