Escuchando los cd’s que ella me grabó, mientras escribo esto, me viene un recuerdo de Alta Fidelidad. Un by-pass, solamente, un breve destello de felicidad.
Y me doy cuenta del arrobamiento extremo y casi patológico cuando voy caminando por el bulevar de siempre, levanto la bufanda que ella me dió, impregnada de su olor, hasta cubrirme la nariz, y cierro los ojos. Un segundo, dos, tres de totalidad pasmosa. Un segundo, dos, tres antes de abrirlos para no desgraciarme contra nada. Vuelvo a cerrarlos, un segundo, dos, tres de sentido completo, de plenitud.
No es que esté todo dicho y que yo me vacíe para darme entero. No, no es eso. Admito la invasión porque yo la quiero, porque yo la busco. Escucho los cd’s con la bufanda y como su tarta de queso, porque entre otras cosas sus manos estuvieron ahí, y su cuidado, y su ilusión por hacérmelo o por dármelo o por hacerme feliz un rato. El mundo se enriquece en el mestizaje. El mundo se agranda.
Y eso es, en líneas generales, el orden y estado de cosas. No sé cuándo el mundo dejó de ser mito. Pero lo he echado de menos. No todo vale. No vale cualquier cosa, cualquier refuerzo propio. Sólo saber reconocerlo cuando aparece.
Bendito mito. Que le den por culo a la racionalidad y el empeño, me quedo con esto.