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de fondo

No era tan complicado
no decir nada:

No tenía misterio.
Ni casi fuerza, ni
la brutalidad casera
del buenos días
anodino,
el «te quiero» resorte,
pregrabado en pequeñas muescas
en los dientes
desde los que
la lengua
arranca
el trino.

¿Dime? Por la tarde. Después. Paso yo a por los huevos, te recojo desde allí y ya vemos. A ver si recuerdo sacudir la alfombrilla, que sigue llena de tierra. ¿Enchufar el ambientador no estaría de más, no?, no creo que vaya a perfumar desde dentro de la caja. Creo que lo dejé en la mesa, debajo del cenicero, para que no se volara. Hace tiempo que no le veo. ¿Llego la carta del ayuntamiento? Seguramente el viernes, pero tengo que llamarle primero, que no nos pase lo de siempre. Nah, ya le dije que no era posible, que si le cambio el día al final me va a tocar a mí librar un martes o un miércoles, ¿y para qué quiero yo eso? Te lo diré el jueves. Un beso. Cierra tú que mi llave va fatal, no le des la última vuelta que un día me quedo fuera.

Era tan sencillo
no decir nada
que había que hablar todo el tiempo
para no perder el equilibrio.

volviendo a las piernas

Trajiste las piernas

pese a que, al menos cien veces,
te había reconvenido en contra. Las
palmeras, las hojas, la primavera
contra tu cara pegada de sudor tierno y seco.

Dos veces cien habíamos entrado
al mismo sitio, siempre el mismo.

«Es que (pausa) aquí (pausa) las tazas son más bonitas».

Yo suspiraba, porque no entendía nada
de nada de nada, como en un suplicio
desorientado enfilando hacia el centro
de tu alma, borrosa y estancada
en días iguales
—que no podían ser más que
iguales—,

porque no teníamos dinero para ninguna otra cosa.

«El dinero no importa», me decías.

Y yo te miraba como si estuvieras tonta,
o pensando que lo estabas, o sintiendo que ya
te había dejado atrás, me había ido
hacia delante y tu te habías quedado buscando algo,
entretenida con no sé qué cosa
y yo
sin darme tampoco cuenta
estaba lejos en el siguiente ciclo de la autopista.

Las tazas eran jodidamente bonitas.
Pero eso no pude comprenderlo hasta mucho más tarde.
Cuando la mejor y la única forma de estar contigo y
abrazarte y sentirte cerca ya era mirar

una fotografía digital, escondida en carpetas
dentro de carpetas, como una mancha o
una vergüenza,

una fotografía de uno de tantos de aquellos días
en la que tú sonreías
con una de aquellas tazas estúpidas en la mano,
estúpidas y bonitas,
y yo, ya entonces al otro lado de la cámara,
detrás de la realidad que es lo que captura la
fotografía,
seguramente bostezaba o me aburría o te odiaba
o estaba buscando la manera

de escaparme a dar una vuelta.

brama la llama

Hagamos poesía o algo.
Estamos allí sentados, con los ojos en las estrellas
mientras brama la llama.
Basura.
La llama no brama.
No brama nada más que el sobrecogerse por un cielo tan amplio.
Podría haber dicho enorme, o infinito.
Podría, pero no lo he hecho.
Amplio es más confortable, menos desolador.

Es un bramido interior en cualquier caso.
No es el espacio el que brama, es tu cabeza reventándose entera mirando
el espacio desnudo.
Frente al que tú estás y te sientes desnudo.

Tú querías comerme entero pero yo dudaba de tu embriaguez, aunque más bien, pienso ahora, dudaba por tu embriaguez. Al fin y al cabo es necesario apresar el momento siempre y sólo cuando el momento es lo único que te interesa. Bramaba la llama frente a nuestros pies, aunque ahora que lo pienso más bien crepitaba. Y tú estabas borracha, hasta el punto de vomitarme encima. Vomitarme encima era una especie de gesto de cariño, de reconocimiento, de quererme un poquito. Al fin y al cabo, no habías vomitado sobre nadie más. No habías vomitado sobre otro. No. Lo habías hecho sobre mí, y eso, de algún modo, me reconfortaba. Podría incluso haber levantado mi camiseta para enseñársela a los demás y decir “eh, sobre mí”. Silencio. “No sobre otro, sobre mí”.

Cicatrices de guerra, pasto de la lavadora mañana.

“Bramaba la llama” es bonito porque es musical, pero la llama desde luego no brama. Supongo que el fuego del herrero con la ayuda del fuelle enorme brama. Supongo que en ese caso sí. No es cuestión ahora de ponerse a discutir. El cielo amplio sobre nuestras cabezas dibujaba caricaturas en las que tú, y yo, y el resto del mundo perdía importancia paso a paso. No éramos nada en comparación con todo lo demás, pero nosotros no somos todo eso. Nosotros somos sólo nosotros. En esa escala joder si importaba lo que estaba sucediendo.

“Eh, sobre mí”. Silencio. “Sobre mí”.

Yo no quería decir nada y estaba empequeñecido dos veces. La primera frente al techo de estrellas que bramaba, en mi cabeza. La segunda frente a ti, que habías escogido vomitarme a mí frente al resto del universo (estelar) y a este mini universo (más local). Bah, no tenía ganas de enseñárselo a nadie. No tenía necesidad, en realidad. Me bastaba saber que ese vómito era para mí, y a la mierda los demás. Ese vómito era mio como el aire que respiro, al menos mientras está dentro de mí. Se multiplican las metáforas imbéciles, los caminos trillados de versos desgastados. Pero eso pasa ahora. Entonces, en ese momento, no pasaba. En ese momento aún no existían. La poesía viene siempre después, a remolque, a mitificar lo que ya ha sucedido.

Entonces era algo así como que mañana te iba a recordar no sé qué, y si todavía era qué, o era algo de algún modo, hablaríamos de negocios. Ya sabes, es necesario apresar el momento siempre y sólo cuando el momento es lo único.

La llama no bramaba. El resto sí. Volví a casa sordo, atontado.