{"id":178,"date":"2004-01-05T10:37:56","date_gmt":"2004-01-05T08:37:56","guid":{"rendered":"http:\/\/www.perdiendo.org\/museodemetralla\/?p=178"},"modified":"2004-01-05T10:37:56","modified_gmt":"2004-01-05T08:37:56","slug":"fernando-sorrentino-mi-amigo-lucas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/perdiendo.org\/museodemetralla\/?p=178","title":{"rendered":"Fernando Sorrentino. Mi amigo Lucas"},"content":{"rendered":"<p>\t\t\t\tTengo un amigo todo lo dulce y t\u00edmido que puede pedirse. Su nombre es fr\u00e1gilmente anticuado -Lucas-, y su edad, recatadamente intermedia -cuarenta a\u00f1os-. Es de reducida estatura, es delgaducho, tiene un bigotito ralo y una calva a\u00fan m\u00e1s rala. Como su vista no es perfecta, usa anteojos: insignificantes y sin armaz\u00f3n.<br \/>\nPara no molestar a nadie, camina siempre de perfil. En vez de pedir permiso, prefiere deslizarse apenas por un costado; si la rendija es tan estrecha que ni siquiera permite su paso, Lucas prefiere esperar con paciencia que el obst\u00e1culo -sea animado o inanimado, racional o irracional- se aparte por su propia voluntad. Los perros y los gatos callejeros le infunden terror, y, para evitarlos, se cruza a cada instante de una vereda a la otra.<br \/>\nHabla con una vocecilla sutil, casi transparente de tan inaudible. Jam\u00e1s ha interrumpido a nadie: sin embargo, no logra emitir m\u00e1s de dos palabras sin que lo interrumpan. Ello no parece irritarlo: m\u00e1s a\u00fan, se siente dichoso de haber podido pronunciar esas dos palabras.<br \/>\nHace a\u00f1os que mi amigo Lucas est\u00e1 casado: con una mujer delgada, col\u00e9rica, nerviosa, que, adem\u00e1s de voz aguda hasta lo insufrible, fuertes pulmones, nariz afilada y lengua de v\u00edbora, padece de temperamento indomable y de vocaci\u00f3n domadora. Lucas -me gustar\u00eda saber c\u00f3mo- se ha continuado en un ni\u00f1o. La madre lo bautiz\u00f3 Juan Manuel: es alto, rubio, flequilludo, inteligente, suspicaz, ir\u00f3nico y vigoroso. No es exacto que obedezca a su madre ciegamente: m\u00e1s bien, ambos est\u00e1n siempre de acuerdo en asignarle a Lucas un lugar sin duda nulo en el universo y, por ende, en deso\u00edr sus escasas e imperceptibles opiniones.<br \/>\nLucas es el m\u00e1s antiguo y el menos importante de los empleados de una l\u00fagubre compa\u00f1\u00eda importadora de tejidos. Es una casa muy oscura, con pisos de madera negra, ubicada en la calle Alsina. El due\u00f1o -yo lo conozco- es un \u00e1rabe de bigotes feroces, es un \u00e1rabe calvo, es un \u00e1rabe de voz atronadora, es un \u00e1rabe violento, es un \u00e1rabe avaro. Mi amigo Lucas se presenta vestido de negro, con un traje muy viejo, brilloso de tanto uso. S\u00f3lo posee una camisa -la que estren\u00f3 el d\u00eda de su casamiento-, con anacr\u00f3nico cuello de pl\u00e1stico. Y una sola corbata: tan deshilachada y tan grasienta, que parece un cord\u00f3n de zapatos. Incapaz de resistir la mirada del \u00e1rabe, Lucas no se atreve a trabajar sin saco -pese a que sus compa\u00f1eros lo hacen- y se coloca un par de sobremangas grises para preservarlo. Su sueldo es irrisoriamente bajo: no obstante, Lucas permanece todos los d\u00edas trabajando tres o cuatro horas de m\u00e1s, pues la tarea que le ha asignado el \u00e1rabe es tan desmesurada, que excede toda posibilidad de realizarla en el horario normal.<br \/>\nJustamente ahora -cuando el \u00e1rabe acaba una vez m\u00e1s de rebajarle el sueldo- la mujer ha decidido que Juan Manuel no realice sus estudios secundarios en un colegio estatal. Ha preferido inscribirlo en un instituto muy costoso del barrio de Belgrano. Ante esta exagerada erogaci\u00f3n, Lucas ha dejado de comprar el diario y, lo que m\u00e1s siente, las Selecciones del Reader&#8217;s Digest, que constitu\u00edan su lectura predilecta. El \u00faltimo art\u00edculo de las Selecciones que alcanz\u00f3 a leer versaba sobre c\u00f3mo el marido debe autorreprimir la propia personalidad avasallante para permitir la realizaci\u00f3n de los dem\u00e1s miembros del grupo familiar.<br \/>\n***<br \/>\nPero hay un hecho singular: la serie de actitudes que asume Lucas apenas sube a un colectivo. En t\u00e9rminos generales, suele proceder as\u00ed:<br \/>\nPide el boleto y empieza lentamente a buscar el dinero, manteniendo al chofer con la mano extendida y en un estado de incertidumbre. Lucas no se apresura en absoluto. M\u00e1s a\u00fan, yo dir\u00eda que la impaciencia del conductor le causa cierto placer. Luego paga con la mayor cantidad posible de monedas de escaso valor, entreg\u00e1ndolas de a poco, en cantidades distintas y a intervalos irregulares. En alguna medida esto perturba al chofer, pues, adem\u00e1s de estar atento al tr\u00e1nsito, a los sem\u00e1foros, a los pasajeros que suben y bajan, y al manejo del veh\u00edculo, debe simult\u00e1neamente efectuar complicados c\u00e1lculos aritm\u00e9ticos. Para peor, Lucas agrava sus problemas incluyendo en el pago una vieja moneda paraguaya que conserva con tal prop\u00f3sito y que le es invariablemente devuelta en cada ocasi\u00f3n. As\u00ed, suelen cometerse errores en las cuentas y, entonces, entablada la discusi\u00f3n, Lucas, serena pero firmemente, defiende sus derechos con argumentos contradictorios, de tal modo que no se sabe qu\u00e9 es en realidad lo que sostiene. El colectivero, al borde ya de la locura, termina, en una t\u00e1cita rendici\u00f3n, por arrojar las monedas a la calle -tal vez como un modo de reprimir los deseos de arrojar a Lucas o de arrojarse \u00e9l mismo-.<br \/>\nCuando llega el invierno, Lucas viaja con la ventanilla abierta de par en par. El primer perjudicado es \u00e9l: ha contra\u00eddo una tos cr\u00f3nica que a menudo le hace pasar las noches en vela. Durante el verano, cierra herm\u00e9ticamente la ventanilla y no consiente en bajar la cortina que protege del sol: de esta manera, m\u00e1s de una vez ha sufrido quemaduras de primer grado.<br \/>\nDelicado de los pulmones como es, Lucas tiene prohibido el cigarrillo y, en realidad, fumar le parece insoportable. Pese a ello, en el colectivo no resiste la tentaci\u00f3n de encender unos cigarros gordos y baratos, unos cigarros que producen ahogos y toses. Cuando baja, lo apaga y lo guarda para el pr\u00f3ximo viaje.<br \/>\nLucas es una personita sedentaria y escu\u00e1lida: jam\u00e1s le interesaron los deportes. Pero los s\u00e1bados a la noche sintoniza su radio port\u00e1til, d\u00e1ndole el m\u00e1ximo volumen, para escuchar el boxeo. El domingo, en cambio, lo dedica al f\u00fatbol, y tortura a todo el pasaje con estruendosas trasmisiones.<br \/>\nEl asiento del fondo es para cinco personas: Lucas, a pesar de su peque\u00f1o tama\u00f1o, se sienta de modo que s\u00f3lo quepan cuatro y aun tres. Pero, por otra parte, si hay cuatro sentados y Lucas est\u00e1 de pie, exige permiso con tono de indignaci\u00f3n y de reproche, y se sienta, ingeni\u00e1ndose para ocupar un espacio excesivo. Para lograr esto, introduce las manos en los bolsillos, de manera tal que los codos queden firmemente incrustados en las costillas de sus al\u00e1teres.<br \/>\nVariados son, y muchos, los recursos de Lucas.<br \/>\nCuando viaja de pie, lo hace siempre con el saco desabotonado, procurando que el borde inferior pegue en el rostro o en los ojos del que est\u00e1 sentado. Si alguien se halla leyendo, pronto se convierte en f\u00e1cil presa de Lucas. Vigil\u00e1ndolo atentamente, coloca la cabeza bajo la lamparilla para hacerle sombra. A intervalos, Lucas retira la cabeza, como por azar; el lector devora con ansiedad una o dos palabras, y all\u00ed, incansable, vuelve Lucas al ataque.<br \/>\nMi amigo Lucas conoce la hora en que el colectivo se halla m\u00e1s atestado. Para esas oportunidades, acostumbra ingerir un emparedado de salame y un vaso de vino tinto. En seguida, con los restos del pan mascado y las hilachas de fiambre a\u00fan entre los dientes, y con la boca apuntando a las narices ajenas, recorre el veh\u00edculo pidiendo en\u00e9rgicamente permiso.<br \/>\nSi se acomoda en el primer asiento, no lo cede a nadie. Pero basta que se halle en los \u00faltimos y suba una mujer con un ni\u00f1o en brazos o un anciano enclenque, para que se levante con precipitaci\u00f3n y los llame a grandes voces, ofreci\u00e9ndoles su lugar. Ya de pie, suele hacer un comentario recriminatorio contra los que permanecieron sentados. Su elocuencia resulta eficaz: siempre, alg\u00fan pasajero, mortalmente avergonzado, desciende en la siguiente esquina. Al instante, Lucas ocupa su lugar.<br \/>\n***<br \/>\nMi amigo Lucas se apea de muy buen humor. Camina con timidez hacia su casa, cedi\u00e9ndole la pared a todo el mundo. Como carece de llave, tiene que tocar el timbre. Si en la casa hay alguien, rara vez se niegan a abrirle. En cambio, si su mujer, su hijo o el \u00e1rabe no se encuentran, Lucas se sienta en el umbral a esperar que regresen.<\/p>\n<p>[De La regresi\u00f3n zool\u00f3gica. Buenos Aires, Editores Dos, 1969.]\t\t<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Tengo un amigo todo lo dulce y t\u00edmido que puede pedirse. Su nombre es fr\u00e1gilmente anticuado -Lucas-, y su edad, recatadamente intermedia -cuarenta a\u00f1os-. Es de reducida estatura, es delgaducho, tiene un bigotito ralo y una calva a\u00fan m\u00e1s rala. Como su vista no es perfecta, usa anteojos: insignificantes y sin armaz\u00f3n. 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