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sobre

Escuchando los cd’s que ella me grabó, mientras escribo esto, me viene un recuerdo de Alta Fidelidad. Un by-pass, solamente, un breve destello de felicidad.

Y me doy cuenta del arrobamiento extremo y casi patológico cuando voy caminando por el bulevar de siempre, levanto la bufanda que ella me dió, impregnada de su olor, hasta cubrirme la nariz, y cierro los ojos. Un segundo, dos, tres de totalidad pasmosa. Un segundo, dos, tres antes de abrirlos para no desgraciarme contra nada. Vuelvo a cerrarlos, un segundo, dos, tres de sentido completo, de plenitud.

No es que esté todo dicho y que yo me vacíe para darme entero. No, no es eso. Admito la invasión porque yo la quiero, porque yo la busco. Escucho los cd’s con la bufanda y como su tarta de queso, porque entre otras cosas sus manos estuvieron ahí, y su cuidado, y su ilusión por hacérmelo o por dármelo o por hacerme feliz un rato. El mundo se enriquece en el mestizaje. El mundo se agranda.

Y eso es, en líneas generales, el orden y estado de cosas. No sé cuándo el mundo dejó de ser mito. Pero lo he echado de menos. No todo vale. No vale cualquier cosa, cualquier refuerzo propio. Sólo saber reconocerlo cuando aparece.

Bendito mito. Que le den por culo a la racionalidad y el empeño, me quedo con esto.

amor para

Aunque parezca un atraso, el amor tiene sus cosas, y en general son más o menos buenas. El atontamiento mental es un buen modo de no darte cuenta de que estás currando, y ni contar lo bien dispuesto que se encuentra uno para el ajetreo diario. La verdad es que ahora mismo me la suda la filosofía, la música, la política en general, la literatura, el precio de las cosas, la ruptura psicomotriz con el hombre fuertemente intelectualizado y casi cualquier cosa que se pueda imaginar, excepto el amor mismo y la amada. Bueno, no sé, porque usualmente uno es el amante y otro el amado, pero aún no se han repartido papeles definidos, en este caso.

Esta mañana fui a que reparen mis gafas y la paquita me ha dicho que tardaran una semana. Me ha afectado lo mismo que si un soplo infinitesimal de aire me hubiera rozado el cuero cabelludo: nada. Pues vale. Pues una semana. Pues ya ves. Me da igual, como si tardas un mes. Qué más me da. Luego fuimos a hacer el gamberro en una sucursal de lotería, a comprar tabaco y a por pipas. Y todo me dió más o menos igual.

Excepto el sol. De lo que sí fui consciente, y casi como nunca, es de que cuando iba andando al curro un sol fresco y recién creado me picaba en las mejillas.

Qué cosas.