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lo que no se dijo

No decir las veces en las que algo se quedó sin decir. Eso es una máxima, nunca puedes hacer un recuento, porque si lo haces desarrollas una tendencia a volver a las situaciones en las que algo no quedó claro para resolverlas. Y una de las cosas que he terminado comprendiendo es que que las situaciones se resuelven cuando deben o no lo harán nunca, por mucho que lo intentes. Porque todo tiene su momento.

Estoy despegado del museo por los motivos de siempre: este tipo no me representa y aquí jamás se habló de mi vida. Pero además hay motivos nuevos, estoy enfrascado escribiendo «el año que no follamos», que intento que sea mi nueva novela. Y me estoy divirtiendo como un idiota. Y entre eso y los cientos de cosas que ando haciendo nunca encuentro el tiempo para entrar por aquí, excepto cuando estoy triste por algo.

Cuando estoy triste por algo me acuerdo del anticuario y me convierto en él, ese gran tipo que me salvó de volverme rematadamente loco y que ahora, en un estado de cosas mucho más optimista, no termina de encontrar su sitio. No se encuentra cómodo conmigo. Se ha convertido en una especie de consejero sabio que siempre está a mi lado, pero que no siempre tiene algo con sentido que decir. Y aún así me resisto a cerrar esto, porque gran parte de mi vida está aquí, o por lo menos gran parte de mis tribulaciones y pensamientos. O al menos las que le pertenecen a Anticuario, ese gran tipo que me salvó del caos introduciéndome en uno distinto.

Pero ando enfrascado en la novela, y en las fotos, y en el curro, y en las webs, y en el grupo, y en recuperar mis ganas de tocar, y es casi excesivo para dejarle sitio. Y no lo comprende muy bien. Pero a veces encuentra su lugar en mi mundo, como cuando aclara: «No decir las veces en las que algo se quedó sin decir. Eso es una máxima, nunca puedes hacer un recuento, porque si lo haces desarrollas una tendencia a volver a las situaciones en las que algo no quedó claro para resolverlas. Y una de las cosas que he terminado comprendiendo es que que las situaciones se resuelven cuando deben o no lo harán nunca, por mucho que lo intentes. Porque todo tiene su momento.»

Y yo me acuerdo de por qué no puedo prescindir de él en un sólo segundo justo antes de seguir viviendo. Y le hago un cariño. Y vuelvo a lo mío.

colección de huesos

Las trampas emocionales son imposibles de evitar. No hablo de la realidad, porque la realidad son hechos. Y los hechos son indoloros, incoloros e insaboros. Nada significa nada fuera de tu cabeza. En tu propia cabeza está la única trampa, el límite irrebasable del significado de las cosas.

Ver a mi abuela me angustia. Me angustia la decrepitud. Buena reflexión para un tipo como yo, siempre por encima de las cosas. Mi abuela está en una residencia tan campante. Tan campante ella. Yo tan jodido. Me iban a vender su casa y al final no salió, y su casa se la quedaron otros. Sesenta años de recuerdos que mi abuela quería que se quedaran en la familia. Porque mi abuela, como el replicante en la peli de Blade Runner, es muy consciente de la futilidad de lo humano. Cuando hablamos con ella siempre nos dice «no os olvidéis de vuestra abuela, no os olvidéis». Ahora mismo estoy temblando, lo juro, no es un recurso estilístico de mierda. No puedo olvidarme de ella. Soy incapaz. Pero no puedo decírselo, porque no puedo verla.

Mi abuela agoniza a largo plazo en una residencia donde la decrepitud es el orden del día. Ayer mismo me metí en el coche y lo arranqué. Iba a verla. Incluso le di al botón que abre la puerta del garaje. Y no fui capaz de salir. No fui capaz de sacar el coche. Y de repente me encontré llorando en mi puto garaje, dentro del coche, por no ser capaz de sacarlo fuera e ir a plaza castilla a ver a mi abuela. Joder, lo saco cada día para ir al puto curro. Y mientras tanto mi abuela agonizando a largo plazo. Y cada día pienso en ella, y cada día es una nueva derrota cuando no puedo ir a verla. Y se hace más pequeña, y cada día está un poco más desaparecida.

No me derrota la decrepitud de mi abuela, ella está más o menos bien, me abate la decrepitud de lo que le rodea. Cuerpos que eran lo que había hasta que dejaron de serlo. Seres vivos que ahora reptan y no saben dónde van. Vidas perdidas en el tiempo, en sus líneas. Cuando entro ahí siento que me pierdo y que me agoto, y que me desahucio de mí mismo. Y que pierdo el control, y que lloro. Y no suelo llorar en público, lo reservo para audiencias más limitadas. Cuando entro ahí siento que pierdo el control y que desaparezco en un mar de lágrimas. Y mi abuela, como un puto robot, me dice «no te olvides de tu abuela» a través de mi hermana. Y yo quiero gritarle que no me olvido de nada, pero no sé cómo.

He olvidado cómo se hacían ciertas cosas.

Hace años la mujer de mi vida se largó, después mi padre murió. Y, joder, me cago en la puta, eso te hace generar ciertos mecanismos de defensa para evitar que tanta mierda te afecte, y si no se desarrollan naturalmente lo más normal es que termines con las cuchillas de afeitar clavadas en el hueso de la muñeca. No estoy orgulloso pero es lo que hay. Mi abuela con 94 años agoniza en una puta residencia y va a desaparecer y a no dejar nada de nada de nada y me pregunto si todo esto es justo, pero lo justo no tiene nada que ver con la vida. Porque el hecho es que además de un par de recuerdos difusos en mí no va a dejar nada.

Nada.

Acontecimientos dispersos. Algunas fotos. Algunos recuerdos. Y nada. Por más que mires nada.

Y me da mucha pena. No de la superficial, sino de la que se clava en los huesos, agarrotándolos de frío incluso en el puto verano. Ese tipo de recuerdos. Ese tipo de nadas. Ese tipo de infiernos. Ese tipo de mierdas. Joder.

Y ahora mismo siento esa pena.

un imbécil en todas partes

Da un jodido gusto enorme estar metido en mitad de octubre en calzoncillos en tu propia casa mientras estás en la calle, trasuntos de vivir en un ático y del invierno que no llega. Estoy convencido de que el sentido de la vida anda cerca, pero no lo bastante como para sitiarlo y hacerle las preguntas pertinentes para comprenderlo. Llegaron los resultados económicos de mi propia puta economía y, aunque sin sobresaltos, no ando para excesos. Bien por Rumanía. O por el país que sea, qué coño, me siento generoso, es jodido comprender que uno está bien porque muchos de los demás están mal. Mi banco es tan oneroso que me hace un resumen semanal, mensual y anual sin que nadie se lo pida. Entiendo que bien por él, aunque es una putada. Una basura malinterpretada.

Abro una cerveza. Estos son los días de introspección que tanto temía que, al final, llegaran. Enciendo un chester. Abro una cerveza más. Pongo a Seether en uno de los mil sitios que tengo en casa para hacerlo. Qué coño, pongo una lavadora y un lavavajillas a ver si todo sigue igual de bien. Me olvido de que las facturas llegan a final de mes, la de la luz, la del gas, la del agua, la del teléfono, la de todas esas cosas que tengo y en muchas partes no tienen y soy afortunado por más o menos poder pagar.

Hoy he ido al gimnasio del pueblo al que me he ido a vivir, y eso sí que es una buena metáfora, metido en la bici estática con los cascos puestos mirando al suelo mientras el mundo se derrumba a mi lado y yo pierdo algo de grasa. El mundo pierde cualquier dignidad humana y yo recupero un poco de la falsa poniéndome un poco más en forma. Es pronto para sentir arcadas, supongo, aunque nunca es demasiado tarde para hacerlo. Si siento náuseas, siempre puedo ir al sumidero del ático y desahogarme. Mientras mucha gente se muere de hambre yo tengo que ponerme a dieta y hacer ejercicio para perder grasa. En muchos sitios dan la vida por mis michelines y aún así yo tengo que seguir en esta bici sudando mi esfuerzo. Y es probable que me tenga que sentir mal por estar gordo pero según el sitio. Quiero decir que es relativo.

Aquí me tengo que sentir jodido porque una piba dice: joder, está gordo. Y a mí no me importa menos que una mierda, pero lo dice, y eso significa algo.

Pero allí donde la gente se muere de hambre yo sería un puto iluminado, un afortunado.

Y en ambos sitios podría decir que soy un imbécil.

Y eso está muy bien, pero me gustaría saber de quién soy hijo, para saber qué tipo de imbécil soy. No es muy complicado, de verdad, lo siento, no lo es, sólo quiero saber si estar gordo pertenece a una categoría u otra, si me debo sentir culpable o debo hacerme un monumento. Porque pase lo que pase yo hago lo que puedo, intento mantenerme vivo. Y me siento extraño cuando comprendo que sólo con cambiar el sitio podría estar muriéndome de hambre cuando ahora mismo soy un valor en desuso por estar gordo.

No vamos a complicarnos, soy un imbécil y lo sé, pero quiero saber de qué tipo. Ayer estaba en una zona de skate sin montar porque no sé mientras gente se moría de hambre en otra parte. Quiero decir que yo estaba allí, sin montar en nada porque no sabía y temía romperme mi débil nariz, mientras en otra parte alguien (más de uno) moría de hambre sin poder hacer nada para llevarse a la boca algo que no fueran sus propios nudillos.

Y me pregunto si ambos no poder hacer nada son lo mismo. Y me lo pregunto por rutina ordenada existencial calculada, porque sé que no son lo mismo. Y voy a mear y se me calientan los pies que se me congelan fuera, en la terraza del ático, pero me pregunto si esa congelación no es un precio demasiado pequeño por estar aquí y no morir de hambre en otra parte. Y la vida es ese tipo de colección de desavenencias y no me importa una mierda, porque mientras el mundo muere fuera yo no puedo soportarlo y me emborracho tanto que las fronteras conceptuales se diluyen y me digo que no soy culpable de nada como no soy culpable de tener diez dedos en los pies.

Pero no es lo mismo. No tiene nada que ver con nada. Con el momento en el que saco unas salchichas de la nevera y las pongo al fuego. Para no sentir hambre. NO para no morirme de hambre, no, sólo para no sentir hambre. NO tiene nada que ver. Y tiro las salchichas y paso un poco de hambre. Y salgo a la terraza y paso un poco de frío. Y sufro un poco, que no es casi nada. Sufro un poco de lo que puedo sufrir como un tipo radicado en España, con curro. O algo así, una marioneta semejante, un vacío de ese tipo.

Yo siento frío en los pies porque quiero, paso un poco de hambre.

No muy lejos la gente muere.

Y no sé qué hacer.

Así que escribo esto sabiendo que no vale nada. Ni para ti. Ni para mí.

Ni para ellos.

Y, aunque valga a un menos para nadie, rezo por emborracharme pronto.

Por desaparecer fuera del cálculo numérico del seguir existiendo. Y me prometo encontrar un modo. Y no es una promesa vacía. Nunca lo ha sido. Mientras tanto, paso hambre y frío.

Voluntariamente, lo que es algo. No mucho. Pero algo.