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la vegetariana

"la vegetariana"

La edición de :RATA_ es estupenda en lo visual, aunque a veces salpimentan comas sin sentido, sobre todo en las primeras páginas. Estoy metido en la segunda lectura del tirón, así que quizá tendría que haber dejado esto para más adelante, pero necesitaba escribir un poco sobre ello.

La vegetariana es una historia de violencia. La violencia que ejercemos unos contra otros en la sociedad en la que vivimos y que se nutre de nuestras respuestas igualmente violentas, la violencia que ejercemos contra los demás seres vivos, la violencia dentro del matrimonio, la violencia en la relación entre padres e hijos, la violencia contra uno mismo. Lo que salta de las páginas y te agarra para que no puedas evitar soltar el libro es ese ejercicio normalizado de la violencia visto desde la perspectiva de los que rodean a quien está en proceso de abandonarla.

Porque no sucede nada que sea especialmente violento en el sentido de sobrepasar, o siquiera alcanzar el mismo nivel, de cualquier cosa que podamos ver cada día en un telediario, una película, o una novela. Un tortazo, una violación dentro del matrimonio, forzar a comer a quien no quiere hacerlo. Momentos puntuales, hechos discretos, de andar por casa. Tremendos pero pequeños en dimensiones, aunque desde luego no en el horror que encierran. La violencia está por todas partes en todo lo que sucede, pero de un modo tan integrado en la realidad, tan aparentemente cercano, que espeluzna. Porque si algo es es un retrato fiel de cómo la normalizamos. «La vegetariana» destaca ciertos aspectos de lo cotidiano para que puedas enajenarlos de esa misma normalidad y llegar a atisbar su verdadero significado, o al menos a ponerlos bajo sospecha. La pelea del marido por el tema del sujetador, por ejemplo, es la coacción de un puño de hierro sobre todos los que quieren vivir junto a los demás. El pesado cepo de la normalidad accionando sobre tu libertad como si tal cosa.

Una mujer con una vida como la de cualquiera, casada, con familia, siente tanta repulsión por lo que la rodea que su mente teje un artificio para escapar de todo ello. No parece saber muy bien lo que quiere o a dónde va, pero si tiene claro lo que no quiere. Nuestra mente no nos sirve para percibir la realidad, sino para interpretarla, y en esa tarea puede llevarnos a muchos sitios. La historia de su viaje de escape no la cuenta ella, quizá no nos explicaría tanto el relato de la que se marcha como el de los que se quedan. La escritora nos muestra cómo perciben los demás el camino a través de tres miembros de su familia: su marido, su cuñado y su hermana.

Su marido es un hijo de su tiempo, si es que eso significa algo, que necesita una esposa como necesita un coche que le lleve al trabajo. Algo funcional, útil, que cumpla su propósito sin molestar demasiado. No le interesa lo que ella pueda ser o dejar de ser, sólo que haga lo que tiene que hacer. Y como uno prescinde de un bolígrafo que ya no pinta una vez que se convence de que ya no le sirve la abandona.

Su cuñado es un tipo que hace piezas de video como forma de arte que vé en ella la rebeldía e intenta plasmarla. Le pinta flores en en el cuerpo y la hace tener sexo con un compañero mientras graba. Cuando este se niega a realizar ciertas posturas él le sustituye. No termino de comprender lo que mueve a Yeonghye en ese punto, a participar en ello, aunque quiero pensar que la curiosidad sin más, las flores que la hacen sentirse más cerca del objetivo. Todo lo demás viene, y ella lo acepta como aceptaría llover. Una vez que su mujer les descubre el artista se larga y no vuelve a querer saber de su cuñada, ni siquiera en las ocasiones en las que habla con su mujer. Ha roto el juguete, o quizá está ya en otro juego.

La hermana es una mujer de éxito en los negocios, tiene una tienda de cosmética y se ocupa de la casa y del hijo que tiene con su marido, el artista. De los tres es la única que puede llegar a acercarse a entender lo que le pasa por la cabeza a Yeonghye. Es la única que al menos intenta mirarla. Si la comprende o no es algo que depende de lo que interprete cada uno, pero es muy honesto que la busque sólo a ella. Y que comprenda que el hilo que nos mantiene enfrascados en lo que hacemos no siempre es tan robusto como queremos pensar. Aceptamos que nos normalicen, pero eso no quiere decir que lo disfrutemos. Pagamos el precio, o somos como debemos o la propia sociedad hará que nos muramos abandonados mientras todo sigue su ritmo.

Cada uno con su guerra personal, y todos en medio de todas ellas. La adaptación a la ideología del trabajo en la sociedad del liberalismo actual, la búsqueda de uno mismo y el sentido desde la perspectiva de la reinterpretación de la realidad, el cariño y el cuidado de la familia. Ninguno de los tres, en realidad, se acerca a comprender nada. Porque inevitablemente cada uno la ve como es quien la mira.

Yo quiero creer que Yeonghye no quiere morir, que simplemente ha elegido ser otra cosa y morir no es más que algo que puede suceder entre tanto. Pero ella no quiere hablar, así que hay que intentar llegar a su mente a través de los demás, de lo que hace, de los sueños que cuenta, de las escasas líneas de diálogo. ¿Quién no se ha visto sobrepasado alguna vez por lo que podemos hacernos los unos a los otros y a todo lo demás? Pero después, como dice la hermana, todo el mundo continua con sus vidas, como si sobrevivir fuera el único centro sobre el que orbita y debe orbitar todo lo demás. Y quizá lo es, no voy a entrar ni salir en eso aquí, pero Yeonghye ha excentrado su trayectoria y ya está muy muy lejos. Inalcanzable para cualquiera.

The End Of The F***ing World

Yeah.

Activé un mes de Netflix para ver Bright, que fue un cagarro (con matices, pero qué no los tiene) y aproveché para ver la cuarta temporada de Black Mirror, de la cual disfruté Metalhead y el argumento de Crocodile y no conseguí interesarme por nada de lo demás. Me topé con The End Of The F***ing World y empecé a verla sin muchas ganas, pensándola como un relleno de un sábado, algo aburridete y agotado.

Pero sin embargo me gustó. Me gustó cómo van desenrollando el tablero, con James y su matraca y Alyssa y su empanada. La historia no tiene mucho recorrido, la madre de James se suicidó delante de él, lo que hizo que se blindara y fuera incapaz de sentir nada. Terminó metiendo la mano en una freidora para saber si podía sentir (la sola idea de meter una mano en una freidora me da escalofríos, para saber si uno siente o no a ese nivel con picharse con una chincheta ya vale, creo yo) y asesinando animales, y se pregunta si podrá asesinar a un ser humano. El padre de James sufre el suicidio como puede y no para de hablar ni de bromear constantemente. La madre de Alyssa se ha vuelto a casar con un tipo bastante tontorrón y creído de sí mismo, han tenido gemelos y hacen sentir a Alyssa fuera. Ni siquiera tienen fotos suyas en el salón, con el resto de la familia. Habla de sexo en una de cada dos palabras, pero en realidad es virgen y se angustia cada vez que una oportunidad de sexo se presenta. Sigo rallado pensando en ese toque que Tony le da en la cadera, ¿abusó de ella?. Tony quiere que se largue. La madre está absolutamente anulada (futuro económico haciendo tragar y tragar ruedas de molino). Ahí han pasado cosas, no sé cuáles.

Y a partir de ahí comienza un viaje de construcción personal, buscando al padre de Alyssa, en el que ambos escapan de un asesinato que le ha venido al pelo a todos. Por un lado para calmar la matraca de James, por el otro para justificar la persecución, y por el otro para rallarme más con la idea de que abusaron de Alyssa al ver su reacción cuando el tipo le habla en la cama (demasiado rápido demasiado consciente de lo que iba a pasar). Hace que te preguntes cosas sobre cómo estamos construyendo la sociedad en la que vivimos, qué es lo que nos hace el modo de vida que hemos construido (que han, otro día). ¿Es la sociedad responsable de facilitarnos la vida? Quizá no, pero tampoco de ofrecer este cepo con el chantaje del miedo: entra o acabaremos contigo. Los personajes crecen, tienen sus dudas, las resuelven como pueden y encaran lo que les viene.

El camino del bloqueo emocional de James al lado de una persona con ciclotimia sentimental, el camino de Alyssa de confrontar la representación de sus sueños contra el muro de hormigón de la realidad mientras intenta comprender la corriente incontrolable de lo que siente, el suceso que ambos tienen que asumir, cada uno a su modo (Alyssa huyendo, él comprendiendo que no es lo que creía ser). Lo que es cada uno se va enredando y retroalimentando el significado de lo que ambos creen, piensan y sienten.

Guión de Charlie Covell, me gusta cómo está contado todo. La trama de las policías meh, pero para normalizar tampoco tienen que ser grandes historias épicas: las cosas pasan y suceden con total normalidad. Para normalizar lo que inexplicablemente se sigue viendo como excepcional sólo hay que evitar darle mucha importancia. Sucede como todo lo demás porque es como todo lo demás. Simplemente llueve. Las situaciones en las que ella dice no y se respeta en función del calibre del tipo: el asesino no, Topher aceptándolo con insultos y James aceptándolo sin más. No sé qué es lo que quiere decir la guionista. Sé lo que yo interpreto, no lo que ella me quiere decir, y es un terreno hoy por hoy bastante cenagoso.

Como único pero el serial killer caído del cielo, con las fotos y los videos en un armarito del salón, a primera vista, casí me saca de la serie. Por el hecho de que se topen con su casa a la primera de cambio y por lo poco creíble que resulta que un tipo así tenga tan poco cuidado en una casa de la que su madre, además, tiene llaves y entra. No sé por qué me da que el comic debe ser excepcional (pues no).

He leído por ahí que ambos son demasiado inocentes. Son dos críos que han crecido en un barrio residencial, qué narices quieren. No son unos tipos duros que lleven desde niños pateando las calles. Son lo que son, y para la historia es mucho, pero mucho, más que bastante. Porque de hecho es parte del juego: lo que la vida te da, lo que tú quieres y lo que tú tienes.