# perdiendo.org/museodemetralla

entraron en mi cabeza (201) | libros (20) | me lo llevo puesto (7) | pelis (2) | Renta básica (9) | series (6) | escasez (2) | frikeando (94) | arduino (1) | autoreferencial (11) | bici (1) | esperanto (4) | eve online (3) | git (2) | GNU/linux (4) | markdown (7) | nexus7 (2) | python (7) | raspberry pi (3) | vim (1) | wordpress (1) | zatchtronics (3) | hago (769) | canciones (161) | borradores (7) | cover (44) | el extremo inútil de la escoba (2) | elec (1) | GRACO (2) | guitarlele (11) | ruiditos (11) | Solenoide (1) | fotos (37) | nanowrimo (3) | novela (26) | criaturas del pantano (5) | el año que no follamos (12) | huim (5) | rehab (4) | poemas (361) | Anclajes (15) | andando (3) | B.A.R (7) | Canción de cuna para un borracho (38) | Cercos vacíos (37) | Cien puentes en la cabeza (7) | Conejo azul (6) | Contenido del juego (5) | De tiendas (3) | del pantano (3) | Destrozos (2) | Epilogo (4) | Fuegos de artificio (5) | Imposible rescate (15) | Jugando a rojo (7) | Libro del desencuentro (2) | Lo que sé de Marte (11) | Los cuentos (21) | Montaje del juego (5) | Orden de salida (4) | palitos (31) | Piernas abiertas (7) | Poemas medianos (12) | Privado de sueño (7) | rasguemas (5) | Tanto para nada (17) | Todo a 100 (2) | Uno (4) | relatos (97) | anatemas (9) | orbital (2) | prompts (8) | vindicaciones (103) | perdiendo (1.716) | atranques (1) |

la luna a media asta

1.

La luna a media altura descerraja incordios en mis ojos.
No me importa la gente, juro que no me importa la gente,
están llenos de cosas que no me interesan.

Me cuentan cosas, juro que me las cuentan,
me las cuentan cuando tomamos café y sonríen,
como si yo tuviera que comprender algo.

Como si hubiera algo que comprender.

Estamos solos, estamos jodidamente solos,
eso te lo juro cuando quieras. No me importa
saber cuántas veces fuiste al baño ayer, cuantas
veces sacaste al perro,

no quiero saber que reproductor mp3 te has comprado.

Me la suda.

Yo me he comprado uno y me he vuelto loco dos días.

Pero te juro que el tuyo no me importa una mierda,
por más que me lo cuentes cien veces. No siento empatía por ti,
melón,
no siento empatía por ti ni por tus ínfimas cosas que me
recuerdan a las mías propias.

Ni siquiera me interesarían las mías si no fueran eso,
mías.

Y te juro que me volví loco dos días.

Pero no me interesas, no me gusta saber lo que piensas,
porque no lo haces en absoluto,
aunque me sería difícil explicarlo,
y mucho más aún que lo comprendieras.

Quizá yo piense aún menos,
no lo niego,
pero eso no cambia las cosas.

Estamos jodidamente solos, te lo juro cuando quieras.
Estoy jodidamente solo. Es sencillo de comprender.
Y tú también, por mucho que te empeñes en
hablarme de tu mp3 cien y doscientas veces
con tu sonrisa de mañana y el café de máquina
de la máquina.

Eso no te hace compartir nada, no me hace parte de ti.

No me gusta tu sonrisa, por mucho que me recuerde a la mía.

Así me pudra cuando me hablas por no decirte que no me importa.

Ni siquiera hemos compartido un buen polvo,
o una sobremesa borrachos sobre la mesa y las migas,
ni siquiera hemos visto caer la tarde cuando todo lo demás
no nos importa una mierda.

No sé qué esperas.

No tengo ni idea.

2.

Y después de tanto, después de todo,
después de la luna descerrajando
(que es lo que mejor hace)
me he visto andando el camino
sólo
de vuelta a casa.

He comprado unas cervezas y me he puesto a
pensar en la imagen
de beber y no pensar.

Qué jodida imagen. Quizá me he visto
compartiendo un dvd con el amor de mis días,
en una piscina ínfima o enorme,
con un perro dócil o jodidamente cabrón,
con los críos remoloneando por el césped,
con los vecinos y sus putas barbacoas.

Y no he sabido muy bien qué pensar.
Qué preferir.

Como si preferir fuera el asunto.

Como si estuviera en nuestras pobres y patéticas manos.

Como si todo no viniera solo.

Me encantaría una barbacoa con los vecinos
en la que me emborrachara como un idiota
y meara en la piscina
y atara al puto perro
y me ahogara con el humo de su coche en el garaje
y volcara el vino en la bañera
y me riera de sus trabajos
y golfeara con sus hijas adolescentes
y recortara el seto con los dientes.

Me encantaría volver al día siguiente
a desayunar, jurando no recordar nada.

Me gustaría ver sus caras amables,
confusas y jodidas, que rezan por echarme
mientras su educación no se lo permite.

Y me he jurado recordar,
cuando todo se acabe,
que esa gente es la sal de la tierra.

Y que cuando algún imbécil descerebrado venga
a mearse en mi piscina
y a atar al puto perro
y a ahogarse con el humo de mi coche en el garaje
y a volcar el vino en mi bañera
y a reírse de mi trabajo,
y a golfear con mis hijas adolescentes,
y a recortar mi seto con los dientes

le sacaré un par de cervezas y un par de hamacas,
le miraré a los ojos,
y le comprenderé perfectamente,
con una palmadita en la espalda y un guiño.

Y juro que cuando piense que soy imbécil
no haré nada de nada de nada
por contradecirle.

3.

Es más fácil amar a las que ya no están,
por el mismo principio.

Es más fácil desear los días que no ocurrirán,
porque los que ocurren son aburridos.

Es más fácil follarte en la piscina en mi cabeza.
Tiene mejor deje.
Es un asunto más limpio.

Porque follar en la piscina es sucio.
En realidad, es más fácil follarte en cualquier sitio
dentro de mi cabeza.

Fuera, la mitad de los lugares son imposibles.
No hay puntos de encuentro.
Es follar a medias,
con la otra persona pensando en estar lejos de donde está.

Es más fácil en mi cabeza, piénsalo bien,
no te hace ningún daño.

Es más fácil amar a las que ya no están,
porque no salen de mi cabeza.

Allí todo es posible y no hay malas caras.

Follar en la playa es sucio si tú no quieres.

Las que ya no están no protestan,
en mi cabeza.

Adoro a las que ya no están.

Bien pensado:
gracias.

4.

Me levanté, resacoso y asqueroso,
pidiendo a gritos una ducha.
Tú querías meterte conmigo y yo
no sabía cómo decirte que no.

No tenías más que maquillaje corrido.
No tenías más que ganas movidas
de que nada se acabara,
cuando todo se había acabado ya.

No hace falta ser un genio para darse cuenta.

Me hice el tonto,
como si estuviera solo.
Cogí el champú y me lavé el pelo.
Qué bien se está,
solo,
en la ducha.

Te vi cuando me quitaste la única toalla.
Y entonces supe que no te habías dado cuenta de nada.
Fue entonces, cuando compartí tu toalla mojada,
en una casa que me sigue siendo extraña,
cuando supe que no te habías dado cuenta de nada.

No dudo que pueda enamorarme.

No hablo de eso.

Es que la gente no me interesa.

La gente no dice cosas que me interesen.

La gente no supone cosas que me interesen.

Compartí un café, después,
como la última voluntad de un condenado.

Quitándome el último abrazo
me di cuenta
de lo solos que estamos.

No estuvo mal.
No estuvo lejos.

Cuando salí por la puerta
todo había acabado.

5.

La luna a media altura descerraja incordios en mis ojos.
Yo, por si acaso,
no me los tapo.

Eso es más que suficiente,
es mucho más de lo que recibo a cambio.

De “A la izquierda, el Coliseo”.

tanto para nada

1.

Estábamos todos allí metidos,
estaban las canciones, los ríos de tinta,
las aberturas, los cerrojos,
los desatinos y las justificaciones,
los días hablando desde los días…

– Es poco -decías-, es poco para tanto.
– No jodas. Es tanto para nada.

2.

Estábamos todos en aquella cafetería,
mientras tú y yo hablábamos. Tú,
quizá herida,
repetías las mismas letanías con las cuentas del
servilletero:

– Poco para tanto, poco para tanto…

Tú quizá herida, como si yo hubiera podido
prometerte algo o tú hubieras podido
hacerme caso alguna vez. Alrededor todo lo demás,
testigos mudos que miran con los ojos abiertos
y la boca cerrada. Testigos mudos que
olvidaron hablar cuando podían y ahora
se golpean la cabeza contra las paredes por idiotas.

– Poco para…

Por idiotas. Me hubieran venido bien si
hubieran querido hablar cuando podían.
Ahora se limitan a mirar, con las bocas grapadas.
Ahora se limitan a dar asco.
Ahora se limitan a estar en medio.
Qué complicado es dar el paso con todo delante.
Qué complicado es pasar con todo delante.

– No jodas, niña, es tanto para nada.

3.

Fuera aún es de día mientras tú y yo nos miramos,
con todo en medio. Yo ya estuve en esta calle
otro día. Hay gente que camina y va a alguna parte.
Todos dicen ser de todos, todos dicen entender de qué
va el asunto, pero mienten. Se limitan a pasear.
Maldita gente. No hace más que molestar. Dicen
entender de qué va el asunto, pero sólo juguetean
con sus recuerdos.
Me están metiendo en su cabeza, lo noto,
me están ajustando en sus historias,
como si yo fuera una pieza de Lego, o tú,
o ellos.

Nos miran con pena como si tuvieran algo que ofrecer
sólo porque yo miro al suelo y tú
arrancas servilletas del servilletero.

4.

Las historias pasan, caen, caducan. Es un asunto
sencillo. O a lo mejor no pasan, caen, caducan.
Es complicado saberlo.

Las historias vuelan. A vecen caen en picado.
O quizá no. Quizá seamos nosotros quienes caemos.
O quizá no caemos.
Quizá tú estés en tu casa y yo en la mía
imaginando esto.

5.

En algún momento desperté.
En algún pensamiento idiota,
en alguna extraña consciencia de mí mismo
frente al televisor. Quizá mirando el televisor, sí.
Quizá desperté por no dormir más,
o quizá me metí en mí mismo cuando no mirabas,
o cuando me dio por mirar.

Vete tú a saber.

La cerveza está fría. Siempre está fría.
Es un sucedáneo de la vida que vive cuando
la vida no.

– Pero dime si no es poco.

Poco es un poco más que nada. Poco
es como si algo tuviera sentido de algún
retorcido modo. Poco es como si en las puertas
de tu casa decido tomarme el café fuera,
en el rellano.

Poco es, justamente,
como si hubiera casa, como si hubiera rellano.
Como si hubiera un interruptor para dar luz al pasillo.
Como si hubiera una escalera que me lleva a la calle.
Como si hubiera un telefonillo abajo en contacto contigo.
Como si tuviera piernas para subir las escaleras.

Por idiotas, Podían haber hablado antes,
cuando aún había algo de qué hablar.

6.

Maldita gente, repito,
después de que me den fuego.
El cigarro crepita y humea gimiendo el aire
en pavesas.

Una situación incómoda lo es por muchos motivos.
Aunque no valga ninguno.
No les importa.
Hacen la situación incómoda de todos modos.
Les es indiferente.
No les importa.

No hay calles ni viejas ni portales ni interruptores,
bien mirado.
Quizá,
ergo quizá,
sólo tú y yo,
que ya no nos damos la mano, ni los pies,
ni las bocas, ni compartimos cigarros.

Todo un submundo acaba de nacer.
Acércate.
Echa un vistazo.
Tú y yo lo hemos creado.

– Es poco, es poco para tanto.
– No jodas. Es tanto para nada.

Lo que queda, ahí fuera, se va tiñendo de azul.

Maldita la gracia.

De «A la izquierda, el Coliseo».

mucho más lejos

Llegué a ti convencido de mí mismo.

Cuando llegué a ti estaba convencido de tener un
beso en cada labio
y un dolor en cada daño.

Te cogí las manos para contarte mi derrota
como si fuera lo que es,
y dentro de tus ojos,
dentro del olor de tus pupilas,
en esa franja de tiempo que ya no es tiempo,
me di cuenta de que no tenía nada que contar.

Nada que no pudieras asimilar con creces.

Así de sencillo me di cuenta de que el daño estaba hecho,
pero no había ningún dolor.

En tus ojos vi una pistola apuntando a mi sien.

En tus ojos vi que podías comprenderlo todo sin esfuerzo.

En tus ojos vi que podíamos amarnos como perros
si eso fuera algo.

Que podíamos golpearnos perdiendo el sentido,
podíamos llegar tan lejos como quisiéramos.

Comprendí que eres capaz de acompañarme en mi derrota
hasta que hoy no queden guerras santas que librar, comprendí
que eres capaz de ir conmigo allí donde mi
ignorancia
quiera llevarme. Comprendí toda la huída, todo el dolor,
todo el camino. Mi camino.

Comprendí que lo harás por mí,
que tú has comprendido ya, pero yo no.

Comprendí por qué las tardes con la cerveza,
por qué los días persiguiendo el sueño de no acabar nunca,
por qué me miras cuando bebo como si no hubiera mañana alguno.

Por qué me coges del costado y me peinas.
Por qué me aprietas la mano cuando me pierdo.
Por qué después de hacerme el amor sólo quedan más y más besos.

Por qué me dejas tu regazo como si aún fuera un niño.

Por qué me acompañas hasta que no quedan calles,
borrachos por Tribunal,
ahíto e insatisfecho al mismo tiempo,
lleno de calles y de caras,
falto de calles y de caras,
por qué dejas que mi rabia te impregne,
a ti y a todo.

Por qué nos miramos cuando estamos esperando el metro
y me dices
«te quiero, niño». Después de vomitar
las esquinas
y perder el sentido y remontar la corriente de los bares que cierran
y de esperar no esperar
y de gritar cientos de pérdidas en brazos y abrazos
y de aferrarte
para llorar,
para no dejar de llorar en tu regazo.

Estás esperando que llegue.
Sabes que lo haré, que sólo necesito escupir tan lejos
que jamás pueda pisar mi saliva.

Y, mientras tanto,
me abrazas, me acompañas y esperas.

Después de comprender eso,
sólo pude abandonarme a ti.

Dejar que tus cuidados
curen las heridas que siempre tuve.

Dejar que tu lengua limpie.

Mientras tanto, tú me miras.
Estoy aquí, he comprendido.

Lo sabes, tus ojos brillan.
«Estás tan cerca, niño…»

Mientras te quiero Madrid amanece
entre las toses, las flemas y los ronquidos
de la gente que compone todo.

Estoy cansado después de toda la noche bebiendo.
Me acuesto en tu hombro en el autobús.

Cierro los ojos.
Estoy tranquilo.

Poema 1 de “A la izquierda, el Coliseo”.
Libro primero de “Pares sueltos”
© 2006 café & cigarro editores.