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lo mejor de los dos mundos

Un conejo blanco con un reloj de bolsillo en la mano. Corriendo. Murmulla todo el tiempo que llega tarde a algún sitio. Mientras, en otra parte, el sombrerero loco canta una estrofa tan larga que la reina grita: «¡está matando el tiempo!». Desde entonces, el tiempo no quiere saber nada de él y siempre son las seis de la tarde. De un modo extraño y afín, me siento como un híbrido de los dos personajes de Carroll, corriendo a todas partes sin que nada se mueva en realidad.

Esto me ha salido del tirón como firma de un correo, y me ha intrigado.

el espíritu y el bruto

Mientras más cultiva el hombre las artes, menos se empalma. Se produce un divorcio más y más sensible entre el espíritu y el bruto. Sólo el bruto se empalma bien, y la jodida es el lirismo del pueblo. Joder es aspirar a entrar en el otro, y el artista no sale jamás de sí mismo.

Charles Baudelaire, en sus documentos póstumos.

Rescatado de la declaración fundacional. Hay veces que una frase te arranca una sonrisa, y eso es suficiente para darle a la palanca y ver qué se esconde detrás… o indagarlo, por lo menos.

//off
Y entre tanto adiós al agosto. Hoy es el último día. Salir a las cuatro, sentarse en el sillón con algo fresquito encima y algo fresquito dentro del vaso y leer y leer. Se va terminando ese olor a vida especial que tiene el verano. Tendré que resignarme a la jornada laboral más larga y a salir de casa de noche y a volver ya de noche. No me apetece una mierda, la verdad. Siento como si me estuvieran robando algo que nunca he tenido. O que nunca he merecido, o algo así. El caso es que, pese a todo, lo quiero.

todas entran al cuerpo por el mismo punto

Nunca te ponen problemas para currar, las cosas vienen dadas por el lado de cobrar. Unos no te pagan un duro y te cortan el trabajo a medias (y medio curro ya hecho, en algunos casos, tiempo perdido en todos) y otros te pagan tarde, todo lo tarde que pueden (a 90 días con fecha de vencimiento 29 de febrero y mediante cheque que se envía por correo ordinario, que en un 150% de las veces llega tarde o no llega).

Como en los anuncios de la tele cuando no recuerdas qué estabas viendo antes de que empezaran, muchas veces cobras cosas y no tienes ni puta idea de a qué corresponden. Y así, es inevitable verlo como pasta fácil (que, según la cocinera chusquera y adorable del primer bar en el que trabajé —un beso—, fácil viene y fácil se va), y te dispones a pulírtelo como Dios te dio a entender: mojado y con amigos. Mareado, claro.

Y el problema viene porque lo facilitamos, lo aceptamos. No tiene sentido que tú hagas un trabajo en mayo y lo termines cobrando en septiembre, tampoco tiene sentido que después de cuatro meses de trabajo te digan que el proyecto se para y tú no veas un duro, y tires esos cuatro meses bien compactaditos a la basura.

Voy a la Caixa esta mañana para ver qué pasaba, con las hojitas que ellos me mandaron. Me dicen «ah, tiene que darse de alta, señor a un paso del homeless» (desgreñao, con camiseta y pantalones cortos y sucios por encima de la rodilla). Bien, bien. «Facilítenos su documento nacional de identidad (eso es sólo coger el DNI y dárselo, pero siempre pretenden noquearte con magnicidios para que no puedas darte cuenta de lo que estás haciendo; si no reaccionas con estupor y adoración, se dan cuenta y te odian un poquito y te temen otro tanto), y siéntese ahí hasta que termine de introducir sus datos». Si, señorita.

Me siento, cojo el teléfono, contesto a un par de correos intrascendentes. Tengo que justificarme el tener internet en el móvil, así que lo hago con alegría. A los quince minutos me llaman.

«Perdone, pero esto ya está vencido». Lo sé, vengo a cobrarlo. «Pero nosotros sólo gestionamos el cobro como anticipo, para lo demás tiene que esperar a que le llegue el cheque, le recomiendo que cambie la forma de pago porque supone retrasos en el correo, y tres días hasta que la operación está en firme una vez cobrado». Pienso: gracias, eso ya lo sé, yo puse transferencia en la factura, pero a ver quién cambia a un cliente tan grande como este (lo aceptamos). Sin embargo, digo: ¿Se han quedado con mis datos? «Sí, por supuesto, era parte del proceso». Ya, pero no hemos hecho nada, así que me gustaría que los borrasen —y ella me indica el procedimiento para hacerlo— ¿me quiere decir que aunque los acabe de meter no puede borrarlos, y yo tengo que hacer todo esto para que desaparezcan de sus bases de datos? «Sí» —ligeramente avergonzada.

Y así, con 25 centímetros de dilatación anal, vuelvo a mi jornada laboral. Pero primero desayuno, una pequeña victoria a la que me aferro con los dientes, uñas, dedos, pene, brazos, piernas y el velcro de mi vello.