# perdiendo.org/museodemetralla

entraron en mi cabeza (203) | libros (21) | me lo llevo puesto (7) | pelis (2) | Renta básica (9) | series (6) | escasez (2) | frikeando (94) | arduino (1) | autoreferencial (11) | bici (1) | esperanto (4) | eve online (3) | git (2) | GNU/linux (4) | markdown (7) | nexus7 (2) | python (7) | raspberry pi (3) | vim (1) | wordpress (1) | zatchtronics (3) | hago (780) | canciones (167) | borradores (7) | cover (46) | el extremo inútil de la escoba (2) | elec (1) | GRACO (2) | guitarlele (11) | koala (3) | ruiditos (11) | Solenoide (1) | fotos (37) | nanowrimo (3) | novela (26) | criaturas del pantano (5) | el año que no follamos (12) | huim (5) | rehab (4) | poemas (366) | Anclajes (15) | andando (3) | B.A.R (7) | Canción de cuna para un borracho (38) | Cercos vacíos (37) | Cien puentes en la cabeza (7) | Conejo azul (6) | Contenido del juego (5) | De tiendas (3) | del pantano (3) | Destrozos (2) | Epilogo (4) | Fuegos de artificio (5) | Imposible rescate (15) | Jugando a rojo (7) | Libro del desencuentro (2) | Lo que sé de Marte (11) | Los cuentos (21) | Montaje del juego (5) | Orden de salida (4) | palitos (31) | Piernas abiertas (7) | Poemas medianos (12) | Privado de sueño (7) | rasguemas (5) | Tanto para nada (17) | Todo a 100 (2) | Uno (4) | relatos (97) | anatemas (9) | orbital (2) | prompts (8) | vindicaciones (103) | perdiendo (1.726) | atranques (1) |

las preguntas formuladas

Claro, mucho tiempo sin entrar por aquí, porque han pasado millones de cosas y pararse a escribirlas requería pararse a pensarlas primero, y me estoy dando cuenta de que no soy bueno en eso, de que tengo como un click cerrojo mental que no me deja pensar mucho en nada porque no sé dónde estoy pero sí sé dónde no estoy, y pensar demasiado con ese criterio sí que es un suicidio profundo. Constante vital (eso del pulso y las pulsaciones), una constante vital es algo que siempre sucede y que te mantiene vivo.

De ese modo, no pensar es una constante vital, según el caso y el alimento. Cuando una constante vital desaparece, ponte a recoger.

Menorca psicodélica fue el primer ostión fuerte en el andamiaje mental de orfebre que he cultivado en esta vida de andar corriendo, en esta subrutina que se ejecuta bajo el nivel consciente según la cual todo aquello que suene demasiado bien terminará indefectiblemente en desastre. Porque existen modos y situaciones que suenan bien y no terminan en platos rotos, llantos y abandonos. Es difícil comprender hasta los últimos extremos esta implicación, pero es posible. Al fin y al cabo no es más que pensar que si el autobús va recto es porque no hay curva y que, cuando la haya, girará. Una cuestión de confianza. No es fácil elipsar las cicatrices en las circunvalaciones de tu corteza cerebral basadas en los cientos de veces en los que el autobús giró recto y después piernas rotas y llantos y más cicatrices y preguntas sin respuesta al pie de la curva mientras te preguntas si seguir vivo es la respuesta. Porque seguir vivo es una necesidad, pero no sabes qué tipo de respuesta es si es que lo es.

Seguir vivo es una curiosidad, pero no una respuesta.

Y allí en Menorca recuperando las ganas de tocar cuando en un garito gritaban a Paco Bello como si la canción fuera mía y yo sonreía, porque no era mía pero la había cantado yo y eso es algo. Eso siempre es un comienzo de los prometedores, de los de beso en un portal y «nos vemos mañana» con intención real de verte mañana. Y nos sentábamos por la noche cenando 20 y nos reíamos, y yo me daba cuenta de que el resto lo hacía como si eso fuera lo más fácil y lo más natural del mundo. Pero yo sabía que no lo es, y así miraba un poco desde dentro y un poco desde fuera. Un poco juez y parte, un poco voyeur y un poco desde dentro. Pero al cabo de los días el tipo que estaba fuera se fue desdibujando, como el gato de cheshire si se me entiende tan zafio, como ese gato que elude parte tras parte hasta desaparecer por completo.

Y ese tipo de fuera, que soy yo mismo de algún modo, se piró y por eso al irme de Menorca sentí como si me estuviera arrancando el brazo, porque había estado allí dentro por completo, y eso es más que bien raro. Y ahí comprendí que estoy herido, bien herido aunque no de muerte porque si no me habría muerto ya, pero terriblemente herido. Estoy medio destrozado. Tengo una concepción del mundo perversa que afecta a todo lo que hago y que me destruye, que me hace daño, y que está basada en ese tipo que siempre está fuera y me susurra cosas al oído. Ese tipo que ha nacido de todos los fracasos y todas las decepciones y de todas las veces que me volcaba en lo que hacía mientras sonaba la canción que me iba a volver del revés. Como siempre.

Por eso no me vuelco ya en nada. Así no hay canción, no hay ostia, no hay autobús en el terraplén. No hay decepciones. Y, sobre todo, no hay culpas ni por supuesto culpables.

Por las mañanas cogía la scooter y me piraba a por el periódico y a leerlo al puerto, y cuando levantaba la vista de la mierda de las noticias veía mástiles pasar y olía el mar y me decía que no se estaba mal siendo yo mismo en ese preciso momento. Y eso era ya bien raro porque yo siempre me pregunto qué coño pinto yo en cualquier parte en la que esté. Eso para empezar. Y compraba tabaco y leche y volvía a Son Foc y saludaba, desayunaba y volvía a estar dentro de la rueca temporal del buenos días, conversación intrascendente, qué tal estás, cómo has dormido y todo tan bien y tan ricamente y… sin nada más, y sin problema por ello.

En el avión me miré muchas veces al brazo, porque realmente sentía que me lo estaban arrancando de algún modo.

Y después vino lo de Valdemanco con el tipo (Mario) que sin un pavo y unas cabras y poco más se fue allí a vivir y lleva ya cinco años en medio del campo con una casa de adobe y paja y mierda y barro. Y ese tipo y la tipa que ordeñaba las cabras y los demás regando el huerto, y la vida en lentas circunvalaciones alrededor de mi podrida cabeza como si todo fuera tan sencillo, como si el problema estuviera en mi cabeza (estoy herido) y no en la realidad circundante y no desde luego en el carrusel bendito de las cosas que suceden y siguen sucediendo aunque no tengas capacidad para verlo.

Y los ojos de Mario estaban nerviosos por otras cosas (las cabras no querían entrar, el perro se bebió la leche, el gato no aparecía) y formulé preguntas. Lo hice. Un tipo tan hastiado de preguntárselo todo constantemente (un suicidio profundo… frecuente) esbozando preguntas para intentar reincorporarse al ritmo de la vida de una puta vez. Intentando desde mi estupidez una clave para que mi propio gato de cheshire desaparezca de una puta vez en todos los planos.

Y no supo darme respuesta. Eso lo esperaba. Es imposible porque las respuestas me pertenecen.

Pero entendió las preguntas. Las comprendió, supo qué significaban. Como si fuera algo sencillo. Sin darle importancia. Nos mirábamos a los ojos y sabíamos que no estábamos hablando de nada pero estábamos hablando de lo mismo.

Yo llevaba la guitarra en el maletero, el saco y el aislante. Pero tuve que salir de ahí.

Darme un respiro para que todo encajara. Para poder contar esto (ser capaz de narrar mi propia historia).

Nunca nadie había entendido mis preguntas. Verte al otro lado del espejo por primera vez da un miedo tremendo.

viaje

Mañana cojo un vuelo a Menorca. Al proyecto de Menorca psicodélica. Estoy nervioso porque no dejo de ser un puto desastre, y a estas horas no he hecho la maleta. Es curioso cómo me gusta torturarme a mí mismo sin más motivo que sentirme vivo. Últimamente siempre tengo la casa ordenada y libre de mierda, y eso me hace sentirme limpio. Cuando salgo del curro con todo hecho me siento tranquilo, igual que cuando no hay nadie dispuesto a joderme a la vista, cuando no estoy en ningún proceso de guerra fría.

Tengo pensado echar un par de sandalias, otro de piratas, un par de calzones y un par de bañadores y media docena de camisetas. Ni desodorante ni colonia ni champús, que no facturo la mochila y no tengo ganas de estupideces. La réflex y la guitarra, un par de pendrives. El carnet de conducir para pillar un cacharro de 125 cc algunos días. Un libro de Nietzsche que aún no he escogido, tiene que ser él aunque no sé por qué. El ipod con lo que tenga dentro. No sé lo que tiene ahora mismo. Un cuaderno y un boli. Condones.

Y hace tiempo que no cojo un vuelo, un par de años por lo menos, y necesito esa sensación de estar a tomar por culo con las tres cosas que llevas en la maleta y la guitarra en su caja. En ninguna parte conocida. La sensación de comienzo. La sensación de empezar de cero, de haber dejado detrás todo lo que había y sólo poder ganar, porque venga lo que venga será más que nada, que es lo que tienes cuando lo dejas todo atrás: a la nada y a ti mismo.

Las vacaciones como carnaval, como el carnaval real. He hablado mucho sobre el carnaval. Carnaval es el pedazo de tiempo en el que las máscaras no se ponen, sino que se quitan. Nada importa, más que el presente que lo es todo.

Las máscaras se estratifican y solidifican en tu cara todo el tiempo, a fuerza de mantenerlas en alto. Me voy a por la mochila. Me voy a encender unas velas, a abrir un litro de cerveza, a liarme un cigarro y a ponerme al tema. El viaje empieza haciendo la maleta, echando cosas dentro para más tarde. El viaje empieza cuando realmente eres consciente de que no vas a estar aquí mañana, cuando eres plenamente consciente de que te vas a otra parte y dejas tu universo a medida y confortable para ir a lo que te encuentres. Cuando superas ese segundo de miedo por lo conocido perdido y abrazas ese limitado caos de no depender más que de lo que el mundo te vaya poniendo delante. Ahí sucede la primera preciosa sonrisa del viaje.

El sol tarda en irse en mi casa porque no tiene edificios delante, y aunque ya no esté un anillo de luz surge del horizonte y repliega las estrellas hasta más tarde.

Bienmesabe

El «bienmesabe» es un postre, y siempre he pensado que eso está decididamente bien. Sería raro un postre que se denominara «vayasaboramierda» o «provocaarcadas». No siempre es así, pero es verdad que a veces en el mundo te topas con cosas que están muy bien hechas. Con cosas que sorprenden por su coherencia, ejemplificado en el momento en el que Randy le pregunta a Earl «¿por qué se llamarán kilómetros?» (supongo que él dijo millas, por eso de la distancia, pero no puedo asegurarlo y no viene mucho al caso) y Earl le responde clara y tajantemente «¡pues porque lo son!, ¿cómo quieres que los llamen, pollos?» Y ante eso uno no puede hacer más que quitarse el sombrero y sonreír, porque sería bastante curioso comer kilómetros y poner pollos de por medio cuando a alguien le da por jodernos en el sentido desagradable del término. Se empieza por ahí y vaya usted a saber dónde acabaría uno, volviendo a fumar o dejando la cerveza o retirándole el saludo a los vecinos.

Pero no todo está tan bien montado, lamentablemente. Cuanto más tiempo pasa más cosas leo y veo de las multinacionales o transnac (por transnacionales, supongo), y más me siento desubicado. Cosas curiosas en Un anillo alrededor del sol, anécdotas, suposiciones, nada más, pero cosas curiosas y muy bien traídas. Otras más en Super size me, el petardeo del liberalismo en los comedores escolares. Bah, y sería un no acabar. Vemos por todas partes que liberalizar el sector que sea produce desajustes tremendos, porque sobre todo cuando el criterio es el dinero pues…

Pues eso. El único criterio es el dinero.

Y parece que no hay más recetas. La solución de la tragedia griega pasa, según la UE, por liberalizar sectores públicos.

Se privatizan los beneficios, las pérdidas se constituyen en deuda pública. Me siento un poco estúpido, porque a mí todo eso me suena a «daarcadasdeinmediato», pero se llama «soluciónalacrisis». Lo que se ha construido con el dinero de todos, ahora se privatiza.

Viendo cómo funciona el hambre en el tercer mundo por divina intervención de agentes como Monsanto uno se pregunta si privatizar necesidades básicas es una buena idea. El agua, por ejemplo. Privatizarla me huele mal mal mal. No sólo por beber, que ya es, sino porque ahora el hidrógeno se postula como el sustituto a medio plazo del petroleo y… lo privatizamos.

No digo, y no lo diría jamás, que las grandes empresas sean como un Doctor Maligno y que su objetivo sea terminar con el mundo. No. No es cierto. Lo que si digo es que la monetización de todas las empresas en una pugna por tener cada vez más beneficios es un cuello de botella que termina con el ser humano medio comiendo mierda cara, bebiendo mierda cara, pagando una hipoteca crónica, pastillas crónicas, un siervo de la gleba de sus propias necesidades. Y eso es así porque, sencillamente, es lo más rentable. Y lo rentable es lo único que se está poniendo en la balanza.

Y eso sin necesidad de que nadie trace un plan maligno, por la simple y propia inercia del sistema que hemos escogido para organizar nuestras acciones. Un sistema que hemos escogido nosotros, por acción o por inacción, pero nosotros. Un sistema en el que cuatro viven como dioses, en un nivel en el que el resto de las vidas mortales parecemos hormigas diminutas mientras vivimos y morimos como hormigas diminutas.