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querer querer

Después de tanto tiempo no quedo ni la guerra, ni siquiera roncos gritos de tempestad. Después de tanto, de haberlo sido todo, de haber perdido el día a día, el roce, los planes, el pasado, no quedó ni siquiera una batalla que prepararse para librar. No me gusta meter el lenguaje bélico en esto, pero es el que primero se me viene a la cabeza.

Cuando todavía queda al menos ese fragor sientes que aún queda algo, que aunque sea en retirada aún algo existe. Aún compartes algo. Cuando se diluye y se queda en nada ha desaparecido lo último que quedaba en pié. Aunque fuera sólo combate, resentimiento, rabia. Combate, resentimiento y rabia son cosas que existen y que siguen manteniendo la llama viva mientras duran. Quizá ni siquiera eches de menos la cosa, o ni siquiera te apetezca, o ni siquiera lo sientas ya como algo que merece la pena, pero después de haber sido todo cualquier cosa es suficiente para intentar ahogar el enorme vacío que empieza a sustituirlo. Ese vacío es una nada enorme que se va extendiendo por todo lo que te rodea, incluso sobre lo que fuiste y lo que fue. Es una perspectiva madura considerarlo parte del pasado y valorarlo por ello, pero no siempre tienes ese grado de madurez. Tanto es así que muchas veces lo único que eres capaz de percibir es que si lo que existió ahora ya no lo hace de algún modo es como si no lo hubiera hecho nunca. Si ahora ya no es que entonces, de algún modo, tampoco. ¿Se ve, lo estoy mostrando?

Quiero decir que si ahora ya no es importante (y por eso te esfuerzas en que lo sea), tampoco debía serlo entonces. Como si el final de la historia tuviera el poder de reificar el resto. Algo así como el final de una película, que lleve moralina o no en cierto modo resignifica el metraje y le da un sentido u otro en función de por donde vaya el resultado. Si este tipo termina ganando una millonada es que todos los errores que cometió antes sucedieron para conducirle a donde ha llegado, y si termina arruinado muriéndose de hambre bajo un puente pues… lo mismo. Los errores no se ven del mismo modo dependiendo de cómo acabe todo, por mucho que sean los mismos en las dos versiones de la historia, idénticas excepto el final.

Sin contar, por supuesto, con que ese vacío estuvo siempre ahí, sonriendo mientras tú te ocupabas en otra cosa convencido de no verlo. El vacío ha sido siempre el empuje de todo, lo bueno, lo malo y lo regular. Del miedo y la euforia, el horror y lo bello. Aprender a vivir con él es la única cosa realmente relevante, darle el valor que tiene y quitarle el que no. Utilizarlo como empuje e intentar librarte de él cuando actúa como freno, y si no eres capaz al menos reconducirlo de otro modo. Saludarlo por las mañanas al despertar y antes de acostarte por las noches. Entenderlo como lo que es.

¿Y qué es, finalmente? Pues casi todo. Es la base, el marco en el que todo lo demás sucede, sucedió y seguirá sucediendo. La realidad última que define las coordenadas. Sobre él se construye. Pero es jodido reconocerle eso sin saber cómo utilizarlo. Reconocerle eso es darle el poder que ha tenido siempre aunque no lo hayas asumido antes. Abandonarse. Es un salto de fé. Tienes que esperar ser capaz de ponerle un bocado, unas riendas y unos estribos.

Lo que entiendo que hace la gente que veo es negarlo. Dejar de verlo. Comprendo que es lo mejor para muchas cosas, pero a mí no me funcionó. Me estuvo rondando fuerte desde que recuerdo. Pero todos son conscientes de él en algún momento, entre un ritmo y otro. Lo que sucede es que al negarlo nunca podrás estar del todo convencido de si lo que te ilusiona lo hace por que lo hace o porque malcubre lo otro, de si estás yendo a donde quieres o sólo te dejas arrastrar a donde cubre menos. Te faltará esa certeza. Quizá vivas en el negativo de lo que percibes, que es de lo que huyes, haciendo que la repulsión del vacío sea el que lleva el volante mientras tú miras estanterías y estanterías para negarte ver el elefante en medio de la habitación. No sé cómo se acepta el vacío, la cosa, sólo sé que se hace.

Y cuando lo consigues empiezas a ver las cosas de otro modo. No sé si mejor o peor. Aprender a diferenciar lo que quieres de lo que quieres querer. A veces recaes. No es fácil sostenerte sobre tus piernas. A los bebés les cuesta un rato, y eso que todos le empujan a ello. No es fácil sostenerte sobre tus propias piernas y a veces te gustaría dejar de hacerlo, porque todo el mundo es consciente de lo mismo y por eso mismo todo está diseñado para hacerte las cosas más fáciles y llevarte a ello. Abrazar un credo. Llenarte de otros. Hay un punto de no retorno en alguna parte, a partir del cual ya no, pero aún así recaes. Dejar de cuestionarte, dejar de cuestionarlo todo. Salir a la calle, comprar una barra de pan y cuando te ofrecen cualquier otra cosa decir «¿por qué no?», comprarla, sonreír al tipo y seguir caminando un rato más. No sabes nada más que ningún otro, tanto los que lo niegan como los que lo afrontan siguen viviendo a lomos del mismo elefante. La única diferencia es que tú pretendes sacar algo de él. Llamarle por su nombre y decir eh, amigo y ver qué pasa.

Siempre pasa algo.

envíos

La primera víctima de la guerra: la confianza. Eso creó un mundo nuevo de prácticamente la nada. Cualquiera de una corp que no fuera la tuya se había convertido de pronto en un potencial enemigo con el que terminarías encontrándote ahí abajo, donde las cosas ya no volverían a ser tan simpáticas. Podías compartir una cerveza en una de las polivalentes con cualquiera de ellos, como siempre, pero algo se había roto y no muchos parecían capaces de disfrutarlo. Otros cultivaban relaciones con la esperanza de que algún día pudieran marcar la diferencia entre sobrevivir y no hacerlo, engañándose a sí mismos. No parecía razonable que nadie fuera a arriesgarse a un viaje por el portal y un destierro extraoficial al arrabal a cambio de unas risas y una resaca. Pero el ser humano es complejo y quién sabe, quizá sí, y a eso se agarraban los que seguían intentándolo. A veces sólo es necesaria la sensación de tener algo a lo que agarrarse para seguir adelante.

El orbital es una masa enorme girando sobre el tercer planeta empezando por la estrella. Se había ido conglomerando añadiendo módulos estándar en función de los planes del síndico de turno. En los primeros días dependían de turnos rotativos, pero su elección pronto pasó a depender de los resultados del CER, lo que disparó la construcción y, en cierto modo, el caos. El síndico no sabía de cuántos periodos de seis meses disponía para conseguir sus objetivos antes de perder el poder, por lo que tenía que darse prisa. El orbital se llenó de espacios desocupados que volvían a ser útiles un tiempo determinado para después volver a quedar desocupados, y crecían unos sobre otros superponiendo espacios y funciones. La consecuencia negativa fue el crecimiento amorfo y desordenado, la positiva que en condiciones de necesidad establecer redundancias fue más fácil que nunca. Debido a la normativa RAL todos los planos debían quedar en abierto, así que sólo era cuestión de perder unas horas mirando. Eso salvó vidas e hizo difícil que a alguien le pareciera interesante cambiar las cosas. Al fin y al cabo cuando un material pasaba el portal iba a quedarse allí para siempre, así que no importaba demasiado si funcionalmente estaba siendo útil o no tanto. Se había convertido en tan parte del sistema como los planetas, las lunas o los asteroides. En algún momento el orden se revertiría y pasarían de ser un sistema de recepción a ser uno de envío, pero para cuando eso sucediera ya habría otros tomando las decisiones. De los sistemas de la esfera de la expansión todavía no había ningún productor nato, por lo que convertirse en uno no era algo que entrase en los planes de ningún síndico. Todo lo que atravesase el portal impactaría de algún modo u otro en la producción y en demérito de otro sistema en el juego de suma cero de los recursos finitos, así que aunque fuera para mantenerlo en barbecho todo lo que entrase estaba trabajando activamente para el orbital.

Las comunicaciones dependían de los sistemas pasivos del portal y se mantenían constantes, y la recepción de personal y materiales y el envío de disidentes y materias primas locales que no pudieran reutilizarse se consolidaban en una activación semanal que en el argot del Consejo se llama el envío.