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el precio de la cultura

La cultura no tiene precio, eso es indiscutible. Pero no porque carezca de él, sino porque su valor es incalculable.

Que los artistas también comen es un hecho, por otra parte.

Y entiendo que no hay cultura sin artistas.

Pero también me niego a que el nivel económico que tiene un individuo determine su acceso a la cultura. Me niego a que la cultura sirva al que más tiene, perpetuando las diferencias sociales.

El acceso a la cultura debe ser libre y gratuito, en el formato que sea, del modo que sea. La cultura es lo que nos hace humanos, y negárnosla por el motivo que sea nos quita todo rastro de humanidad.

Así que resolvamos la ecuación de la remuneración de los artistas, pero no convirtamos la cultura en un símbolo de élite. No rompamos lo que internet lleva años consiguiendo, la democratización del acceso a la cultura. Es una ecuación complicada y hay un modo fácil de salir, que es levantando la barrera del dinero, pero es la que menos beneficios nos va a reportar como especie.

no es responsable de sus actos

La Constitución Española, artículo 56.3:

«La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. Sus actos estarán siempre refrendados en la forma establecida en el artículo 64, careciendo de validez sin dicho refrendo, salvo lo dispuesto en el artículo 65,2».

Artículo 64:

1. Los actos del Rey serán refrendados por el Presidente del Gobierno y, en su caso, por los Ministros competentes. La propuesta y el nombramiento del Presidente del Gobierno, y la disolución prevista en el artículo 99, serán refrendados por el Presidente del Congreso.

2. De los actos del Rey serán responsables las personas que los refrenden.

Artículo 65.

1. El Rey recibe de los Presupuestos del Estado una cantidad global para el sostenimiento de su familia y Casa, y distribuye libremente la misma.

2. El Rey nombra y releva libremente a los miembros civiles y militares de su Casa.

Qué mejor modo de empezar el año que cargando contra un caballo apaleado, pero muy muy vivo. Espero que todo este asunto de la impureza de algunos miembros de la casa real ablande la corteza tontil de cariño que solemos tener sobre la monarquía y recordemos que no los ha elegido nadie y que no podemos no elegirles si no estamos de acuerdo con ellos. Es decir, que se nos han impuesto. Y con eso firmemente anclado en la cabeza quizá debamos ir hacia una república en la que el presidente electo sea al mismo tiempo el jefe del estado y punto.

Porque además de cobrar un pastón que yo quiero para mí, resulta que no tiene responsabilidad alguna. Claro que es cierto que sus actos los tiene que refrendar el Presidente o los ministros competentes y carecen de validez sin el refriendo, pero a ver cuándo le comentó el Rey al Presidente lo del «¿Por qué no te callas?» antes de decirlo (por muy bien dicho que estuviera, que lo estuvo), y a ver quién asume la responsabilidad de ello si Chavez se cabrea y monta una película. A lo mejor le podríamos decir que esas palabras no tienen sentido al no estar refrendadas por el Presidente (¿o un acto de comunicación no es un acto?), pero supongo que se la sudaría húmedamente. A ver quién asume eso.

Porque está bien claro que el rey no lo hará. Lo dice la Constitución Española, nada menos. El pobre no es responsable de sus actos.

Pobrecito.

sábado en casa

A ver, me voy a quedar en casa. Soy más que perfectamente consciente de que hoy es sábado, pero supongo que de vez en cuando no está de más darse un regalo a uno mismo (como si salir fuera una carga, joder). Quedarse en casa como si fuera un día cualquiera del resto de la semana (o, mejor, como si fuera un día del resto de la semana en el que me quedase en casa). Darse una vuelta por aquí. Después de comer con mi madre como un hijo pródigo me paso por el supermercado de turno y compro lo que un tipo como yo que se dispone a hacer lo que está a punto de hacer necesita. Me doy una vuelta por la sección de vinos, y por la de droguería. No sólo de beber y lavarse el pelo vive el hombre, pero es un buen punto para comenzar en un día como este.

Si algún sábado me quedo en casa tengo la sensación de que estoy tirando mi vida a la basura, de que estoy participando realmente en eso. No siempre encuentro respuestas fuera, pero sí que es verdad que tengo la sensación de que cuando salgo estoy en la situación en la que pueden pasar cosas. Dentro de casa no va a pasar nada que se escape de lo esperado. Supongo que si tienes una pareja puedes quedarte luchando por el polvo, en esa guerra emocional de sábado en la que el polvo es el bastión a conquistar en el horizonte, después de un duro estado de sitio. He vivido eso. Evidentemente si vives solo puedes terminar flirteando con tus genitales, pero no es ni de lejos lo mismo. Ni tan difícil. Ni tan satisfactorio. Según el día. Según ante quien lo tengas que reconocer.

Lo primero, y más importante como en casi todo, es escoger el momento. El finde pasado tiene que haber sido un hat-trick, de otro modo no hay alma soltera que lo aguante. Y para la semana siguiente tienes que tener planes, más o menos emocionantes, más o menos divertidos en principio, pero verdaderamente diferentes. Yo el martes me piro a Barcelona y no volveré hasta el lunes siguiente, voy a casa de un colega y hay gente de Menorca por allí, así que si tengo un respiro será cuando me siente a cagar. Eso hace que la presión sobre este sábado disminuya como al pincharte la cabeza cuando está a punto de reventarte. Y da casi el mismo placer licuante.

Entonces, en ese estado de cosas, entras en el supermercado y buscas un par de botellas de vino que correspondan. Esto suele significar un par de botellas de vino con las que no tengas que endeudarte con la tipa de la caja para pagarlas, por más que a veces te gustaría endeudarte con la tipa de la caja de algún modo, el que fuera. Es como un asunto de baremos. Todo el rato estás pensando en si las puedes pagar, y si puedes accedes a un tramo más caro, y si no puedes disminuyes un tramo, y si… esa es la cuestión, y si. Si al final vas a estar borracho, qué coño más te va a dar. Así que al final coges una botella de las caras, la primera, y un par de ellas baratas par ir tirando después, cuando ya no tengas paladar. Y unos buenos filetes de ternera y una ensalada y ese vinagre de módena que nunca pillas porque son tres pavos por un bote minúsculo. Pero hoy es ese día, hoy pertenece a ese calibre de días en los que está permitido pagar unos determinantes tres pavos por el puto vinagre emulsionado que no comprendes pero sabe bien. Y entonces, con los vinos, la ensalada y la carne vas a la sección de droguería y buscas algo para el cuerpo y el pelo que te diga en mayúsculas eres un tipo de puta madre. Pero no lo encuentras, porque allí sólo hay botes, y a alguien se le olvidó decirte que todo lo demás lo tienes que poner tú, en forma de un estado mental conveniente. Pero tú, cabezón donde los haya, sólo ves botes con pegatinas de frutas o frutos secos en el frente, aunque no consigas oler a nada de nada de lo que puedes leer en ellos. Quizá porque el resto de días de tu existencia te la sudan este tipo de cosas eres un tipo más que ineficaz para obtener algún resultado medible.

Y con toda tu decepción en una cesta vas a la caja y pagas. Tu frikismo te ha hecho llevar un par de bolsas en el bolsillo para no comprar ninguna, así que las rellenas y te largas pensando que no comprendes qué coño ve la gente en esto para hacerlo tan a menudo, y no estás pensando en pasar un sábado solo, sino en comprar en general. Te montas en el viejo golf y lo arrancas, y eso sí que es un buen sonido, así que tomas el camino más largo para llegar a casa porque Hoy No Vas A Ninguna Parte y no tienes prisa alguna. Y recorres un par de secundarias de Ajalvir y Daganzo dándole duro al acelerador y rezas a los dioses del petroleo para que hoy precisamente no haya ningún guardia civil mirando lo que haces, y los dioses deben responderte porque Nadie Te Para. Así que cuando aparcas tienes que volver a meter las cosas dentro de las bolsas porque se han repartido por todo el asiento trasero, como debe ser cuando uno conduce con placer y con ganas de hacerlo.

Y subes y colocas todo en la nevera, o al menos todo lo que se puede estropear fuera, o al menos todo lo que te da tiempo antes de aburrirte, y enciendes velas en el borde de la bañera y te metes dentro, y enciendes incienso, y pones música, y la emoción ha durado justo hasta que te has metido dentro del agua, porque justo en ese momento has empezado a encontrarlo todo tremendamente vacío. Y sales de la bañera, y apagas las velas pero dejas en incienso, y te vas a poner a cocinar justo cuando te das cuenta de que no tienes hambre. Es la jodienda de las madres, que te ceban y no te dejan disfrutar de este tipo de momentos preciosos durante horas después de haber estado con ellas.

Así que, aún en pelotas, abres la puerta de la terraza y sales fuera. Y el frío es atronador, y el frío tiene tanta presencia que lo es todo, y está bien que sea así. Y aguantas, te enciendes un cigarro y miras fuera, y fuera sólo hay un pueblo vacío a estas horas. Y cantas una canción, siendo consciente de que suenas entrecortado. Tus pies en contacto con el suelo están congelados, todo tu cuerpo está congelado, sólo los dedos alrededor del cigarro tienen algo de calor residual. Pero está bien. Todo está condenadamente bien. Precisamente por haber escogido el finde concreto para quedarte en casa todo está rematadamente bien. Y cuando desaparece el frío te das cuenta de que ya puedes entrar, y publicar esta entrada que tienes escrita desde el jueves, y aliñar la ensalada, y ponerte un par de capítulos de community, y abrir el vino bueno, y darte un respiro.

Y, ahí fuera, las cosas están sucediendo. Pero no te importa mucho. No te importa nada. No hoy. Te metes dentro del edredón con la botella cerca y la serie reproduciéndose en el ordenador. La apagas. Coges un buen libro y el vino.

Bebes y lees.

Y el tiempo desaparece, lo justo como para sentir que la semana entera de lucha por mantenerte vivo ha merecido la pena. Notas como tus pies van entrando en calor, y tu boca también, por el vino.

Bebes y lees, y entras en otras vidas de tal modo que la tuya desaparece. O no. O quizá es menos lesiva.

Bebes y lees hasta que el sueño te arrulla y desaparecen las ganas de estar en cualquier otra parte que no sea precisamente esta.

Y en ese momento eres consciente de lo feliz que puedes ser en medio de la tormenta de idioteces que se dan de sí en los días que no hacen más que suceder como pueden. Como van pudiendo. Contigo en medio.

Y entonces sí, te das la vuelta. Y te duermes.