zarpazos panza arriba

No me he vendido, sigo aquí. Mi fuerza es que no tengo nada que perder. Tengo un curro anodino que me mantiene y en el que no me implico más que cuando estoy en él. Salgo y ya olvidé el curro. ¿Alguna vez me habéis oído hablar del trabajo? Alguna habrá, pero pocas. Yo me busco mis castañas. Si lo pierdo hay muchos por 130.000 pelas al mes. No es importante.

Dirijo mi vida, quizá hacia la ruina completa, pero la dirijo yo. Soy el dueño de mí mismo. No acepto dádivas ni relaciones de dependencia, siempre caras a la larga. Tomo cerveza hasta las tantas mientras escribo, encorvado en el ordenador, fumando cigarros lentos. Yo consigo todo esto, y no dependo de nada ahora mismo. Puedo cambiar ficha y hacer que todo siga igual.

No tengo un nivel de vida ni de objetos que suponga la necesidad de mantenerme en este sitio en concreto. Lele nunca quiso aceptar nada de su padre, porque sabía cual era el precio, me lo repetía incluso cuando yo no conocía a Roberto y pensaba, incrédulo, que era un buen tipo, honesto. El tiempo me convenció de que lele tenía razón. Siempre quiso ser independiente y autosuficiente. Pero debió olvidar. Empezó aceptando poco a poco, ahora depende absolutamente, ya lo comenté ayer. No puede dejar ese curro sin perderlo todo. Debe aceptar cualquier cosa. Ahora a su padre (después de dos años con la casa de Malasaña vacía) le da por alquilar la casa, y ella tiene que mudarse a Delicias o donde sea, donde su padre indique. No sabe para cuánto tiempo. Nunca lo supo, como cuando estuvimos discutiendo por irnos a vivir a la casa de su padre en Tetuán, pagando alquiler, y yo le decía que no quería, que no me fiaba del bucanero, sin contrato, sin escrúpulos. Dos semanas intensas de discusiones, y al final, cuando me convenció, el bucanero dijo que iba a tirar la casa y hacer otra nueva, y la nueva casa era demasiado para lorelay, según él no podríamos pagarla, fin de la historia. Lele con sus cien mil ilusiones (se quedó hecha una mierda) por el retrete. Pero sigue poniendo mejilla tras mejilla, y seguirá una y mil veces: ya no puede hacer otra cosa.

Este NO es el problema por el que hemos roto, esa es la situación actual.

Esta atrapada en las cosas, en los objetos. Tenía que habérmelo tomado más en serio cuando, hace dos meses, me comentó que estaba hasta las narices de currar con su padre, que tenía que dejarlo. Le dije que lo hiciera. Me respondió que si dejaba a su padre se quedaba sin furgoneta. Le dije que le dieran por culo a la furgoneta. No lo ha dejado. No sólo por la furgoneta, sino porque piensa que ese curro es el mal menor.

Tiempo para la facultad, dinero para ahorrar y hacer planes de futuro, un curro relajado y de horario variable según le interese... pero la trampa es que una vez mordido el anzuelo se aferra a la carne y ya no puedes soltarte. Esa es una vida bonita.

Si da marcha atrás, y deja el curro con su padre, lo pierde todo, no sabría ni por dónde empezar. No sé si consciente o inconscientemente, pero sé que lo sabe. El anzuelo cada vez más dentro. No lo dejó simplemente por la furgoneta. Pues dime tú ahora. Está bien mordido ya. Hoy cambia de casa por voluntad divina. Eso es sólo el principio. Roberto juega bien sus bazas, y le gusta que la gente le deba favores. Ahora decidme un solo caso en el que haya tratado a Lore como una hija.