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poemas rescatados

poemas rescatados

A.
Tienes miedo. Crees que
sobras. Piensas que por lástima
—o algo así—
sigo compartiendo Madrid
contigo.

Yo te escucho decir esto
y miro impotente tus pequeños
ojos húmedos.

Impotente te escucho. Sin palabras.
Sólo besos y abrazos que tiendo hacia ti
intentando que comprendas. Termino la
cerveza. Aún no sé decirte.

B.
Quiero que comprendas. Afuera la prisa. Aquí
dentro la cafetería y

estamos sentados. Alrededor las mesas y
aquí mismo La Mesa. Quiero y

me empeño. Caigo rendido y tú estás
a doscientos kilómetros de mí, no puedes y

te esfuerzas y no entiendes. No podría
decirte, ojalá pudiera señalar con el dedo y

mostrarte lo evidente. Lo que con palabras
no puedo. Y afuera Tú, Yo, y

adentro un hueco donde aún un dulce perfume
recuerda nuestra estancia, aquí,

dentro.

FINAL DEL REINO, O ALGO.
1.
Tengo los huesos empapados
de esta fría y constante lluvia
y, mientras los coches rebuznan
su inmarcesible canto asfáltico,
paseo las calles que me eluden
forjando un vacío en derredor mío.

Yo soy un punto de nada
en la vida que ubícuamente
me rodea, un caparazón sin
carne que mira, sonríe,
enciende un cigarro y
sigue andando.

Tengo todos los años en mi
cabeza, como gotas de estaño
refulgen en mi memoria, hacen
sonar campanas de variopintas
melodías, de distintos chismes
y calendarios acordonando con
sutil hilo los compartimentos estancos
de mi pasado.

Tengo los huesos empapados, lentamente
controlo con eficacia mis pasos,
late en mí la huida maldita
que me ocupa desde que
no
estás
a mi lado.

Un vano en movimiento,
encendiendo frágiles corrientes
que yo solo percibo en este vergel
de días y luchas y muertes
estúpidas, estúpidas…

Sobre la puerta acrisolada
un letrero reza “entra”, acepto
el reto y hago girar el
pomo de la cerveza.

2.
Asesino la calma con voz
turbia y pido: la
mismísima vida en una jarra.
Oigo gotear mis pensamientos en
las cuencas calcáreas de mi cerebro,
nacen de un brillo, se arrastran
por tonterías de cemento, su matriz
prometida, ven la luz
y
caen
al
fondo,
donde sólo es real el olvido.

No podría ser de otro modo. No
saben que, de alguna forma, aún les
gobierno lo suficiente como para
no dejarme reparar en ellos. No
tienen ni idea, están equivocados,
ven al fondo el resplandor y
nacen a un abismo que los absorbe
y desposee de cualquier rastro de
existencia.

Ellos son peligrosos. yo estoy aquí
y huelo su corazoncito blando
e indefenso, su punto débil
y neblinoso. Ellos son el peligro,
yo corro, les destruyo mientras
avanzo.

Sorbo vida amarilla y nacarada,
de la jarra. Ahora es perfecto. Apago
el cigarro en el cenicero. Observo.
Somos grises y giramos. Me concreto en un rostro, le abrazo,
me acuesto en sus labios
y me voy desposeyendo. Empiezo
a conseguir sonar a hueco. Hieráticamente
le convenzo de mi carácter fantástico.
Es sencillo el resto. Demasiadas
sábanas, demasiados besos fingidos,
demasiado tabaco. Estoy
huyendo.

espejito espejito

Él estaba convencido de que el día era azul, gris, naranja y amarillo mientras rodaba por la acera para llegar al trabajo. Lo importante en un ser humano son las piernas y el sentido del humor, todo lo demás es secundario. Acababa de salir del banco, donde había solicitado una nueva tarjeta, porque tenía la suya rallada. Cuando entró por la puerta se encontró la sucursal vacía de clientes y se alegró de haber ido tan temprano. Le recibió un cajero ojeroso y con la corbata torcida que le masculló un “buenos días” seguido de un “¿en qué puedo ayudarle?”

– Me gustaría solicitar una tarjeta nueva, la mía está rallada.
– Bien.

Cogió una hoja, la introdujo en una impresora, toqueteó en el ordenador y comenzó el traqueteo del mecanismo mientras la hoja se convertía en una solicitud.

– Tiene que firmarme aquí.
– Perfecto.
– La recibirá en su domicilio en una semana.
– ¿Tanto tiempo?, ni siquiera he traído la libreta, pensé que me la darían en el momento.
– No, no es ese el procedimiento. Pero si quiere, con la vieja y su DNI puedo facilitarle el dinero que necesite.
– Bueno, entonces vaya retirando unos trescientos mil euros…
– Ya veo. La cantidad solicitada tiene que estar disponible en su cuenta.
– Entonces… deme sesenta.

La gracieta había sido terrible, pero ni siquiera arrancó una mueca de disgusto del cajero. Simplemente, la ignoró. Él se sintió como si se hubiera tirado un pedo en medio de una recepción oficial, o justo después de hacer el amor. Y el caso es que el cajero… no imponía mucho respeto. Una calvicie más que incipiente, la barba de tres días, el traje arrugado, una más que solemne halitosis…

– Perdone el comentario, pero es que me gusta bromear cada vez que puedo. Es sano.
– Entiendo. Aquí tiene su dinero. Si necesita más antes de recibir la tarjeta recuerde que sólo podemos hacer este tipo de operaciones antes de las diez de la mañana. Que tenga un buen día.
– ¿Qué sucede a las diez de la mañana?
– ¿Disculpe?
– Sí, ¿qué sucede a las diez de la mañana para que ya no se pueda sacar dinero con la tarjeta y el DNI? Porque, a partir de la misma hora, tampoco se pueden pagar recibos. Es simple curiosidad.
– Es normativa del banco.
– Gracias. Que tenga usted también un buen día.

Azul, gris, naranja y amarillo mientras los coches se van atascando en el torrente de la circulación vial. Naranja mientras cruzaba el paso de cebra y un autobús le pitó. Él miro al semáforo, en verde para los peatones. Se quedó mirando a la luna a la altura del conductor, levantó los brazos y señaló al muñequito verde andante. El conductor le hizo el gesto de que pasara. Él se puso a bailar en medio del paso de peatones. El conductor sacó la cabeza por la ventanilla.

– Venga, hombre, pase de una vez.
– Ahora mismo voy, amigo. Estoy bailando un poquito. Me gusta bailar.
– ¿Y no puede hacerlo en la acera?
– Por supuesto, pero no me gusta que me piten tan temprano.

El conductor metió la cabeza y miró hacia atrás. La mitad de los pasajeros se estaban riendo y la otra mitad estaban cabreados porque ya llegaban tarde. Y ahora mismo le tiene que tocar un cabroncete simpático. Bien comienza el día. Él comprendió que estaba enfadando a gente y siguió andando, aunque sin dejar de saber que todo el mundo se cabrea solo y, sobre todo, por sus propios motivos. Normalmente a la gente no le hacen falta motivos extra para montarse una fiesta de gritos. Normalmente disimulan así sus problemas, los cubren de sentido. De sentido externo, claro.

No termina de llegar a la acera, se pone a caminar por el asfalto, a la izquierda de los coches aparcados. Va bien de tiempo, así que no tiene prisa. De repente recuerda que anoche anotó la dirección de la bitácora de un amigo en un papel, pero no recuerda si después lo metió en un bolsillo, en la cartera, o si terminó en el suelo entre las cáscaras de pipas o en el último tercio antes de volver a casa. Se detiene, saca la cartera y comprueba si está ahí.

– ¿Es suyo este coche, amigo?

Azul, azul del municipal que le pregunta. Se puso a mirar la situación y se dio cuenta de que el coche en cuestión estaba aparcado en un reservado de minusválidos.

– Es mío, pero no pienso quitarlo.
– ¿Disculpe?
– Mire, voy andando al trabajo, y las llaves del coche las tengo en casa. Si tuviera que moverlo tendría que volver a por ellas, y llegaría tarde.
– Pero entonces voy a tener que multarle.
– Haga usted lo que deba, caballero, pero yo no puedo llegar tarde.

Diez metros después un tipo salió gritando “¡espere, espere!” de una cafetería. “Lo tiene bien merecido, por andar aparcando en reservados de minusválidos. Qué gente, de verdad, qué gente”.

Gris y amarillo del logotipo de su empresa. Gris y amarillo, otra vez, del logotipo de su empresa en la máquina de café. Gris y amarillo, una vez más, en el capuchino que escupe la máquina en chorros. Tres incoloros y uno con color para terminar formando una pasta gris y amarilla.

– ¡Buenos días!
– Buenos días, Esperanza.
– ¿Un cigarrito?
– La duda ofende.
– ¿Y cómo lo hace?
– No tengo ni idea.

la luna a media asta

1.

La luna a media altura descerraja incordios en mis ojos.
No me importa la gente, juro que no me importa la gente,
están llenos de cosas que no me interesan.

Me cuentan cosas, juro que me las cuentan,
me las cuentan cuando tomamos café y sonríen,
como si yo tuviera que comprender algo.

Como si hubiera algo que comprender.

Estamos solos, estamos jodidamente solos,
eso te lo juro cuando quieras. No me importa
saber cuántas veces fuiste al baño ayer, cuantas
veces sacaste al perro,

no quiero saber que reproductor mp3 te has comprado.

Me la suda.

Yo me he comprado uno y me he vuelto loco dos días.

Pero te juro que el tuyo no me importa una mierda,
por más que me lo cuentes cien veces. No siento empatía por ti,
melón,
no siento empatía por ti ni por tus ínfimas cosas que me
recuerdan a las mías propias.

Ni siquiera me interesarían las mías si no fueran eso,
mías.

Y te juro que me volví loco dos días.

Pero no me interesas, no me gusta saber lo que piensas,
porque no lo haces en absoluto,
aunque me sería difícil explicarlo,
y mucho más aún que lo comprendieras.

Quizá yo piense aún menos,
no lo niego,
pero eso no cambia las cosas.

Estamos jodidamente solos, te lo juro cuando quieras.
Estoy jodidamente solo. Es sencillo de comprender.
Y tú también, por mucho que te empeñes en
hablarme de tu mp3 cien y doscientas veces
con tu sonrisa de mañana y el café de máquina
de la máquina.

Eso no te hace compartir nada, no me hace parte de ti.

No me gusta tu sonrisa, por mucho que me recuerde a la mía.

Así me pudra cuando me hablas por no decirte que no me importa.

Ni siquiera hemos compartido un buen polvo,
o una sobremesa borrachos sobre la mesa y las migas,
ni siquiera hemos visto caer la tarde cuando todo lo demás
no nos importa una mierda.

No sé qué esperas.

No tengo ni idea.

2.

Y después de tanto, después de todo,
después de la luna descerrajando
(que es lo que mejor hace)
me he visto andando el camino
sólo
de vuelta a casa.

He comprado unas cervezas y me he puesto a
pensar en la imagen
de beber y no pensar.

Qué jodida imagen. Quizá me he visto
compartiendo un dvd con el amor de mis días,
en una piscina ínfima o enorme,
con un perro dócil o jodidamente cabrón,
con los críos remoloneando por el césped,
con los vecinos y sus putas barbacoas.

Y no he sabido muy bien qué pensar.
Qué preferir.

Como si preferir fuera el asunto.

Como si estuviera en nuestras pobres y patéticas manos.

Como si todo no viniera solo.

Me encantaría una barbacoa con los vecinos
en la que me emborrachara como un idiota
y meara en la piscina
y atara al puto perro
y me ahogara con el humo de su coche en el garaje
y volcara el vino en la bañera
y me riera de sus trabajos
y golfeara con sus hijas adolescentes
y recortara el seto con los dientes.

Me encantaría volver al día siguiente
a desayunar, jurando no recordar nada.

Me gustaría ver sus caras amables,
confusas y jodidas, que rezan por echarme
mientras su educación no se lo permite.

Y me he jurado recordar,
cuando todo se acabe,
que esa gente es la sal de la tierra.

Y que cuando algún imbécil descerebrado venga
a mearse en mi piscina
y a atar al puto perro
y a ahogarse con el humo de mi coche en el garaje
y a volcar el vino en mi bañera
y a reírse de mi trabajo,
y a golfear con mis hijas adolescentes,
y a recortar mi seto con los dientes

le sacaré un par de cervezas y un par de hamacas,
le miraré a los ojos,
y le comprenderé perfectamente,
con una palmadita en la espalda y un guiño.

Y juro que cuando piense que soy imbécil
no haré nada de nada de nada
por contradecirle.

3.

Es más fácil amar a las que ya no están,
por el mismo principio.

Es más fácil desear los días que no ocurrirán,
porque los que ocurren son aburridos.

Es más fácil follarte en la piscina en mi cabeza.
Tiene mejor deje.
Es un asunto más limpio.

Porque follar en la piscina es sucio.
En realidad, es más fácil follarte en cualquier sitio
dentro de mi cabeza.

Fuera, la mitad de los lugares son imposibles.
No hay puntos de encuentro.
Es follar a medias,
con la otra persona pensando en estar lejos de donde está.

Es más fácil en mi cabeza, piénsalo bien,
no te hace ningún daño.

Es más fácil amar a las que ya no están,
porque no salen de mi cabeza.

Allí todo es posible y no hay malas caras.

Follar en la playa es sucio si tú no quieres.

Las que ya no están no protestan,
en mi cabeza.

Adoro a las que ya no están.

Bien pensado:
gracias.

4.

Me levanté, resacoso y asqueroso,
pidiendo a gritos una ducha.
Tú querías meterte conmigo y yo
no sabía cómo decirte que no.

No tenías más que maquillaje corrido.
No tenías más que ganas movidas
de que nada se acabara,
cuando todo se había acabado ya.

No hace falta ser un genio para darse cuenta.

Me hice el tonto,
como si estuviera solo.
Cogí el champú y me lavé el pelo.
Qué bien se está,
solo,
en la ducha.

Te vi cuando me quitaste la única toalla.
Y entonces supe que no te habías dado cuenta de nada.
Fue entonces, cuando compartí tu toalla mojada,
en una casa que me sigue siendo extraña,
cuando supe que no te habías dado cuenta de nada.

No dudo que pueda enamorarme.

No hablo de eso.

Es que la gente no me interesa.

La gente no dice cosas que me interesen.

La gente no supone cosas que me interesen.

Compartí un café, después,
como la última voluntad de un condenado.

Quitándome el último abrazo
me di cuenta
de lo solos que estamos.

No estuvo mal.
No estuvo lejos.

Cuando salí por la puerta
todo había acabado.

5.

La luna a media altura descerraja incordios en mis ojos.
Yo, por si acaso,
no me los tapo.

Eso es más que suficiente,
es mucho más de lo que recibo a cambio.

De “A la izquierda, el Coliseo”.