El número de mi zapato me parece imbécil.

Miguel, 2000.




La intensión del borracho.

1.

Y es que nos habían sometido
fácilmente,
estábamos inmersos
en una caída,
no teníamos sentido
ni convicción firme alguna,
estábamos cansados de pelear
castillos en un aire viciado
de tal modo
que era imposible
verles tomar cuerpo,
transirse de realidad.

Y allí estábamos e íbamos siendo
minados lentamente,
ellos tenían la fuerza de las
cosas que no tienen mucho
sentido
pero sí miles, millones de
adeptos.
Y por eso eran fuertes.

Nosotros sólo queríamos vivir
sin molestar a nadie. Éramos un
diamante en bruto que sólo podrían pulir
si conseguían palidecer
nuestros intentos, constituir
espectros de nuestros sueños.

2.

Cae la noche mientras pienso
el tiempo en el que dormir
era tan sencillo como dejarse
abrazar por las sábanas.

3.

Podría hacer poemas de amor
sólo con tener mi inteligencia resuelta,
mi nevera llena,
mi castillo sólido formado
de arena.

Sería sencillo no reventar en versos
si únicamente se me permitiera
vivir a mi manera.

4.

Descastados preguntándonos si
hacemos bien, si no nos estamos
equivocando cuando decimos no
allí donde hace falta.
Y todos íbamos a ser algo
importante hasta que descubrimos el
precio,
hasta que comprendimos que
para ello tendríamos que
dejar demasiadas veces en casa
la cabeza.

Y todos íbamos a ser algo
importante hasta que nos dimos cuenta
de que lo verdaderamente importante
era mantenerse al margen.

5.

¡Vamos!
Todos, sin excepción,
podríamos hacer cosas maravillosas,
pero nos sometemos a doce horas
en empleos de mierda para
pagar un techo,
para meramente existir olvidando
que ser es lo que es realmente
algo,
que lo demás es basura
y negación, que
nos están retorciendo el cuello
a fuerza de hipotecas
y precios, a
fuerza de vaciarnos el cerebro con
publicidad lastrante,
con la esencia del placebo.

¡Vamos!
No puede ser así,
no debemos dejar que nos atrapen,
que nos silencien,
que nos escondan,

que nos maten.

6.

En un bar,
dando gracias a los dioses por
tener la botella llena,
estoy medio borracho
en una mesa,
emborronando servilletas,
comiéndome las uñas,
revisando mis estructuras mentales
para ver si algún compartimento
estanco hace aguas.

Y viene un borracho viejo,
un verdadero profesional,
y comparte mi botella.

¿Creéis que este hombre bebe por nada,
únicamente por beber?

Os voy a contar una historia vieja
casi como el mundo,
un ciclo vital que se repite
desde tiempos inmemoriales,
una leyenda velada que es difícil
de ver, de comprender, de percibir:

este borracho un día fue un hombre,
un verdadero fajador;
este hombre se eliminó a sí mismo,
se suicidó,
sólo por no dejar que
le eliminase el orden innatural de
los hechos;
este hombre, que me habla de
Milan Kundera y de Kafka y
de Sabato con la lengua entorpecida
y el cerebro lúcido,
permaneció fiel a sí mismo y comenzó
a destruirse
cuando se dio cuenta de que no
le permitirían jamás construirse a su
modo.

Si no le dejaban forjarse,
al menos le permitirían
deshacerse en alcohol.

Así iba a molestar lo mismo.

7.

Y voy a la calle y siempre termino en los bares
y al final
no me va a quedar más remedio que hacer
una apología del alcohol,
un panegírico.

Así están las cosas.

8.

Sentado entre tus piernas
en esta tarde con sensación
de última vez,
sentado sin importarme el
desenlace como tortilla
y chuletas.
No entiendo cómo puede llegar
el desenlace a llegar si
alguna vez llega y no me
hace perder los estribos y la
coleta y las ganas de decir algo
sin tener nada que decir.

Simplemente miro al cielo, que
es azul y claro.

9.

Y no pierdo el tiempo y
secuencio las cosas donde las
cosas se dejan temporalizar
y todo comienza desde cero en esta
habitación, en este microsegundo
desde donde miro y comprendo,
distorsionado y particularizado,
todo lo que me va sucediendo.

10.

Van sucediendo los acontecimientos,
que tienen esa costumbre y no pueden estarse
quietos,
y yo voy pensando que mejor
quedarse aquí un ratito,
mientras haya luz y sentido,
que mejor no pretender domar
las cosas que no corren y
mejor no
intentar resolver a palos
la extraña cuestión
de la tolerancia de las cosas.

11.

Y me quedé y vi cosas rarísimas,
volví a completar el círculo de la percepción,
sentí la magia mística y plena en
la causalidad intrínseca del esfuerzo

y me dije:

¿Qué coño de chorrada es esta,
alabado quien sea?

No hubo respuesta.

El aire sonó a hueco, e hizo
tanto frío de repente que saqué
una cerveza y me abstuve,
de ahí en adelante,
de preguntar oscuridades
a la nada.

12.

El calor entra por la ventana del
salón mientras escribo.

Todo es mejor cuando uno está
quietecito.

El calor hace estallar mi frente
en diluvios instantáneos, violentos
y efímeros.

Es igual, tengo un saquito
de agua en algún sitio...

El calor y el sentido nunca
golpean en los mismos callejones.

No hay callejones, creo.

No es sencillo saberlo,
en cualquier caso.




El pelo.

1.

No me pierdo demasiado sé
bien dónde están mis raíces
por lo que voy a fregar los platos
para no preguntarme demasiado
por qué no estoy en la cama durmiendo.

Y no pienso hacer más que
enjabonar vasos compulsivamente
hasta que llegue la hora de
irme de aquí a hacer cosas más
importantes como trabajar o ser
humano perdiéndolo todo al
intentar no perder demasiado.

El agua hirviendo no quema,
relaja los nervios.

2.

Pienso en olvidar,
dejar la mente en blanco
despojando una copa tras otra
de vino vino rojo sangre vino.

Sabes qué ocurre, lo sientes bien clarito
en tus propias venas cuando te acuestas y
dejas que los pensamientos sigan su
curso sin control alguno.

No te digo nada nuevo,
pero yo no intento hacerlo porque
sin contar contigo estoy
vomitando
y no pienso dejar de echar fuera
por la vía rápida,
la que no incluye digestión ni
asimilación,
todos los trajeados en la
mañana de viernes que
toman café en los intercambiadores,
todas las escaleras mecánicas y las
colas en las paradas de autobús, todas las caras
en blanco silenciando al tiempo
un único pensamiento,
todos los ojos vagos que no reparan
ni en los pies que caminan sus
pasos.

Quizá es demasiado temprano para
estar despierto,
no lo sé,
quizá sonrío más cada día porque
cada día tengo la lucidez suficiente
como para ahorrarme estas mañanas
llenas de personas que, sin más,
retoman sus propias vidas
confiándoles sus riendas a otros.

No te digo que no sea eso.

3.

Y tres...
penetro lento en el descampado yermo
de mis intentos fallidos
y el erial agostado de la memoria me
recibe sin más que angustia y
desamparo.

Tengo los ojos volteados
hacia dentro, mirando el
nervio óptico con saña,
perpetrando la feliz alegría de
no tener a nadie que odiar
por razones estúpidas.

Todo es más bien sencillo,
más sencillo que esto,
todo consta de credulidad y olvido.

Cada cual es libre de asesinarse como
prefiera.

4.

Voy tomando las fuerzas
del cáliz de la pérdida de tiempo
absoluta, de la
desidia, de la
pereza y el descontento,
del reposo de los reptiles
y del sueño de los gatos,
de la inmovilidad de la contemplación
que me da los arrestos
necesarios como
para no sentirme como una mierda
en estos días peligrosos
de efectividad y de control, de resultados
y beneficios y ascensos inútiles.

Voy tomando de todo y
sobretodo de nada,
de no hacer nada,
de tumbarme en la cama y vegetar,
de hacer la fotosíntesis,
de probar el café y la cerveza de los
dioses, de ver la tele con desgana
y leer metralla,
de comprobar que nada se marcha
mientras no intentes atraparlo,
de soñar con estaciones cálidas
mientras siento como llaman a mi puerta,
de comer con calma y de no cambiarme
de calzoncillos en una semana.

5.

El café arde cuando
entras por la puerta y miras mi
pobre lengua abrasada
y con tus labios remedias
el fuego con fuego y la tristeza con
tristeza.

Tomas mi silencio y le respondes con
silencio mientras me cuentas
cómo fue el día en el
trabajo
y me preguntas cómo me siento
cuando me siento como ahora.

Te quiero por algo y te
abrazo y nos la suda
el mundo y nos vamos a la cama,
donde el calor vencerá al calor,
donde nos anudaremos hasta que venga,
impotente,
de nuevo la mañana.

6.

Y todo toma otro cariz cuando
pienso en dejar de
agobiarme con lo mismo
que es siempre lo mismo
y que siempre golpea en el
mismo sitio:
en el estómago.

Me puedo perder en este segundo
y extraviar el sentido de las palabras
que siempre hablan
y extraviar el sentido de las cosas
que nunca callan
y extraviar el sentido de las amenazas
que no entiendo.

7.

Y ya en la calle compro el pan y
me sitúo en el comienzo de todo
y pienso que es bueno no tener nada
que hacer y querer hacer tantas cosas
como para exprimir el tiempo y reducirlo
a una piltrafa.

Y yo tengo suerte,

me he perdido

y tengo suerte

no tengo necesidad de anularme.

8.

Van abriendo sus puertas del modo antes
expuesto en el prospecto y van
penetrando en mi cabeza
pero yo no permito yo no quiero
yo no puedo yo soy un perdido al
que se envidia mientras
se reza
para que se ahogue de miseria
bajo un puente, carcomido y
vacío.

Pero no es así,
estoy perdido y vivo.

Es difícil aceptarlo.

9.

Caen las hojas del otoño
que llegará en otoño
y tomo en sol en el balcón
del salón,
dejando divagar mi cabeza
sin rumbo fijo por
los pensamientos sin definición
clara.

Tomo un vermut casero
y unas aceitunas —esto es
importante— y pienso en lo bueno
que es estar aquí tranquilo,
pensando en la ley de la relatividad
sin necesidad de hacerlo,
simplemente por el disfrute de pensar
y entender. Miro a la calle y me
río. Realmente no hace falta tanto para
ser medianamente coherente.

Realmente el tiempo es una cosa
muy manejable.
Realmente la vida no cuesta
tanto.
Estamos pagando un precio inmenso
por algo que ya tenemos.

Estamos

dejando

permitiendo

que

nos

tomen

el

pelo.

10.

En alguna parte,
fuera del silencio y de la soledad
que no entiendo demasiado,
existe un lugar en el que
no tienen cima los buenos sentimientos,
en el cual la buena gente se extiende
como caracoles tras una copiosa lluvia,
en el que se desterraron
las miríadas
de pequeños
comportamientos
que hacen la vida insostenible y
se fundieron todas las malas cafeteras.

En ese paraíso idílico se conjuga la buena disposición con la libre disponibilidad de medios.

11.

Pienso.
Salgo a la calle.
Enciendo un cigarro.
Tomo la dirección del viento.
Entro en un bar y pido una cerveza.
Pago y me marcho con la cabeza repleta.
Imagino una idea idiota y se la cuento a una farola.
La farola no responde y la increpo siempre.
Pero el tiempo se arrastra y cuenta.
Está contando: uno, dos, tres.
Enciendo un cigarro.
Entro en casa.
Silencio.




Apertura estratégica.

1.

Podría tener que decir
que no tengo nada que.
Pero el tiempo me rodea con sus indios
sedientos de sangre y yo
hago un campamento con los
carromatos de lo vivido.
Tómame, imbécil,
¿acaso no ves que ahora es fácil?
Qué pesadilla de espera
mientras tú tomas fuerzas
y avanzas y retrocedes
acobardada.
Si tú realmente supieras que
necesito tus brazos por un momento,
que necesito tu sexo para
anegarme de todo lo que tú eres
y disfrazarme de ti y
olvidar lo demás que
quema,
que quema,
que no te preocupes que no diré no,
no puedo decir no y basta de invitarme
a cervezas y da el paso y llévame a tu cama
donde sólo es real el olvido,
donde sólo es real la niebla, el cansancio,
la libertad, los gemidos
que cicatrizan.

2.

Yo amaba la poesía,
tenía las fuerzas mermadas
por la vida, que no
tiene la culpa pero está
preñada de gente indiferente.

Gente que anda con un motivo,
que no piensa demasiado en
el significado de sus pasos,
que no entiende que el silencio
es cosa de todos
y de ninguno.

Yo amaba la poesía y, cómo no,
escribía.
Me sentaba cada noche ya de madrugada
en mi vieja silla,
mi viejo escritorio,
con mi viejo bic gastado,
con el mismo cerebro reventando
quebrándose en palabras devastadas
por el continuo y el sinsentido.

Yo me acordaba de ti y escribía,
me acordaba de todo en general,
porque todo acudía en piezas pequeñas
que no parecían encajar en ningún sitio,
que requerían la elaboración de la historia
para concretarse en lo vivido con
coherencia,
que pedían de mí el esfuerzo
para ser algo, para no desfilar
ante los ojos del recuerdo como
figuras de un caleidoscopio, bonitas
pero idiotas.

Yo amaba la poesía.
Al fin y al cabo no tenía nada
más.

3.

Tengo ciertas cosas
que decir que no son sencillas,
que no... fluyen despreocupadas
que no se largan. Y en
realidad tengo muchas ganas
de contarte, muchas ganas de poder
contarte
por qué no duermo y escribo,
por qué a lo mejor cuando te
abrazo no estoy muy en serio contigo;

tengo casi demasiadas ganas de mostrarme
y... no puedo. Y sin embargo
quizá —sólo quizá— te rehuyo a
ti al mismo tiempo que me rehuyo a mí
mismo, y me limito a sonreír y a alejarme
cuando la opresión en el estómago y
la pesadilla del futuro.
Y esto es así siempre que
miras. Y no es nada fácil no mirar
donde tú miras.

4.

Y no hay solución a esta
soledad que me va corroyendo
y ni siquiera tus besos ya
ni siquiera tus besos
porque voy muriendo muy
despacio a intervalos
constantes que son las horas
que pasan sin dejar
cambios aparentes ni
nada sólo lo mismo y
más de lo mismo y yo sonrío
cuando te veo mirarme triste
pero es lo mismo.

5.

Era estar allí, sentado,
quizá escuchando tonterías,
admirando los bolardos,
comiéndome un donuts rancio,
fumándome un cigarro con sabor a daño,
a disnea,
percibiendo el atardecer
sin demasiado interés,
espantando moscas con las manos,
preguntándome a ratos qué coño
hago yo en medio de tanto
desamparo,
de tanta agonía torpe
que me desangra,
supurando autocompasión plácida
y tenue como el humo del
asfalto.

Era yo y las cosas, a mi
alrededor, y todo deambulando a
medias en mi imaginación desaseada,
en mi cordura vesánica incorruptible,
en la tarde que ya es borrachera
y no entiende de vacíos ni preguntas
ni de nada.

6.

Balbuceo torpes trozos de disculpa
insensible y no recuerdo dónde están las
señales que dejé tan sólo para no perderme.

Y tú dirás qué...
o no dirás nada,
te esconderás en tu silencio con el alma
en los zapatos y rehuyéndome como
siempre,
y yo sí que no sabré
qué decir, ni
siquiera cuando
te des la vuelta y,
sin despedirte,
te largues a otra parte
como siempre.

7.

Bien pudiera haber pensado antes
en los paseos solitarios y
en las putas ofreciendo
y en los bares que bajan sus cierres
metálicos y en
la hora en la que me quedo
solo en la calle pensando en no pensar
demasiado
con el cuerpo lleno de barro
pretendiendo el miserable descanso
de los parias.

Bien pudiera haber roto el
cerdito de los sentimientos ahorrados
que no por trasnochados ya dejan de
ser comida caliente ahora que solo
pienso en no pensar demasiado.

Bien pudieran las cosas,
las malditas cosas,
hacerme un huequito a su lado
y dejarme en paz ya de tanto
tiempo perdido y de tanto resentimiento
ingrato, a mí que solo busqué
un sitio más o menos cómodo en
el que ponerme a buscar un yo
más o menos cómodo donde
buscar un tú más o menos cómodo
para hacer un retruécano y
enlazar, alehop, un nosotros más o menos
estable.

Bien pudiera haber pensado antes
en que el dinero es eterno pero va de mano en mano
y ya solté todo el que traía conmigo y
ahora, vacío,
sólo el estar solo es lo posible.

Bares de cierres metálicos hacen un pasillo
de saludo marcial y terrible ahora
que la medianoche se hunde en
el pasado reciente que ya nada ofrece
mientras se despide y hunde sus
raíces en lo inexistente.

8.

Tomo mis cosas y no me pierdo otro lugar
y comienzo a sonar en la doble pletina de
la vida saliente y
tomo una cerveza,

que me amarga acíbar canto de espuma y

pido la siguiente,

que ya es perfecta porque es la segunda
y la última aún se pierde en la
lejanía del futuro remoto. Y es que
la cuestión del dinero me absorve porque
es el único freno capaz de
hacerme abandonar el proceso,
largo y complicado,
de reventar lo justo y necesario
para continuar viviendo
estrictamente a la izquierda de todos
los caminos torcidos que frecuentamos.

Así que no voy mal y la tercera en mi
garganta me recuerda que no para
todos se hicieron las aceras malditas
que dan vueltas siempre sobre la misma
tontería. Las mismas aceras
malditas
que nos permiten ¿ganarnos la vida?

y tener las
malditas
cosas tan necesarias para nada que son cosas
malditas
las que no me acogen y ponen freno a mí
maldita
búsqueda inútil que está condenada
al fracaso por su misma condición
maldita
de
maldita
intención de no ser gilipollas y/o marioneta.

La cuarta ya no es tan escatológica.

9.

Voy recordando muy despacio para
no engancharme y te veo
en la ventana de tu casa
mirándome llegar mientras llego
a tu casa
sabiendo que tus padres no están
sabiendo que algo raro está a punto de suceder
sabiendo que estamos naciendo a intervalos irregulares
que tenemos
tiempo
para conocernos como somos sin
espejos que nos fuercen a
representar
lo que deberíamos ser si fuéramos
seres francamente humanos
o integrados
o racionales
o razonables
o posibles.

Pero tú sabes que no
existes porque no tienes sitio para hacerlo
y yo sé más o menos lo mismo
así que el primer beso es casi
normal mientras los demás
enlazan a seres que no
tienen entidad porque no encontraron
una casa asequible en la que
quedarse
contra viento y marea
para freír huevos y reír jodiendo
sin entender por qué había días en
los que mirabas desde la
ventana de tu casa esperándome con el anhelo
de comenzar por un rato el juego,
sólo el juego,
de ser algo, romper hilos, desnudarte de máscaras
y quebrar las caras que por ti usualmente hablan.

Años más tarde todo terminó
y ya no era parte significativa de ti
excepto esos días de viaje en los que tu Antonio no
estaba y tú mirabas por la ventana de tu casa
hasta que yo, herido, resignado y contento,
llegaba acudiendo a tu llamada
sabiendo perfectamente por qué lo hacía
aunque sin querer entender nada
de nada de nada de nada.




Sin título.

1.

Estoy cantando por la calle
una canción sin título
que habla de las cosas que no llegan
aún cuando todo,
al final,
llega.

Tengo una copa rota en la mano izquierda y
un cigarro en la derecha
y un par de litros de vino
a buen recaudo
en mi estómago.

Me río de todo porque todo es risible y
no se están dando cuenta de que
están existiendo con falsete
y todos los días acuden a su empleo
y todos los días se sienten tristes
—excepto cuando se emborrachan o los
ascienden— y todos los
malditos
días están al mismo tiempo contentos con lo que
han conseguido.

Debajo, muy debajo en su interior
se encuentran los imposibles,
que no hablan porque no tienen boca
y se resignan a desaparecer
lentamente, dejando
un residuo de desamparo
que a veces acude cuando uno tiene un rato
y comete el error de
preguntarse demasiado.

Pero todo se resuelve mediante
técnicas y psicólogos
mediante exterminios y limpiezas
mediante usos y frecuencias y gradientes
y los maravillosos prodigios del
siglo en el cual
se erradicó al ser humano de la
faz de la tierra. Yo podría ser
arqueólogo de todas las ruinas
que veo caminar cada día.

2.

Ellos me insultan y
me llaman borracho y me dicen que
estoy perdido y que no valgo
ni el alquiler de un puente.

Y yo les miro y asiento porque...
¿qué puedo hacer si no?
Todas las razones son suyas y
yo lo único que digo es que no
quiero hacer lo mismo
que me dejen en paz
que no valgo la pena
que no me coman la cabeza
que aquí hay sitio para todos.

3.

No entiendo el
caminar desmesurado de
los que no entienden el
silencio.
Aunque estoy algo viejo ya,
y demasiado poco solo,
afortunadamente,
no entiendo demasiadas cosas
que me superan sin límites.

No entiendo cómo entender la soledad si no
es mintiendo.
Tómame si lo deseas,
no me tengas miedo que no
engaño, que será sólo un
instante con ganas y
nada más.

Si tú supieras dónde conducen
siempre nuestros pasos, dónde
vamos irrevocable e irremisiblemente,
no caminarías con tanto
estúpido cuidado.

4.

No entiendo esta soledad ni este silencio
ni estas ganas de acabar con todo
que me obsesionan.
No me gustan los comienzos
cuando alguien dice todo comenzó... No
me gusta pensar
en el tiempo que me he pasado
delante de este adunador personal
soñando con entender algo o con
escribir una
novela.

No pretendo nada más que que
me entiendas.
No me gusta esto, pero no
entiendo otra forma que no
sea
berrear en medio del
campo y soñar con
huir de todo y vivir
sin problemas cultivando
una huerta y,
como no,
escribiendo

Así que voy a contar mi experiencia.
Y después a berrear por los bares,
que casi no se nota la diferencia.

Así sea.




La rubia.

1.

Y...
bum, bum...
ya estoy dispuesto y enlato
mi soledad para que
no incordie
y me voy de bares
a conocer gente
donde la gente anda.

Las esquinas tienen
ángulos multicolores
que son los caminos
que empiezan y van a alguna
parte donde puedo estar
en un rato
si me da la gana.

Y los bares son habitaciones con
barra y cámaras donde la
autocompasión se vende a
700 pelas —gracias, Goyo—
y los servicios casi siempre
huelen mal y están regularmente
sucios.

Y los pensamientos allí
cobran formas diversas y algunos
desaparecen y otros
se vuelven importantes cuando
la rubia del fondo te sonríe y tú
no sabes que decirle,
y parece necesario tener buena ropa
porque la presencia es precisa
y las ojeras despistan
y los sueños deben dejar hueco a las
ilusiones cuando la rubia del fondo
se levanta y te pide una cerveza.

2.

Despertar en ninguna parte
es complicado porque
no sabes dónde está la cafetera
porque no encuentras la cocina y
desde luego
tampoco el baño y te meas
y no quieres despertar a eso que está
a tu lado para no hablar que es lo
que hay que hacer y lo que más
temes en estos casos.

Así que te quedas en el salón
y no enciendes la tele ni pones música porque
te sientes desenfocado y no quieres
que venga nadie a tocarte el objetivo.

Intentas no mirar la casa que en este
caso
compone ninguna parte para no pensar
lo extraño que parece que estas puertas
se hayan abierto a tu maldita cara de borracho
cuando todas las demás se te cierran.

Exploras el fascinante nuevo mundo y
la cafetera es de esas de filtro de
papel de esas
que quizá sean las que hacen el
café más detestable del mundo y
te preguntas en qué
narices estarías pensando ayer cuando dejaste
que te inundase la ilusión perversa
que te pregnase de su olor a frambuesa
que te preñase de ganas de ser
y te anegase de engaños incontestables
y vuelves al salón con el peor
café del mundo en una taza e intentas
tragarlo empujándole con un cigarro
que está llenito de disnea y
de sabor a cartón-piedra
y de una leve depresión y
una importante decepción y
de una sensación tajante de angustia
y de mañanas y mañanas y recuerdos
de mil mañanas aproximadamente como
esta.

3.

Y sales a la calle cuando ella despierta
y te has despedido mal,
con prisas,
y has leído en sus ojos la misma soledad
mal digerida que en otras veces
y piensas que en el fondo
sólo cambian las caras y lo demás
permanece siempre en el mismo
sitio,
en sus palabras confusas y en
su arrepentimiento a medias y
en su aliento que apesta
a ilusión rota otra vez rota
su ilusión te despide con un
beso en la mejilla y un
hasta otra.

Y sales a la calle y te preguntas
dónde carajos estás porque no
podías permitirte el tiempo de
preguntarle a ella no podías
permitirte un segundo más con ella
sin correr el peligro de volver
más tarde a su casa
con la maleta y una vida
maldita y jodidamente
desecha.

Un buen día de sol comienza.

4.

La ciudad despierta con las
bocas que huelen a café con leche
y el sonar de las puertas de los quioscos
que abren.

El metro tiene túneles que
son las catacumbas del pobre que
suspira y reza por un coche. Cada
cual tiene su credo
y hay una cafetería donde tomar un café
decente y recomponer medianamente
lo necesario para llegar a casa sin
más tropiezos que los inevitables y
hay un ascensor que evita las escaleras
y hay una llave que abre la puerta y
hay una cama donde tumbarse
y hay en ella unas sábanas sucias y
enormes donde secarse las
lágrimas que empiezan a
salir a borbotones.

5.

Comiendo un whopper reseco
en un Burguer Kin de mierda
te preguntas cómo se aceleraron las cosas
cómo terminaste aquí y de esta manera
como es que lo que sucede nunca se toma
la molestia de tenerte en cuenta.

6.

Terminas y te vas y la ciudad conserva
en formol
las mismas caras
y los mismos corazones que no
entiendes y el mismo silencio,
en general,
disfrazado de ruido
y actividad.

Y estás a punto de ponerte las
maletas y deshauciarte de tu propia vida
cuando un predicador sudamericano
borracho llega y te vende
el fin del mundo del mes.

Y no puedes evitar reírte y pensar que,
al fin y al cabo,
no desentonas en un mundo
tan macabro, que no quedas tan
mal entre anuncios de Fortuna y
escaparates carnívoros de necesidad.

Y así olvidas. Porque no queda
otra opción y el instinto de supervivencia
obliga
lo justito para ir tirando
sin hacer demasiado ruido
ni destacar ni acabar,
sin más pretensión que reír un rato cuando todo
se jode.

Y la rubia ni siquiera deja
un rastro acibar en una garganta
con coraza de callos.

7.

Y al final,
para seguir riendo,
te encuentras con un poeta
que escande los versos, con un poeta
para el que la poesía es un cincuenta
por ciento matemática y otro
cincuenta puro juego.

Y le das estas hojas y te dice que esto
no es nada.
Y te deja unas hojas y no encuentras nada
que no sea número y frivolidad.
Y entonces te ríes como nunca,
allí mismo, mientras te mira
con cara de no comprender y
piensas que
es una buena vida la que te ha tocado,
que después de todo paga él los vinos y tú
te irás por donde has venido
olvidando todo cuando traspases el umbral
de la puerta del bar como si nada
hubiera sucedido.




La importancia de lo insignificante.

1.

Por eso
me detuve.
No tenía nada que perder
y
caminaba.

Ahora tengo demasiado que
no quiero perder,
o demasiadas cosas que
no me permiten
que las pierda,
que se anclaron en mí
sin que yo me diera cuenta
y ahora
sonríen.

Ahora son las dueñas.

Por eso,
detenido,
me pregunto si este fue
el camino que yo
escogí,

o si fueron las cosas las que
eligieron
por mí.

2.

Abrazado a la puerta del bar
soy consciente de que
ya es tarde,
ahora ya
no puedo caminar,
quizá demasiadas cervezas
o, quizá,
demasiada aplastante
sinceridad.

3.

Quizá no tengo nada que decir
o quizá
mis problemas son los sueños que
callo impidiendo que
hablen y cuenten
sus cosas
que fueron las mías
otro día.

No. Ahora ya no. Es tarde.
De momento.

4.

No sé por
qué
hablo demasiado,
no consigo indagar en la causa
por la cual nunca callo.

Siempre es más o menos lo mismo:

quedamos para tomar café
o una cerveza o un ron con cocacola
o un güisqui a lo mejor y
yo empiezo,

sin consideración alguna a las palabras,
sin respeto,
comienzo a descerrajar sin tino
ni tiento y me da igual
lavadoras
que taladros
que borracheras
que novelas
que trabajo
o libros que ando escribiendo siempre.

Llenando el tiempo que se escapa
con celeridad de los momentos que
nos son robados por adelantado
cuando
después
tenemos que irnos cada cual por su lado.

4.

O me pongo a hacer el amor mismo
creyendo hacerlo por el amor mismo
aunque si no fuera por el apremio de
la fuga,

por el carácter líquido del tiempo,

por su incoherencia
cuando la falta de continente que le dé
forma, que lo aprisione,

me dormiría tan tranquilo

sin estos ratos aquí sentado y
escribiendo,
o encadenado al televisor,
o a un buen o mal libro,
o a cientos de cosas que se
pretende hacer cuando lo
único que se busca es
disimular el vacío.

La espada de Damocles.

Ese es el fin mismo del fin mismo.