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sábado

Te levantas un sábado cualquiera y abres una cerveza. Has quedado, y lo tienes claro, así que te rapas la cabeza. Monerías de un niño tonto. Apuras el trago hasta el fondo porque en él guardas la llave de tus sonrisas y te esquilmas vaciando secretos en las papeleras.

– Tengo que recoger todo esto.

Y coges la puerta y te vas.

escorzos

Ella estaba sentada en el sofá, esperando. No sé a qué, pero esperaba. Yo saqué del microondas un par de tazas de café y traje un cenicero del escurridor de la cocina. Necesitaba uno esterilizado, esta vez. Venía, como vienen todos, a contarme su vida. Apliqué el oído en lo mío.

Acabamos el café y empezamos con las cervezas. Su historia no era ni mejor ni peor que cualquiera. No era ni siquiera diferente. Las cervezas sí que lo eran, o contribuían, de algún modo, a que todo lo fuera. Trocó el llanto por sonrisas cuando apuré las cuerdas y me dió suficiente para un par de canciones tristes y lentas, lentas y tristes. No sé ni cómo ni por qué la acompañé a la puerta, mecido en sonrisas, dibujando una alegría que ni sentía ni necesitaba. Dije hasta mañana como si se lo estuviera diciendo al cerco de lo que nunca entiendo. Ella sonrió, me dió un beso en la mejilla y me rozó la mano.

– Siempre me alegra verte.

A mí también, demonios, a mí también. Pero dejemos de una vez de hacerlo.

montones

Estuve sentado en el suelo,
mirando el techo,
acumulando una a una las gilipolleces
en montoncitos.

Eran todas inmensas.

Quemé el silencio,
a falta de algo mejor,
y me fui fuera.
A buscar.

Dentro del bar todo tiene un sentido cabal,
no importa, ni deja de ser lo mismo.

Cuando salí ya era noche cerrada,
y la luz del sol miraba desde las alcantarillas.